domingo, 15 de junio de 2008

Reacción vaticana a la moratoria de la pena de muerte aprobada en la ONU



La Santa Sede, satisfecha pero reitera la preocupación por el nascituro


CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 20 diciembre 2007 (ZENIT.org).-


La aprobación con una neta mayoría, el pasado 18 de diciembre, en la Asamblea General de Naciones Unidas, que se celebra en Nueva York, de una moratoria universal de la pena de muerte, deja un sabor agridulce en esferas vaticanas.
Por una parte, la resolución de moratoria ciertamente tiene un valor moral y decisiones de este tipo han hecho avanzar el mapa de la vida al disminuir los países que aplican de hecho la pena capital, aunque la conserven en sus legislaciones.


Pero, por otra, queda otra asignatura pendiente en las decisiones de la ONU: preservar con la misma fuerza de convicción la vida del nascituro. Así lo ha subrayado el arzobispo Celestino Migliore, observador vaticano ante Naciones Unidas, a raíz de la histórica resolución.


Esta resolución se aprobó con 104 votos a favor, 54 contrarios y 29 abstenciones en la asamblea general. Cuando fue aprobada en comisión, recibió 99 votos favorables, 52 contrarios y 33 abstenciones.


La moratoria, sin embargo, tiene más peso político y simbólico que fuerza vinculante ya que es una invitación de la ONU a aquellos países, de entre los 192, que la integran y que conservan en su ordenamiento jurídico la pena capital, a respetar algunas convenciones internacionales y a suspender las ejecuciones.


Liderando el grupo de los países contrarios a la moratoria, en los debates en el Palacio de Cristal, sede de la ONU en Nueva York, estaban Egipto, Singapur, Barbados y países caribeños. A ellos se unen Estados Unidos, China, India, Japón, Libia e Irán, aunque en los últimos diez años nada menos que 50 países han renunciado al uso de la pena capital como instrumento de justicia.


Los países decididos a conservar la pena capital están en neta minoría y entre ellos descuellan por el número de ejecuciones China, Irán, Pakistán, Irak, Sudán y Estados Unidos.


En declaraciones retomadas por el diario vaticano «L'Osservatore Romano» hoy 20 de diciembre, el arzobispo Celestino Migliore, saludó la decisión de la asamblea general como «un premio a la paciente obra diplomática de Italia che ha desempeñado un papel importante, con una opción inteligente, porque ha logrado implicar a todo el mundo, no sólo a Europa».


El arzobispo Migliore subrayó la satisfacción de la Santa Sede y su aplauso a Italia «país exitoso en su empeño a escala global, fundado en un trabajo en equipo y la búsqueda de un consenso ampliado, que ha permitido dar en la diana del resultado esperado, y además con un número de votos confortador, positivo».


Ahora se puede hablar de «una maduración en el sentido de la importancia del valor de la vida», añade Migliore, y recuerda el repetido esfuerzo de la Santa Sede «en el intento de abrir un debate más amplio» sobre el tema de la vida.


«Hemos insistido mucho y seguimos haciéndolo para que el tema de la pena de muerte se inscriba en un marco más amplio, de promoción y defensa de la vida en todas sus fases, en todos sus momentos, desde la concepción hasta su término natural», añade.


«Creo --concluye el observador vaticano-- que esta maduración debe progresar todavía y dar pasos importantes en una visión del hombre que contemple todos sus aspectos y todas sus etapas».


Por otra parte, según el cardenal Martino, presidente de los pontificios consejos Justicia y Paz y para la Pastoral de los Migrantes e Itinerantes es «un momento ciertamente significativo pero no concluye lo que es de todos modos una lucha por la civilización».


Martino, que representó a la Santa Sede ante la ONU durante dieciséis años, añade que tenemos que ver si quienes han votado en contra de aplicar la pena de muerte se abstendrán de practicarla. Sobre ello tengo muchos temores».


«Además --observa--, se abstuvieron 29 países, por consideraciones a mi entender más de geopolítica y de alianzas que centradas en la cuestión».


«No sólo, por tanto, no hay un consenso general sino, como sucede a menudo, intereses específicos y contingentes amenazan con prevalecer sobre visiones ideales, políticas de corto alcance se imponen sobre políticas "elevadas", en el sentido propio y noble del término política», añade.


El purpurado subraya el empeño de la Iglesia en esta dirección y la obra de sensibilización a nivel internacional de la Comunidad de San Egidio, así como la «constante acción educativa, de apoyo y de testimonio» de muchas otras iniciativas católicas que se baten continuamente por «servir al hombre» y «tutelar los derechos humanos, a partir del primero de ellos, el derecho a la vida».


En este sentido, dijo que en el mundo hay todavía «muchos países que se definen estados de derecho» pero que «luego en sus legislaciones discriminan fuertemente justo al más débil y sin defensa: el nascituro».(1)


«Hay que subrayar que se da una especie de esquizofrenia en quienes reconocen al nascituro derechos específicos --en materia hereditaria y otros-- y luego le niegan el derecho principal, el de vivir», concluye.


En los próximos meses, corresponde al secretario general de la ONU, Ban Ki moon, redactar un informe sobre el respeto a la moratoria, a presentar en 2008 a la Asamblea General.


A la pregunta de si este puede ser un primer paso hacia la abolición definitiva de la pena de muerte, el arzobispo Migliore respondió a los micrófonos de «Radio Vaticano» que «obviamente estas son decisiones que serán luego maduradas en los diversos contextos nacionales que, por cultura, divergen».


«Ciertamente esta resolución lanza una señal muy importante y será un punto de referencia en los debates nacionales, en los parlamentos y entre los legisladores que, cada vez más, cuando se trata de legislar miran a las indicaciones y orientaciones de Naciones Unidas», concluye.


(1)nascituro: persona en gestación

domingo, 8 de junio de 2008

En el matrimonio, ¿jugamos en el mismo equipo?

En el matrimonio, ¿jugamos en el mismo equipo?
Fuente: El Anillo es para siempre
Autor: P. Ángel Espinosa de los Monteros

II:¿Qué fue lo que prometimos? “Prometo serte fiel”. Lo importante es saber traducir ese “prometo serte fiel”. No nos referíamos solamente a la fidelidad en cuanto a que nunca comenzaríamos una relación sentimental, seria o superficial con otra persona, por un momento o para toda la vida.
Significa muchísimo más. Prometo llevar bien puesta la camiseta del equipo, tirar en la misma dirección y defender nuestra portería. Lo nuestro. A veces me he topado con un hombre o una mujer, que sólo viendo cómo se comporta con la persona a quien dice que ama, me dan ganas de preguntarle: ¿tú, para dónde tiras?
Si los dos tuvieran puesta la camiseta del mismo color y “se pasaran el balón”, meterían goles, alcanzarían metas, jugarían en equipo y así harían la vida más simple y tendrían la felicidad más a la mano.
Pero uno parece ser delantero de un equipo y el otro defensa del contrario: se estorban en las jugadas, se cometen frecuentes faltas, se ignoran. Algunos parecen estar buscando la tarjeta roja ¡después de haber visto no una sino mil veces la amarilla!
Esto no debe suceder en el matrimonio. “Amarse no es mirarse uno al otro, sino mirar en la misma dirección”. Tirar en la misma dirección. Amarse es tener una meta común y unos mismos ideales, y eso debe reflejarse en los acontecimientos de la vida diaria.
Amarse es mirarse uno al otro con comprensión, respeto y con capacidad incluso de diferir. “Prometo no bajarme del burro”. Te explico de qué se trata: en mis años de estudiante, paseaba en una ocasión por un pueblo de Santander, en el norte de España, y me encontré a un pastor con quien entablé una conversación debajo de un cobertizo, pues llovía a cántaros. La recuerdo como una charla muy interesante.
En un determinado momento le pregunté cuántos años tenía de casado, a lo que respondió: -“¿Cómo ve, Padre? Tenemos treinta años de casados y no nos hemos bajado del burro”.
La expresión realmente me encantó. Si él hubiese dicho, “no nos hemos bajado del tren... o del caballo”, hubiese sido diverso. El caballo sugiere libertad, velocidad, crines al viento...
En cambio dijo: “no nos hemos bajado del burro”. En el burro, como en el matrimonio, a veces se va hacia adelante, a veces hacia atrás, a veces rebuznando… a veces, el animal, -me refiero al burro- como que no se mueve. Así es en el matrimonio.
A veces para atrás, a veces para adelante, a veces rebuznando... pero siempre los dos en el burro. ¿Qué importa por dónde y cuánto haya costado mientras hayan ido juntos, en la misma dirección, apoyándose, acompañándose, amándose?

“Prometo buscar tu realización, tu felicidad”. Si prometiste serle fiel, te comprometiste a buscar su felicidad, ya que la fidelidad no puede reducirse a no fallarle en el sentido de nunca enamorarte de otra persona.
Eso es más que nada una obligación, un requisito y algo que deberían dar por supuesto. “Prometo serte fiel”, es llenar las expectativas que tenían el uno sobre el otro cuando eran novios.
“Desde que nos vimos y pensamos en unirnos para toda la vida, pensamos que juntos seríamos felices y desparramaríamos esa felicidad en nuestros hijos.
Si queremos sernos fieles, tenemos que hacer realidad ese sueño que tuvimos desde el inicio”.
No voy a olvidar jamás esa escena de la película “Los puentes de Madison” en la que ya casi al final de la vida, el marido, muriendo en la cama, llama a sus esposa y le dice más o menos lo siguiente: -“Fanny, yo sé que tenías tus propios sueños e ilusiones en la vida, perdóname por no haberlas hecho realidad”.
La mujer simplemente lo besó en la frente e hizo un gesto de resignación.
Es tan fácil hacer felices a los demás cuando uno se lo propone, que sinceramente, honestamente, para no lograrlo, se necesita ser de verdad egoísta.
Cuando prometieron ser fieles, entre otras cosas, prometieron buscar con tesón la felicidad del otro, pues la fidelidad no es sólo cuidar que no haya engaños, sino que apunta a todo un proyecto de vida.
De hecho, y aunque no es el ideal, hay matrimonios en los que, uno de los dos, por descuido, ha caído en una infidelidad. Pero como siempre ha buscado hacer feliz al cónyuge, este error -por más grave que sea- no es más que una mancha en una pared llena de luz.
Desde luego que no es el caso de la persona descuidada, sensual, irresponsable, que frecuenta ambientes inconvenientes y que trata con personas del sexo opuesto sin ningún pudor y sin respeto.
En una persona así, la caída siempre será inminente e injustificada. El derrumbe comenzó desde que se descuidó en su conducta ordinaria. “Prometo serte fiel” es también cuidar el corazón.
No permitir que nada ni nadie le robe la paz inicial.
Prometieron luchar especialmente cuando les vinieran a la cabeza “ideas rubias”.

La fidelidad no es no meterse con otra persona, sino sobre todo cuidar el corazón. Hay mucha gente que quizá jamás concretará una infidelidad conyugal, sin embargo vive en una continua deslealtad al no cuidar el corazón de cualquier amor que no sea su único y verdadero amor.
“Prometo serte fiel”, es decir, también, “prometo hablar bien de ti”. “Lo que tenga que decirte, te lo diré a ti, para ayudarte, con amor y por amor.
No se lo diré a mi mamá ni a mis hijos, menos a mis amigas en un desayuno. Prometo hacer crecer tu fama dentro de lo más íntimo que tenemos que son nuestros hijos, padres, hermanos y también nuestros amigos.
“Me esforzaré para que ellos siempre tengan una buena imagen de ti. Sólo escucharán cosas positivas acerca de quién y cómo eres tú.
Estarán orgullosos de nosotros”. Finalmente, “prometo serte fiel”, ahora sí, significa “que no te cambiaré por nadie.
No te quiero para un amor intermitente u ocasional, ni como un amor de paso”. Estas promesas que hicieron, además tienen dos especificaciones que deben considerar como muy importantes y darles su sentido propio, porque de verdad, parece que no todos las han entendido.
Cuando se da una infidelidad en el matrimonio por parte de quien sea, y el cónyuge decide que “esto es lo único que no está dispuesto a perdonar”, y que “ahora sí se acabó todo”, es simplemente porque no ha entendido qué fue lo que prometió.
¿Cuáles son esas dos especificaciones?
1a En lo próspero y en lo adverso. Hay quienes creen que lo próspero es tener dinero mientras lo adverso se identifica con todo tipo de carencias económicas. Muchas parejas tienen los recursos necesarios para vivir felices y sin embargo no alcanzan la felicidad porque ésta se compone de muchos otros factores que ellos no han logrado completar. Lo próspero es efectivamente cuando todo va bien.

Como se suele decir: “viento en popa”. Hay algo de dinero, tienen su propia casa, no hay grandes intromisiones de la suegra, siguen teniendo más o menos las mismas aficiones y casi idénticos gustos, no se han desgastado con el tiempo, hay armonía, diálogo, intimidad… ¡Ah, lo próspero! ¿Por qué no todo en la vida es crecer? ¿Por qué no todo en este mundo camina hacia adelante sin más complicaciones? La respuesta es muy sencilla: los problemas y las dificultades existen desde que aparecieron hombre y mujer sobre la tierra, y esta vida simplemente no sería la misma si quisiéramos quitarle esta contrapartida de la dificultad. Además no siempre está en nuestras manos evitar algunas dificultades que se van suscitando en el camino, pues muchas de ellas nos las imponen la sociedad, la cultura, el entorno en el que nos movemos…
Pero es interesante que sepan partir de este presupuesto cuando piensan ya en el matrimonio y cuando están por emitir estas promesas que los comprometen para siempre.
Cabe añadir que en el matrimonio, los problemas son una oportunidad maravillosa de crecimiento. Este debe ser un camino de crecimiento, y para eso necesitan aprovechar todas las oportunidades. En el matrimonio, lo adverso puede ser: dificultades en el campo económico, la pérdida del trabajo o el fracaso rotundo en el negocio, la intromisión indeseada de algún familiar político en el propio hogar, la llegada de los niños quizá demasiado rápida, la enfermedad de uno de ellos que acusa gravedad…
Y, ¿por qué no? el hecho mismo de que el amor que sentían el uno por el otro ya no sea como era en el noviazgo, o al inicio del matrimonio.

2a En la salud y en la enfermedad. “Prometo que en la salud, te aplaudiré, te proyectaré, te acompañaré y apostaré por ti.
No estaré celoso de tus triunfos, ni permitiré que me afecte el que tú seas más que yo a los ojos de los demás”. En la enfermedad, prometes que estarás a su lado.

Pero cuando prometiste esto, no te referías a enfermedades que se arreglan con un suero ni aun con una enfermera de cabecera. Te referías a enfermedades más profundas, más complicadas, con alcances más intensos, como el alcoholismo, el desánimo, la pérdida del sentido de esta vida o enfermedades “del corazón” o del carácter.
Tú un día puedes llegar a dejar de amarlo (la) y es entonces cuando debes demostrarle que prometiste serle fiel.
Es precisamente en estos momentos –de enfermedad “del corazón”- cuando puedes probar tu fidelidad.
Qué fácil era cuando todo marchaba bien, cuando parecían competir en el darse cariño. La fidelidad se demuestra en la prueba y en el dolor, y quizá no haya prueba más grande para una persona que ama de verdad, que el sentir que no es correspondida y que no es amada con la misma intensidad.
Ante un problema de esta naturaleza, se puede reaccionar de dos maneras: pagar con la misma moneda, que no sería ni amor ni fidelidad, o luchar con todo el corazón por recuperar ese amor que se está apagando o se ve casi perdido.
La fidelidad sólo acepta este segundo tipo de actitud. “Si te pierdo, lucharé por reconquistarte, ése será mi programa”.
“Si la enfermedad es grave y llego incluso a perderte definitivamente, seguiré siendo tuyo, y tú seguirás siendo parte de mi proyecto de vida”.
El hecho de que uno de los dos haya fallado, no implica que el otro deba fallar también. “Lucharé por reconquistarte”, como se ve en algunas películas o novelas, sólo que aquí es de verdad: no hay actores ni música de fondo ni paisajes bonitos... sino sacrificio, humillación y mucho valor para reconquistar el amor que una vez iluminó la vida y del que surgió la familia que ya existe.
Recuerdo a ese general francés, que después de la segunda guerra mundial fue requerido en el partido comunista.
Con el aumento de sueldo y por participar de tantos beneficios que le ofrecieron, abandonó a su mujer de treinta y siete años, con siete hijos, y se marchó de la casa.
Lógicamente pronto encontró a otra y así continuaron sus vidas por separado. Pasaron veinte años y dicho partido nunca terminó de consolidarse bien, hasta que finalmente se disolvió.
Muchos que habían gozado de los beneficios de la organización, pronto se vieron en la calle, sin dinero, sin familia y sin amantes, que son las primeras en irse cuando falta todo lo demás.
Cansado, solo, ya acabado, vuelve un día a su casa, toca la puerta y le abre su mujer. Una esposa también cansada, que había sacado adelante a todos sus hijos, sola. Una madre heroica. - “Quiero hablar contigo”- le dice. -“Pasa”- abre la puerta y dibuja en el aire con su mano el ademán de “adelante”.
Pero él se da cuenta de que está la mesa puesta con dos lugares, y titubeando le dice: -“Perdona, no quiero importunar, ¿estás esperando a alguien?”
-“Sí -responde segura y sin dejar de mirarlo a los ojos- desde hace veinte años todos los días la mesa ha estado puesta para dos, porque te sigo esperando”. Lo más probable es que los sentimientos de esta mujer no fuesen tan favorables.

Podemos incluso imaginar que ella hubiese querido golpearlo o que debió azotarle la puerta al instante sin permitirle no sólo entrar a la casa, sino tampoco entrar a un hogar que comenzaron los dos pero que sólo ella de verdad construyó.

Este relato no tendría ningún valor si no fuera histórico. Lo que lo hace grande es precisamente que sucedió. Es una mujer que sacó adelante sola a siete hijos y que se sobrepuso al orgullo y a un explicable rencor.
Una de esas personas que tienen muy claro que el matrimonio es para siempre. Ella quizás pensaba: “él me dejó, pero yo no lo puedo dejar, porque Dios me lo dio, y por él tengo que responder”.
Ella sabía lo que era un compromiso con Dios, con un hombre y con unos hijos. En una ocasión, una señora me vino a ver: -“Padre, mi único pecado es que odio a mi marido. Yo pensé: “pequeño detalle”. - Me dejó hace cinco años. Ni quiero, ni puedo verlo”.
Comprendí que la dificultad era muy grande y le ofrecí una solución más para ella misma que para su matrimonio: -“Señora, lo que usted necesita es un cambio de mentalidad.
Renueve el compromiso que hizo hace treinta años: rece por él, de vez en cuando escríbale, preocúpese en la medida de sus posibilidades por él, aunque ya nunca puedan volver a reunirse.
Usted será más feliz amando con un amor realmente heroico, que dando rienda suelta a odios estériles.
El amor siempre nos deja algo, nos lleva a algo, produce algo.
Del odio sólo germinan rencores, soberbia, impaciencias, insatisfacciones y un sin número de frustraciones, pues nuestro corazón fue hecho para amar.
Ir en contra del amor es luchar contra nosotros mismos”.
Desgraciadamente muchos matrimonios se romperán porque nunca se entendió que la fidelidad que se prometieron al inicio, debería ser, como los mejores relojes, “a toda prueba”.
Así es, a prueba de todo, incluidas la peor enfermedad, la más tremenda crisis y el más injusto adulterio.

Este artículo es parte del libro "El anillo es para siempre" de Ángel Espinosa de los Monteros, el cual puedes adquirir en: Misión Multimedia

sábado, 31 de mayo de 2008

Líneas guía para la oración de sanación

A cargo del Servicio de la Renovación Carismática Católica Internacional

ROMA, martes, 13 mayo 2008 (ZENIT.org).-

La oración de sanación ha sido a lo largo de los siglos un elemento esencial en la vida espiritual de los católicos, ligada inseparablemente a la proclamación del Evangelio.
Los verdaderos pioneros en el ministerio de sanación hay que buscarlos sin embargo en algunos grupos de protestantes que vivieron en Alemania y Suiza, en torno a finales del siglo XIX.
En la Iglesia católica, el Concilio Vaticano II (1962-1965) marca un redescubrimiento de este ministerio, como demuestra la inserción de una enseñanza sobre los carismas en la Constitución sobre la Iglesia, en el nº 12 de la Lumen Gentium.De modo especial, desde siempre empeñado en profundizar la comprensión y el aprecio del carisma de la sanación en ámbito católico, el Internacional Catholic Charismatic Renewal Services, ICCRS (Servicio de la Renovación Carismática Católica Internacional), un organismo de derecho pontificio reconocido en 1993, tiene la tarea de coordinar y promover el intercambio de experiencias y reflexiones entre las comunidades carismáticas católicas, en cuya espiritualidad participan más de cien millones de fieles esparcidos en 200 países.
Este descubrimiento cobró impulso en 1995, en San Giovanni Rotondo, Italia, cuando fue presentado un encuentro de sanación, en el que participaron 30.000 personas para celebrar el ministerio de sanación, entonces llevado adelante por el difunto padre Emiliano Tardif.
Posteriormente en 2001, en Roma, el ICCRS organizó, junto al Consejo Pontificio para los Laicos, un Coloquio para examinar el ministerio de sanación presente en la Renovación Carismática, ya analizado por la Congregación para la Doctrina de la fe en una Instrucción ad hoc.
Tras el encuentro, una Comisión doctrinal del ICCRS, presidida por monseñor Joseph Grech, obispo de Sandhursty, Australia, emitió un documento en inglés sobre este argumento titulado «Guidelines on Prayers for Healing» (Líneas guía sobre las oraciones de sanación), que se detiene sobre los contextos histórico, bíblico y teológico y sobre las diversas cuestiones pastorales.
Estas líneas guía se sitúan en la línea de los documentos de Malinas, realizados a comienzos de los años 70 tras coloquios promovidos en su diócesis por el cardenal Leòn Joseph Suenens, que fue un gran sostenedor de la Renovación Carismática, y fruto del trabajo de una Comisión doctrinal y teológica, que contaba entre sus miembros con el entonces cardenal Joseph Ratzinger.
En el documento se afirma que «la vasta difusión de los carismas de sanación y el desarrollo de varias prácticas y ministerios en los que se ejercitan, han hecho surgir la necesidad de un prudente discernimiento, en modo especial por parte de los pastores de la Iglesia».
Al mismo tiempo, en nuestros días se observa la tendencia a recurrir a la «medicina holística» o a formas de medicina alternativa para poner freno «a la desesperación que conduce a las personas débiles a buscar ayuda de cualquier fuente», y a menudo las fuentes son «tanto paganas como esotéricas, bajo forma de religión popular tradicional o como nuevas religiones con un énfasis en la aspecto terapéutico».
Del mismo modo, se advierte, «la acción de Satanás no se toma en seria consideración por muchos dentro de la Iglesia».
«Uno de los descubrimientos hechos por quienes están implicados en el ministerio de la sanación --puede leerse-- es la profundidad de las heridas interiores que necesitan ser sanadas en aquellas personas que exteriormente aparecen con salud y normales pero que, en el ‘interior', sufren profundamente».
Son diversos los tipos de enfermedad a los que se aplica este ministerio: física (para sanar enfermedades e invalideces); psicológica (para cicatrizar las heridas emotivas); espiritual (para restablecer la relación privilegiada con Dios resquebrajada por el pecado); exorcismo (para echar a los demonios) y liberación (para liberar a una persona de la influencia malvada a través de la oración dirigida a Dios); de la memoria (para la purificación de un pueblo o de una sociedad de los males del pasado); intergeneracional (para allanar los desórdenes heredados de los progenitores); de la tierra (para afrontar la contaminación y los daños causados al medio ambiente).
Sin embargo, se precisa, «es equivocado pensar que la voluntad de Dios sea la de curar todas las enfermedades y males en esta vida. Jesús dijo a los discípulos que no sólo curaran a los enfermos sino que los ‘visitaran' (Mt 25,36). De hecho, hay casos en el Nuevo Testamento en los que los enfermos permanecen tales, al menos por un poco, a pesar del carisma de sanación de los apóstoles».
En este sentido, se afirma, «El desafío está en purificarse de actitudes de pasividad frente al mal, de manera que cuando no se da la sanación, la aceptación positiva del sufrimiento se transforma en una actitud positiva de fe y no en una mera resignación pasiva»; la persona que sufre debería por tanto «ser animada a perseverar en la oración y en la entrega confiada a Dios».
En efecto «el carácter esencialmente gratuito de la sanación» lo hace «algo derivado de la libre iniciativa de Dios, y del contexto eclesial de la curación».
El intento llevado adelante por la Renovación Carismática es el de integrar los carismas en una renovada vida sacramental, en «un encuentro con la potencia sanadora de Cristo en un contexto sacramental... en una renovación de la fe sacramental, en una más profunda conciencia de que el Señor resucitado está presente y actúa en primera persona en los sacramentos para comunicar su gracia vivificante».
Por esta razón, se subraya, «es esencial que cada ministerio público de sanación se inicie con la proclamación de la Palabra y su exposición» para que «aunque el ministerio de sanación se de fuera del contexto litúrgico, el contexto para comprender la obra de sanación del Señor es siempre sacramental».
Ya de se trate de contextos litúrgicos (unción de los enfermos, liturgia de la Palabra, Santa Misa) o no, «los sacramentos, de modo especial la Eucaristía, son los contextos privilegiados en los que Cristo comunica su potencia sanadora y actualiza de modo misterioso en la Iglesia las obras que el mismo realizó durante la vida terrena».
Sin embargo, es necesario asegurarse de que «la Santa Misa y el Santo Sacramento no sean instrumentalizados para el beneficio de las oraciones de sanación sino que sean respetados en su finalidad, que es la de conducir al fiel a una comunión espiritual con Cristo».
Las líneas guía ponen también en guardia sobre un aspecto especial, el hecho de que el ejercicio de los carismas no puede acompañarse con el pecado, sino que debe unirse a la oferta al Señor de un corazón contrito y humillado.
Además, el poder de sanación es donado en un contexto misionero, no con vistas a la exaltación de los individuos, sino para confirmarles en su misión: «Un carisma de sanación no debe nunca ser tratado como una propiedad personal o usado para atraer la atención sobre sí».
Pero sobre todo «es importante que las sanaciones no sean nunca consideradas como aisladas, como eventos individuales, sino más bien como momentos de gracia dentro de un proceso de conversión de amplio alcance que se refiere a las vidas de las personas tocadas de este modo».
Por Mirko Testa, traducido del italiano por Nieves San Martín

viernes, 30 de mayo de 2008

Portavoz vaticano: La falta de voluntad provoca el hambre de los pobres

Análisis del padre Lombardi, director de la Oficina de Información de la Santa Sede

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 4 mayo 2008 (ZENIT.org).-

El aumento del hambre entre los pobres, debida al aumento del precio de alimentos, interpela a las conciencias pues no se debe a la falta de capacidad de producción de comida para todos, sino a la falta de voluntad, explica el portavoz vaticano.
El padre Federico Lombardi S.I., director de la Oficina de Información de la Santa Sede, analiza las causas y consecuencias éticas del «vertiginoso aumento de los precios de cereales», en el editorial del último número de «Octava Dies», semanario del Centro Televisivo Vaticano, del que es también director.
El análisis comienza recordando que «en el año 2000 la cumbre más grande de jefes de Estado de la historia proclamaba solemnemente la "Declaración del Milenio", que enunciaba los objetivos más urgentes para el bien de la humanidad a alcanzar antes del año 2015».
«El primero era reducir a la mitad, en este período, la pobreza extrema y el hambre. Han pasado casi ocho años y, en estos meses, está teniendo lugar una crisis alimentaria gravísima en muchos países a causa de l vertiginoso aumento de los precios de los cereales, de manera que el número de los hambrientos y subalimentados vuelve a crecer rápidamente, corriendo el riesgo de afectar a mil millones de personas, y no parece que la crisis sea pasajera», recuerda.
Citando estudios de expertos, el padre Lombardi ve tres causas en este fenómeno: «la distorsión en el mercado provocada por las subvenciones a la agricultura de los países ricos; la nueva producción de biocombustibles tras las preocupaciones ambientales; el mayor consumo de carnes en grandes países como China y la India, de manera que buena parte de la producción agrícola ya no se dedica directamente a los cereales para la alimentación humana».
Según el padre Lombardi, «lo que falta en el mundo no es comida o la capacidad para producirla, sino más bien la voluntad para resolver el problema más grave: es decir, que los pobres tengan de qué comer. Otras cosas, otras preocupaciones pasan antes».
«Los gastos militares por ejemplo, siguen creciendo --denuncia--. Otros intereses guían el juego de nuestro mundo, a pesar de que la Cumbre del Milenio había proclamado correctamente el primer objetivo». «Pero una cosa es una Declaración, y otra la dura realidad --concluye--. Ahora nuestra mirada se dirige a la nueva cumbre por la seguridad alimentaria del Fondo de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) de junio. Otra oportunidad que no hay que dejarse escapar, pues mientras tanto demasiados pobres mueren».

miércoles, 28 de mayo de 2008

Casarse por la Iglesia es un chollo

Fuente: Catholic.net
Autor: Remedios Falaguera Silla

SÍ, han leído bien. El amor de “uno con una y para siempre” es posible. Y no me voy a dejar “arrugar” por prejuicios que obstaculicen su defensa . A pesar de las rupturas familiares producidas en España - una cada 3,6 minutos-, y de los dramas personales, familiares y sociales que se derivan de ellas; a pesar de que la cultura dominante ataca frontalmente y sin escrúpulos al cristianismo; a pesar de la marea que nos envuelve del “todo vale” en el amor, el sexo y la convivencia; a pesar de todo ello, ... no me voy a dejar avasallar. ¿Y por qué? Sencillamente, porque la gracia sacramental que Dios concede a los que se quieren unir en su presencia, existe, y yo soy testigo de ello. Les cuento: Llevo casada 24 años con el mismo hombre. Raro en esta época, ¿verdad? Y les puedo asegurar que si no hubiera sido por la gracia que Dios concede a los que juntos quieren realizar su proyecto de amor de por vida, “lo nuestro” no hubiera funcionado. Es más, dice un amigo común de la infancia que nuestro matrimonio es la 6ª prueba de la existencia de Dios. ¿Cómo es posible que dos personas tan distintas hayan podido vivir juntas durante tantos años y se quieran hoy muchísimo más que el día que se comprometieron? Sin querer extenderme mucho, creo que una de las razones fundamentales es saber que cuando nos casamos nos entregamos el uno al otro por entero; no sólo lo que éramos entonces, sino todo lo que íbamos a ser juntos desde entonces; en palabras mas conocidas, porque nos entregamos el uno al otro “para toda la vida”; ser conscientes de esta realidad (que nos es una ilusión, sino que se puede tocar con las manos) nos ayuda a resolver nuestras pequeñas diferencias, nuestras quejas, nuestros problemillas... Porque no nos preocupa tanto si “el otro yo” es la persona ideal , como el hecho de trabajar para ser nosotros la persona apropiada para él. Porque el deseo de dar y compartir es superior a la avaricia de poseer. Porque la lealtad, el respeto, la amistad y el amor son los fundamentos de nuestra fidelidad. Porque saber pedir perdón y echarle mucho sentido del humor nos ayuda a volver a encarrilar nuestro sueño… ¿Inalcanzable? ¡No! Por eso, nosotros, como muchos otros, hemos dedicado para que esto funcione miles de horas, alguna que otra lágrima y cantidades enormes de sonrisas. Solo así tenemos la seguridad de que, por muchas pruebas que tengamos que sortear a lo largo de nuestro camino juntos, “lo nuestro” es para toda la vida. ¡Porque NUNCA estamos solos, como decía San Pablo: "Quien inició en vosotros esta buena obra, la irá consumando". Ya lo siento por los que se lo pierden! ¡Tal vez aún estén a tiempo!
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martes, 20 de mayo de 2008

El verdadero valor de los valores

Por Sergio Sinay

“No podemos enseñar valores, debemos vivir valores. No podemos dar un sentido a la vida de los demás. Lo que podemos brindarles en su camino por la vida es, más bien y únicamente, un ejemplo: el ejemplo de lo que somos”.
En 1970 el psicoterapeuta austriaco Víctor Frankl, fundador de la logoterapia, afirmaba esto al hablar de la voluntad de sentido. Frankl consideraba a la voluntad de sentido como la forma de percepción que impregna a cada hombre y que, cuando se hace conciente, le permite encontrar un propósito para cumplir más allá de sí mismo, en el encuentro con otro.
Ese propósito justifica y da significado a la existencia. Cada hombre, decía Frankl, debe encontrar el sentido de su vida porque solamente sobrevivir, insistía, no es el máximo valor.
Vivimos en una época y en una sociedad en las que, cada vez más, y en muchos aspectos, “solamente sobrevivir” parece haberse convertido en el único valor. Y no sólo en términos económicos, ser pobre no es único requisito para ser sobreviviente o para no ver otro horizonte que la supervivencia.
La pregunta que urge responder en un mundo que se hunde cada día en un pronunciado, inquietante y trágico vacío existencial es la pregunta por los valores que dan sentido a nuestra vida, a la de cada uno en particular.
Pocas veces la palabra valores ha de haber sido pronunciada tantas veces como en estos últimos tiempos. Esto es motivado por tragedias cercanas, como la de Carmen de Patagones, en donde un adolescente se convierte en asesino serial matando a varios de sus compañeros de colegio, o la de Cromagnon, donde casi doscientas personas mueren en un salón de baile gracias a un cóctel siniestro que combinó la corrupción privada y oficial, la negligencia criminal de un jefe de gobierno y su gabinete y la irresponsabilidad sin excusas de un grupo de rock cegado por la fama y la ambición.
Y también por tragedias con epicentro en otras regiones, como el genocidio, disfrazado de guerra santa, impulsado por el presidente del Imperio más grande del mundo y algunos secuaces menores (entre ellos el primer ministro de un ex imperio que perdió las uñas pero no las mañas), las irracionales matanzas del terrorismo fundamentalista, o las tragedias ecológicas que tienen colaboración humana.
Se habla de transmitir valores, de educar en valores, de preguntarnos por nuestros valores y por los que les dejamos a nuestros hijos.
Quizá cada uno de nosotros, células del organismo social que integramos, debiéramos preguntarnos, a la manera de Frankl, cómo estamos viviendo aquellos valores que declamamos.
Porque los valores son verbos antes que sustantivos. En un mundo donde basta una mentira mil veces repetida para invadir y destruir un país, en un mundo donde un candidato, ya convertido en presidente, puede admitir que mintió para ganar porque sino no lo hubieran votado, en un mundo donde las leyes sólo se invocan para que las cumplan los otros, en un mundo donde los derechos se reclaman pronto y las obligaciones se olvidan rápido, en un mundo donde cualquiera puede creerse dueño de Dios y, en consecuencia, matar a los “infieles”, en un mundo donde no tener es no ser, en un mundo donde consumir se percibe como sinónimo de vivir y se cree que la adrenalina es más importante que la sangre y por lo tanto hay que generarla todo el tiempo y de cualquier modo, ¿de qué hablamos al hablar de valores? ¿Qué decimos, más allá de palabras bellas, o fuertes, o asertivas, cuando proponemos valores?
En Calígula, la impresionante obra teatral de Albert Camus, cuando el emperador decide apoderarse de las herencias de todos los ciudadanos de Roma previa ejecución de los mismos, lo justifica de una manera clara y brutal: “Si el Tesoro tiene importancia, la vida humana no la tiene. La vida no vale nada, ya que el dinero lo es todo”.
Resulta estremecedor observar el paisaje cotidiano de nuestra sociedad y los modelos que, cada vez más, prevalecen en las relaciones interpersonales, porque, sin distinción de clase, de nivel cultural o económico, pareciera que la idea de Calígula se impone con constancia, con prisa y sin pausa.
Vuelvo a Frankl. Él sostenía que era la conciencia el órgano que podría guiar al hombre en la búsqueda del sentido, que en ella reside la capacidad “de percibir totalidades de sentido en situaciones concretas de la vida”.
Para ello debe estar despierta. En estos días sombríos es importante no seguir adormeciendo a la conciencia bajo torrentes de declamaciones.
Esto no sólo vale para políticos, educadores, profesionales y funcionarios. También para cada uno, cada hombre, cada mujer, cada padre, cada madre, en su espacio más propio, íntimo y cotidiano.
Si no, los trágicos gritos que quedan como eco de las tragedias no naturales en el mundo que habitamos no bastarán para interrumpir el festival de sinsentido y vacío en el que baila una sociedad que, dos mil años después, podría volver a tener a Calígula como líder y mentor.
Si de veras creemos que vamos a enseñar valores, empecemos por vivirlos. Aquí y ahora.
Sergio Sinay - sergio@sergiosinay.com

domingo, 11 de mayo de 2008

La fe de los ateos

La fe de los ateos
Fuente: Fluvium.org
Autor: Íñigo Alfaro

Xavier Zubiri decía –palabras más, palabras menos– que todos creemos en un Dios, lo que pasa es que no nos ponemos de acuerdo en cuál. La idea es tan provocadora como cierta. Provocadora del porqué basta asomarse un poco al mundo para darse cuenta de que hay muchos hombres y mujeres que afirman, sin pestañear, que Dios no existe. Cierta, porque si esas personas lo reflexionasen a fondo se darían cuenta de que su ateísmo va de la mano de una gran fe. Una fe tal vez mayor que la de los creyentes. Porque la inmensa mayoría de los hombres y mujeres de todos los tiempos que han observado el mundo con sencillez –lo cuál no quiere decir sin pensar–, se ha dado cuenta de que lo más lógico es que exista un Dios que organice este jaleo cósmico y que lo haya guiado hacia ese milagro que llamamos vida. Porque por mucho que quitemos a Dios de en medio, el universo y sus maravillas nos siguen preguntando: ¿a dónde vamos? ¿De dónde venimos? La primera pregunta es más fácil de responder con banalidades: a ninguna parte; a la nada; no se sabe, etc. Creo que, a la hora de la verdad, cuando la vida apriete, la muerte nos acaricie o, simplemente, cuando tengamos un minuto para pensar, ninguna de esas respuestas nos consolará. Mientras tanto, para los que responden así, basta con no preocuparse demasiado. La segunda pregunta es más complicada. Las banalidades tienen que ser más sofisticadas. El porqué del universo no puede responderse con un simple “porque sí”. Por eso los ateos se han visto obligados a buscar otras respuestas que les sacien o que, al menos, les tranquilicen Por un lado están quienes, para salvar la ínfima probabilidad de la aparición de la vida, dicen que, en realidad, éste no es si no uno de los millones de universos que han existido y que ha sido precisamente en éste donde ha surgido la vida. La idea no está mal, incluso tiene cierto ingenio. Pero es totalmente gratuita e indemostrable. Si escribiésemos un libro al respecto, tendría que ser de ciencia ficción. Por otro lado están los que, para salvar las apariencias, se agarran al darwinismo como los náufragos de la balsa de medusa en medio de un mar de incongruencias. Hay que reconocer que Darwin tenía algo de razón, pero pretender que el ciego azar sea el creador de la inteligencia humana es como pretender que Rompetechos pintó la Capilla Sixtina. Existen muchos más intentos de respuesta, pero la mayoría son una variante más o menos manida de los anteriores. El problema de estas afirmaciones es que, al final, requieren de una gran dosis de fe para ser aceptadas. Porque –si creer es aceptar lo que no vemos- creer que la vida ha surgido por la existencia de infinitos –e indemostrables– universos supone un gran acto de fe. Porque creer que la inteligencia es fruto de una casualidad inconsciente es otro gran acto de fe. Ambos son actos de fe mucho mayores que creer que Dios ha creado, y dirige con sus leyes y con su amor, el universo en el que vivimos. Es verdad que la razón humana no puede decirnos todo sobre Dios. Es más, nos dice muy poco y pretender lo contrario sería muy pretencioso. Pero que Dios existe, está perfectamente a su alcance. En cambio, creer en el dios azar o en el mito de los infinitos universos parece más práctico. Ninguno de ellos puede reclamarnos la justicia, la coherencia de vida, el amor o el respeto por los demás. Pero tienen un problema: ni respetan la realidad ni respetan la inteligencia humana. Son actos de fe irracionales y nos convierten en seres aislados y egoístas. Al final –y también al principio– resulta que lo más razonable es creer en Dios. Por eso ya decía Juan Pablo II que la fe y la razón son dos alas que nos elevan a la contemplación de la verdad. El que encuentre a Dios con la razón será capaz de ver el mundo con mucha mayor amplitud y perspectiva, pero sin perder pie en la realidad. El que, además, crea lo que la revelación le dice podrá vivir en plenitud –aunque cueste– y sentirse amado siempre, hasta la eternidad. El que tenga que apostar que no lo dude.