EL PENSAMIENTO DE LA IGLESIA CATOLICA SOBRE TEMAS RELACIONADOS CON LA PERSONA HUMANA, LA FAMILIA, LA SOCIEDAD, EL ESTADO Y LA COMUNIDAD INTERNACIONAL.
sábado, 3 de noviembre de 2012
sábado, 27 de octubre de 2012
Cultivar la fe en familia
Cada familia
cristiana es una “comunidad de vida y de amor” que recibe
la misión “de custodiar, revelar y comunicar el amor,
como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por
la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia su esposa”
(Juan Pablo II, “Familiaris Consortio” n. 17). Es una comunidad
que busca vivir según el Evangelio, que vibra con la Iglesia,
que reza, que ama.
Para vivir el amor hace falta fundarlo todo en la experiencia de Cristo, en la vida de la Iglesia, en la fe y la esperanza que nos sostienen como católicos.
En estas líneas queremos reflexionar especialmente sobre la responsabilidad que tienen los padres en el cultivo de la fe en la propia familia. No sólo respecto de los hijos, sino como pareja, pueden ayudarse cada día a conocer, vivir y transmitir la fe que madura en el amor y lleva a la esperanza.
Los hijos también, conforme crecen, se convierten en protagonistas: pueden ayudar y motivar a los padres y a los hermanos para ser cada día más fieles a sus compromisos bautismales.
Entre los muchos caminos que existen para cultivar la fe en familia, nos fijamos ahora en tres: la oración en familia, el estudio de la doctrina católica, y la vida según las enseñanzas de Cristo.
Muchas de las ideas que siguen son simplemente sugerencias o pistas de trabajo. La actitud de fondo que debe acompañarlas, el amor verdaderamente cristiano, da el sentido adecuado a cada una de las acciones que se lleven a la práctica. Un gesto realizado sin profundidad puede secar el alma, puede perder su eficacia. Es posible, sin embargo, iniciar algunos actos sin comprenderlos del todo, pero con el deseo de que nos conduzcan a una actitud profundamente evangélica, a un modo de pensar y de vivir que corresponda plenamente con lo propio de nuestra vocación cristiana.
1. La oración en familia
La oración es para cualquier bautizado lo que es el aire para los seres humanos: algo imprescindible.
Aprender a rezar toca a todos: a los padres, en las distintas etapas de su maduración interior; a los hijos, desde pequeños y cuando poco a poco entran en el mundo de los adultos.
La oración en la vida familiar tiene diversas formas. El día inicia con breves oraciones por la mañana. Por ejemplo, los padres pueden levantar a sus hijos con una pequeña jaculatoria; o, después de asearse o antes del desayuno, todos rezan juntos una pequeña oración (el Padrenuestro, el Ave María, parte de un Salmo o del Magnificat, etc.).
Otras plegarias surgen de modo espontáneo, según las necesidades de cada día. La familia reza por el examen de selectividad, por la situación de la fábrica donde trabaja papá o mamá, por las lluvias, por el eterno descanso del abuelo...
Son muy hermosas aquellas oraciones que recogen la gratitud de todos y de cada uno. Esas oraciones pueden fijarse en los hechos más sencillos: ya funciona el frigorífero, tenemos pasteles para la merienda, se acercan las vacaciones. O pueden dar gracias por hechos más importantes: el amor entre papá y mamá ha sido bendecido con un nuevo embarazo, acaba de nacer un nuevo sobrino, el abuelo ha superado la pulmonía, un amigo ha ido a encontrarse con Dios...
El clima de oración se prolonga a lo largo del día. Para ello, ayuda mucho crear un hábito de “jaculatorias”, pequeñas oraciones espontáneas que dan un toque religioso a la jornada. “Señor, confío en Ti”. “Creo, Señor, ayúdame a creer”. “Te alabamos, Señor, porque eres bueno”. “Gracias, Señor, por esto y por esto”. “Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo”...
La hora de comer permite un momento de gratitud y de unión en la familia. ¡Qué hermoso es ver que todos, junto a la mesa, rezan! Algunos hogares recitan el Padrenuestro; en otros, los padres y los hijos se turnan para dirigir una oración espontánea antes de tomar los alimentos.
Otro momento de oración consiste en el rezo del Ángelus (se puede rezar hasta tres veces en la jornada, o si se prefiere al menos a medio día) y del Rosario.
Para los niños (y para algunos adultos también), a veces el Rosario resulta un poco aburrido. Los padres pueden ayudar a los hijos a descubrir la belleza de esta sencilla oración, quizá enseñándoles a rezar primero un solo misterio, luego dos, etc., y explicando el sentido de esta hermosa plegaria dirigida a la Madre de Dios y Madre de la Iglesia.
Cuando llega la noche, la familia busca un momento para dar gracias por el día transcurrido, para pedir perdón por las posibles faltas, para suplicar la ayuda que necesitan los de casa y los de fuera, los cercanos y los lejanos. Es muy hermoso, en ese sentido, aprender a rezar por las víctimas de las guerras, por las personas que pasan hambre, por los que viven sin esperanza y sin Dios.
La oración constante ha permitido a la familia, chicos y grandes, descubrir que la jornada, desde que amanece hasta la hora de dormir, tiene sentido desde Dios y hacia Dios. Todo ello prepara a vivir a fondo los momentos más importantes para todo católico: los Sacramentos.
Si el Sacramento de la Eucaristía es el centro de la vida cristiana, también debe serlo en el hogar. La familia necesita descubrir la belleza del domingo, la maravilla de la Misa, la importancia de la escucha de la Palabra, la participación consciente y activa en los ritos.
Participar juntos, como familia, en la misa del domingo es una tradición que vale la pena conservar. También cuando los hijos son pequeños. Los padres pueden enseñarles, poco a poco, el sentido de cada rito, las posturas que hay que adoptar, el respeto que merece la Casa de Dios. Son cosas que luego quedan grabadas en los corazones para toda la vida.
La semana se vive de un modo distinto si arranca del domingo y desemboca en el domingo. Durante la semana, la familia busca vivir aquello que ha escuchado, que ha vivido en la celebración eucarística dominical. A la vez, se prepara con el pasar de los días para el encuentro íntimo y personal con Cristo que tendrá lugar, Dios mediante, el domingo siguiente.
Ayuda mucho, en este sentido, hacer “visitas” a Cristo eucaristía durante la semana, de forma personal o en pequeños grupos (el padre o la madre con algunos hijos, varios hermanos juntos, etc.). También es muy provechoso, entre semana, recordar en casa cuál fue el evangelio del domingo anterior, o dar pistas para abrirse a los textos sagrados que serán leídos el domingo siguiente.
Además de buscar maneras para vivir mejor la Eucaristía, también es hermoso recordar el aniversario del bautismo de cada miembro de la familia. Si celebramos el nacimiento, ¿por qué no celebrar también el día en que empezamos a ser hijos de Dios y miembros de la Iglesia? Algo parecido podría hacerse con la confirmación, un sacramento que debemos valorar en toda su riqueza y que debemos tener muy presente en un mundo hostil al Evangelio.
En cuanto al matrimonio, el aniversario de bodas suele ser recordado por muchas familias católicas, incluso con la ayuda de algún día de retiro espiritual. En ese día, los esposos pueden renovar sus promesas matrimoniales, o hacer un momento de oración familiar con los hijos, quizá con la lectura en común de algún texto bíblico (por ejemplo, Tb 8,5-10, o Ef 5,21-33).
Un sacramento que merece ser vivido por todos los miembros de la familia es el de la Reconciliación (la confesión). Los niños quedan muy impresionados cuando ven a sus padres pedir perdón, de rodillas, en un confesionario. No es correcto, desde luego, recurrir a presiones para que se confiesen. Pero sí es hermoso enseñarles lo que es el pecado, lo grande que es la misericordia divina, y cómo la Iglesia pide que nos confesemos con frecuencia.
Un ámbito de la oración familiar se construye con la ayuda de imágenes de devoción. No basta con colocar aquí o allá un crucifijo, una imagen de la Virgen o el dibujo de algún santo. La imagen tiene sentido sólo si evoca y eleva los corazones a la oración y a la confianza en un Dios que está muy presente en la historia humana.
En algunos hogares existe un cuartito en el que se encuentra una especie de “altar de la familia”, donde todos se reúnen algún momento del día para rezar juntos, o donde cada uno puede dedicar un rato durante el día para meditar el Evangelio y dialogar de modo personal con Cristo. La tradición es hermosa, pues así es posible tener un lugar concreto donde todo ayuda a pensar en el Dios que tanto nos ama.
Existen otros modos para fomentar la oración en familia que se refieren a los tiempos litúrgicos. Por ejemplo, preparar un Belén en casa y tener ante el mismo momentos de oración y de cantos; ayudarse de la “Corona de Adviento” o de otras iniciativas parecidas para prepararse a la Navidad; dar un especial relieve a la Cuaresma como tiempo de oración, limosna y sacrificio; participar intensamente en la Semana Santa, de forma que permita a todos unirse íntimamente a Cristo; descubrir en familia el sentido gozoso de la Pascua y de Pentecostés, que ayude a participar del triunfo de Cristo y a descubrir la presencia del Espíritu Santo en lo más íntimo del corazón cristiano...
2. Aprender la fe en familia
Vivir en un clima continuo de oración abre los corazones al mundo divino. Esa apertura necesita ir acompañada por el estudio de todos, tanto de los padres como de los hijos, para conocer a fondo el gran regalo de la fe católica.
Los modos para lograrlo son muchos. La lectura y el estudio de la Biblia, especialmente de los Evangelios, resultan un momento esencial para conocer la propia fe. Para ello, hace falta recibir una buena introducción, sea a través de cursos en la parroquia, sea a través de la lectura de libros de autores católicos fieles al Papa y a los obispos.
Existe, por ejemplo, un curso de Biblia “on-line” del P. Antonio Rivero, que ofrece una buena ayuda para comprender mejor los libros sagrados. Se encuentra en http://es.catholic.net/conocetufe/804/2778/
De un modo más concreto, la familia en su conjunto o cada uno (según la propia edad) puede encontrar un momento al día para leer una parte del Evangelio. No se trata de una lectura simplemente informativa. Se trata de preguntarse, sencillamente, en un clima de oración: ¿qué quiere decirme Cristo con este texto? ¿Cómo ilumina mi vida?
Junto a la lectura de la Biblia, es necesario estudiar y conocer el “Compendio del Catecismo de la Iglesia católica” y, si fuera posible, también el mismo “Catecismo de la Iglesia católica”. El primero debería ser leído por los padres y, en la medida en que van creciendo, por los hijos. El segundo puede servir para ir más a fondo sobre temas importantes o ante dudas que puedan surgir. Los dos textos son ofrecidos en internet en la página del Vaticano, www.vatican.va.
La lectura del Catecismo permite conocer la fe católica en sus aspectos más importantes. Además, une a la familia con toda la Iglesia, al acercarse todos y cada uno a aquellas enseñanzas que nos permiten tener vivos y actualizados contenidos que no son simple “doctrina”, sino que nos ponen en contacto con Cristo y con su Cuerpo Místico: con el Papa, los obispos, los sacerdotes, los demás creyentes; con la Iglesia purgante (la que espera en el purgatorio) y con la Iglesia triunfante (que ya participa en el Banquete de Bodas del Cordero).
A través de estas lecturas, los padres estarán preparados para enseñar la doctrina católica en casa, si esto fuera posible. Si los hijos van a clases de catecismo en la parroquia o reciben clases de religión en la escuela, los padres ayudarán mucho a sus hijos para ver si han entendido bien, si tienen dudas. Les preguntarán los temas que están aprendiendo, no para “controlar”, sino para saber por dónde van en la catequesis y así ayudarles a vivir lo que les explicaron.
Por desgracia, en algunos lugares no se ofrece una buena enseñanza del catecismo a los niños. En otros, incluso, se les enseña ideas equivocadas. Toca a los padres velar para que la doctrina recibida por los hijos corresponda a lo que nos enseña la Iglesia y está contenido en el Catecismo. Si hace falta, pueden avisar al párroco de los errores que reciben sus hijos, o incluso al obispo, para que no se ofrezcan, bajo la apariencia de una “catequesis”, ideas confusas o contenidos claramente ajenos a nuestra fe católica.
Hemos mencionado la importancia de conocer a fondo la Biblia y el Catecismo. El estudio de la propia fe se enriquece a través de buenos libros, adaptados a cada edad. Unos serán cuentos navideños o novelas misioneras. Otros ofrecerán consejos para los adolescentes. Otros irán más a fondo sobre temas de fe, de ciencia, de moral.
Hacer un elenco de esos libros no resulta fácil. En catholic net hay un valioso arsenal de libros “on-line” (cf. http://es.catholic.net/biblioteca/). Podemos, además, recordar libros como los siguientes:
* P. Jorge Loring, “Para salvarte” (es posible encontrarlo en internet, o comprarlo como volumen).
* Mons. Tihámer Toth, “El joven de carácter” (también presente en internet).
Dos particulares ámbitos formativos se encuentran en los modernos medios de comunicación. Tenemos, en primer lugar, a los medios “clásicos” de noticias (televisión, radio, prensa). La familia no puede olvidar que en los mismos se ofrecen valoraciones sobre los hechos religiosos llenas de distorsiones o, incluso, de mentiras solapadas. Otras veces se escogen unos temas y se ocultan otros que tienen gran importancia para la vida de la Iglesia. Los padres deben conocer estos peligros y hacerlos presentes a sus hijos.
En segundo lugar, tenemos el mundo informático, especialmente internet (aunque no sólo). También aquí reina un enorme caos, y los temas religiosos son tratados en algunas páginas con mucha superficialidad, si es que no se cae en manipulaciones grotescas.
Los padres están llamados a educar a los hijos para tener un sano espíritu crítico. No se trata de aislarlos (hay temas que, a base de presión informativa, se convierten casi en “obligados”), pero sí de guiarlos para saber que no todo lo que se dice por ahí es verdad, y para comprender que los medios de comunicación no permiten alcanzar una imagen exacta de la Iglesia y de la vida ejemplar de miles y miles de buenos católicos.
Ayudará, en ese sentido, un doble esfuerzo. Por un lado, filtrar cualquier tipo de programas o de textos (escritos en papel o en la computadora) que presenten el mal como bien, que calumnien a personas o instituciones de la Iglesia, que promuevan incluso actitudes claramente antievangélicas (desenfreno, hedonismo, consumismo, odio racial o clasista, etc.).
Por otro, hay que saber individuar tantas (y son muchas, gracias a Dios) fuentes informativas sanamente católicas, que ofrecen la doctrina correcta (según el Catecismo) y que ayudan a conocer la actualidad del mundo y de la Iglesia en una perspectiva justa.
En ese sentido, es.catholic.net es una página que merece la pena ser conocida en sus distintas partes, así como otras páginas (la enumeración podría ser larga) donde la familia puede encontrar excelentes herramientas para la propia formación, incluso grabaciones de radio o pequeñas conferencias filmadas sobre la Iglesia, su historia, su doctrina, su vida actual.
En cuanto a la información católica, contamos con la que se ofrece con bastante puntualidad en www.vatican.va (la página del Vaticano), y con los servicios informativos de agencias como www.zenit.com.
Una presentación más amplia sobre este tema se encuentra en el estudio de Jorge Enrique Mújica, El rostro católico de internet en español (en http://es.catholic.net/jorgemujica/articulo.php?tem=1430&id=34119).
3. Vivir el Evangelio en familia
Una fe sin obras, nos recuerda la Carta de Santiago, es estéril (cf. Sant 2,20). No entra en el Reino de los cielos el que dice “Señor, Señor”, sino el que cumple la Voluntad del Padre (cf. Mt 7,21).
La familia que reza, la familia que estudia su fe, también sabe vivir aquello que ha llevado a la oración, busca aplicar lo que ha conocido gracias a la bondad del Padre que nos ha hablado en su Hijo.
La mejor escuela para vivir como cristianos es la familia. Las indicaciones que podrían ofrecerse son muchísimas, como son muchas las enseñanzas morales que encontramos en la Biblia (los diez Mandamientos, el Sermón de la montaña, etc.) y que la Iglesia nos explica en la Tercera Parte del Catecismo. Como un resumen, el Catecismo enumera las 14 “obras de misericordia” (7 corporales y 7 espirituales) que ilustran ampliamente cuál es el modo de vivir según el Evangelio.
Para concretar un poco más cómo vivir evangélicamente, enumeremos algunos ámbitos en los que la familia se hace educadora en el arte de actuar como cristianos auténticos.
El primer ámbito, desde luego, es el de la propia familia. Vivir el Evangelio implica crear un clima en el hogar en el que se lleva a la práctica el principal mandamiento: la caridad. El amor debe ser el criterio para todo y para todos.
Ese amor se aprende, se hace vida, cuando los hijos ven cómo se tratan sus padres. Si los padres se aman profundamente, si saben darse el uno al otro como Cristo se dio por la Iglesia (cf. Ef 5,21-33), si saben perdonar hasta 70 veces 7 (cf. Mt 18,22), si confían en la Providencia más que en las cuentas del banco (cf. Mt 6,24-34), si ayudan al peregrino, al hambriento, al sediento, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25,33-40)... los hijos habrán encontrado en la familia un auténtico “Evangelio vivo”.
Aprenderán entonces a dar gracias, a ayudar al necesitado, a compartir sus objetos personales, a escuchar a quien desea hablar, a dar un consejo a quien tenga dudas (de matemáticas o de fe...).
La caridad debe ser el criterio para lo que uno hace y para lo que uno deja de hacer. Por ello, la misma caridad lleva al católico a mortificar los apetitos de la carne, a controlar las propias pasiones, a huir de aquellos estilos de vida que nos atan al mundo, que nos llevan al egoísmo y a alejarnos de Dios y del prójimo.
No hay verdadera vida cristiana allí donde no hay abnegación. Hay vida cristiana allí donde cada uno renuncia al propio “yo”, cuando aprende a desapegarse de lo material para abrirse confiadamente a la providencia del Padre de los cielos (cf. el texto que ya citamos de Mt 6,24-34).
Aprender lo anterior resulta clave para lograr una familia auténticamente cristiana. ¿De qué manera puede conocer un hijo cómo se vive el Evangelio si ve en sus padres rencillas, malas palabras, afición por el dinero, críticas continuas a otros familiares o conocidos? Al revés, el hogar en el que Cristo ha entrado realmente en los corazones se convierte en un continuo testimonio de aquella caridad que nos plasmó el Espíritu Santo en 1Cor 13.
Un “capítulo” que resulta no fácil se refiere a modos de comportarse y de vestir, a diversiones, a objetos de uso. La sociedad crea necesidades y los hijos sienten una presión enorme que les hace desear lo que tienen otros y hacer lo que “todos hacen”. Los padres de familia sabrán discernir entre cosas sanas (como deportes no peligrosos y capaces de promover un buen espíritu de equipo) y “necesidades” que son falsas y que pueden llevar a los hijos a la ruina personal, incluso a la triste desgracia del pecado. Luchar contra corriente puede parecer duro, pero vale la pena si tenemos ante los ojos el premio que nos espera: la amistad con Cristo.
El segundo ámbito para vivir evangélicamente surge cuando la familia se abre a los demás. Tratamos con personas muy distintas en las mil encrucijadas de la vida. El corazón que aprende a vivir como cristiano descubre en cada uno la presencia del Amor del Padre, el deseo de Cristo de acogerlo en el número de los amigos, la acción del Espíritu Santo que susurra en los corazones y que los guía hacia la Verdad completa.
Un cristiano necesita ver a todos “con los ojos de Cristo” (cf. Benedicto XVI, encíclica “Deus caritas est” n. 18). Porque lo que se hace al hermano más pequeño es hecho al mismo Cristo (cf. Mt 25,40). Porque todos estamos invitados a ofrecer y a recibir cariño. Porque no hay amor más grande que el de dar la vida los unos por los otros (cf. 1Jn 3,16).
Esta actitud se plasma en actos concretos, que van desde el “enseñar al que no sabe” (las obras de misericordia espirituales) hasta el “visitar y cuidar a los enfermos” (las obras de misericordia corporales).
Es importante lo que uno hace por el necesitado, y es importante la actitud con la que se hace. Sirve de muy poco una limosna hecha con un rostro apático. En cambio, muchas veces llega más al corazón necesitado una mirada llena de afecto que la medicina regalada (desde luego, hay que velar también para que el enfermo tenga sus medicinas...). Los hijos que ven en sus padres actitudes profundas y gestos sinceros de amor al prójimo aprenden, más allá de las palabras, lo que significa ver a Cristo en los hermanos.
Vivir el Evangelio llega hasta el heroísmo de amar al propio enemigo (cf. Mt 5,43-48). Hay hogares en los que nunca se escucha una palabra de odio o de amargura hacia quienes ofendieron en el pasado (quizá un pasado muy reciente) a alguno de los miembros de la familia. Incluso hay hogares en los que los hijos admiran a sus padres cuando saben acoger, con los brazos abiertos, a alguien que les hizo daño, mucho daño...
La actitud profunda de amor a los otros lleva al apostolado, al compromiso continuo por conseguir que muchos hombres y mujeres lleguen a conocer a Cristo.
Es muy hermoso, en ese sentido, descubrir a familias que se convierten en “misioneras”. Saben comunicar, con su testimonio y con palabras oportunas, que Dios ama a todos, que Cristo ofrece la Salvación, que la Iglesia es la barca regalada por Dios para acometer la travesía que nos lleva a la Patria eterna.
4. A modo de conclusión
En el V Encuentro Mundial de las Familias que tuvo lugar en Valencia (España), el Papa Benedicto XVI recordaba que “transmitir la fe a los hijos, con la ayuda de otras personas e instituciones como la parroquia, la escuela o las asociaciones católicas, es una responsabilidad que los padres no pueden olvidar, descuidar o delegar totalmente” (Benedicto XVI, 8 de julio de 2006).
El Papa añadía, de un modo muy hermoso y comprometedor, que “la criatura concebida ha de ser educada en la fe, amada y protegida. Los hijos, con el fundamental derecho a nacer y ser educados en la fe, tienen derecho a un hogar que tenga como modelo el de Nazaret y sean preservados de toda clase de insidias y amenazas”.
Cuando un hijo pequeño empieza a preguntar a sus padres cómo es Dios, surge en algunos hogares una cierta inquietud: ¿estaremos preparados para introducir al hijo en el mundo del Evangelio? ¿Seremos capaces de ofrecer a los hijos un hogar semejante al de Nazaret?
Las preguntas inocentes del niño pueden convertirse en una ayuda providencial por la que Dios se vale para mover a los padres a elevar una oración confiada, para abrirse a la ayuda divina a la hora de afrontar con mayor entusiasmo sus compromisos como esposos llamados a la tarea de educar a los hijos en la fe.
“Padre Santo, los hijos que han nacido de nuestro amor existen porque Tú los amas desde toda la eternidad. Enséñanos a cuidarlos siempre con cariño exigente y con exigencia cariñosa. Danos luz y consejo para que podamos transmitirles las palabras de tu Hijo. Ayúdales a vivir según tu Amor. Protégelos de los peligros del mundo. Sobre todo, permítenos ser, como esposos y como padres, ejemplos limpios y alegres de tu bondad y de tu misericordia. Para que así, algún día, podamos cantar tu gloria, todos juntos, como familia, en el lugar que Cristo nos ha preparado en el cielo. Amén”.
Para vivir el amor hace falta fundarlo todo en la experiencia de Cristo, en la vida de la Iglesia, en la fe y la esperanza que nos sostienen como católicos.
En estas líneas queremos reflexionar especialmente sobre la responsabilidad que tienen los padres en el cultivo de la fe en la propia familia. No sólo respecto de los hijos, sino como pareja, pueden ayudarse cada día a conocer, vivir y transmitir la fe que madura en el amor y lleva a la esperanza.
Los hijos también, conforme crecen, se convierten en protagonistas: pueden ayudar y motivar a los padres y a los hermanos para ser cada día más fieles a sus compromisos bautismales.
Entre los muchos caminos que existen para cultivar la fe en familia, nos fijamos ahora en tres: la oración en familia, el estudio de la doctrina católica, y la vida según las enseñanzas de Cristo.
Muchas de las ideas que siguen son simplemente sugerencias o pistas de trabajo. La actitud de fondo que debe acompañarlas, el amor verdaderamente cristiano, da el sentido adecuado a cada una de las acciones que se lleven a la práctica. Un gesto realizado sin profundidad puede secar el alma, puede perder su eficacia. Es posible, sin embargo, iniciar algunos actos sin comprenderlos del todo, pero con el deseo de que nos conduzcan a una actitud profundamente evangélica, a un modo de pensar y de vivir que corresponda plenamente con lo propio de nuestra vocación cristiana.
1. La oración en familia
La oración es para cualquier bautizado lo que es el aire para los seres humanos: algo imprescindible.
Aprender a rezar toca a todos: a los padres, en las distintas etapas de su maduración interior; a los hijos, desde pequeños y cuando poco a poco entran en el mundo de los adultos.
La oración en la vida familiar tiene diversas formas. El día inicia con breves oraciones por la mañana. Por ejemplo, los padres pueden levantar a sus hijos con una pequeña jaculatoria; o, después de asearse o antes del desayuno, todos rezan juntos una pequeña oración (el Padrenuestro, el Ave María, parte de un Salmo o del Magnificat, etc.).
Otras plegarias surgen de modo espontáneo, según las necesidades de cada día. La familia reza por el examen de selectividad, por la situación de la fábrica donde trabaja papá o mamá, por las lluvias, por el eterno descanso del abuelo...
Son muy hermosas aquellas oraciones que recogen la gratitud de todos y de cada uno. Esas oraciones pueden fijarse en los hechos más sencillos: ya funciona el frigorífero, tenemos pasteles para la merienda, se acercan las vacaciones. O pueden dar gracias por hechos más importantes: el amor entre papá y mamá ha sido bendecido con un nuevo embarazo, acaba de nacer un nuevo sobrino, el abuelo ha superado la pulmonía, un amigo ha ido a encontrarse con Dios...
El clima de oración se prolonga a lo largo del día. Para ello, ayuda mucho crear un hábito de “jaculatorias”, pequeñas oraciones espontáneas que dan un toque religioso a la jornada. “Señor, confío en Ti”. “Creo, Señor, ayúdame a creer”. “Te alabamos, Señor, porque eres bueno”. “Gracias, Señor, por esto y por esto”. “Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo”...
La hora de comer permite un momento de gratitud y de unión en la familia. ¡Qué hermoso es ver que todos, junto a la mesa, rezan! Algunos hogares recitan el Padrenuestro; en otros, los padres y los hijos se turnan para dirigir una oración espontánea antes de tomar los alimentos.
Otro momento de oración consiste en el rezo del Ángelus (se puede rezar hasta tres veces en la jornada, o si se prefiere al menos a medio día) y del Rosario.
Para los niños (y para algunos adultos también), a veces el Rosario resulta un poco aburrido. Los padres pueden ayudar a los hijos a descubrir la belleza de esta sencilla oración, quizá enseñándoles a rezar primero un solo misterio, luego dos, etc., y explicando el sentido de esta hermosa plegaria dirigida a la Madre de Dios y Madre de la Iglesia.
Cuando llega la noche, la familia busca un momento para dar gracias por el día transcurrido, para pedir perdón por las posibles faltas, para suplicar la ayuda que necesitan los de casa y los de fuera, los cercanos y los lejanos. Es muy hermoso, en ese sentido, aprender a rezar por las víctimas de las guerras, por las personas que pasan hambre, por los que viven sin esperanza y sin Dios.
La oración constante ha permitido a la familia, chicos y grandes, descubrir que la jornada, desde que amanece hasta la hora de dormir, tiene sentido desde Dios y hacia Dios. Todo ello prepara a vivir a fondo los momentos más importantes para todo católico: los Sacramentos.
Si el Sacramento de la Eucaristía es el centro de la vida cristiana, también debe serlo en el hogar. La familia necesita descubrir la belleza del domingo, la maravilla de la Misa, la importancia de la escucha de la Palabra, la participación consciente y activa en los ritos.
Participar juntos, como familia, en la misa del domingo es una tradición que vale la pena conservar. También cuando los hijos son pequeños. Los padres pueden enseñarles, poco a poco, el sentido de cada rito, las posturas que hay que adoptar, el respeto que merece la Casa de Dios. Son cosas que luego quedan grabadas en los corazones para toda la vida.
La semana se vive de un modo distinto si arranca del domingo y desemboca en el domingo. Durante la semana, la familia busca vivir aquello que ha escuchado, que ha vivido en la celebración eucarística dominical. A la vez, se prepara con el pasar de los días para el encuentro íntimo y personal con Cristo que tendrá lugar, Dios mediante, el domingo siguiente.
Ayuda mucho, en este sentido, hacer “visitas” a Cristo eucaristía durante la semana, de forma personal o en pequeños grupos (el padre o la madre con algunos hijos, varios hermanos juntos, etc.). También es muy provechoso, entre semana, recordar en casa cuál fue el evangelio del domingo anterior, o dar pistas para abrirse a los textos sagrados que serán leídos el domingo siguiente.
Además de buscar maneras para vivir mejor la Eucaristía, también es hermoso recordar el aniversario del bautismo de cada miembro de la familia. Si celebramos el nacimiento, ¿por qué no celebrar también el día en que empezamos a ser hijos de Dios y miembros de la Iglesia? Algo parecido podría hacerse con la confirmación, un sacramento que debemos valorar en toda su riqueza y que debemos tener muy presente en un mundo hostil al Evangelio.
En cuanto al matrimonio, el aniversario de bodas suele ser recordado por muchas familias católicas, incluso con la ayuda de algún día de retiro espiritual. En ese día, los esposos pueden renovar sus promesas matrimoniales, o hacer un momento de oración familiar con los hijos, quizá con la lectura en común de algún texto bíblico (por ejemplo, Tb 8,5-10, o Ef 5,21-33).
Un sacramento que merece ser vivido por todos los miembros de la familia es el de la Reconciliación (la confesión). Los niños quedan muy impresionados cuando ven a sus padres pedir perdón, de rodillas, en un confesionario. No es correcto, desde luego, recurrir a presiones para que se confiesen. Pero sí es hermoso enseñarles lo que es el pecado, lo grande que es la misericordia divina, y cómo la Iglesia pide que nos confesemos con frecuencia.
Un ámbito de la oración familiar se construye con la ayuda de imágenes de devoción. No basta con colocar aquí o allá un crucifijo, una imagen de la Virgen o el dibujo de algún santo. La imagen tiene sentido sólo si evoca y eleva los corazones a la oración y a la confianza en un Dios que está muy presente en la historia humana.
En algunos hogares existe un cuartito en el que se encuentra una especie de “altar de la familia”, donde todos se reúnen algún momento del día para rezar juntos, o donde cada uno puede dedicar un rato durante el día para meditar el Evangelio y dialogar de modo personal con Cristo. La tradición es hermosa, pues así es posible tener un lugar concreto donde todo ayuda a pensar en el Dios que tanto nos ama.
Existen otros modos para fomentar la oración en familia que se refieren a los tiempos litúrgicos. Por ejemplo, preparar un Belén en casa y tener ante el mismo momentos de oración y de cantos; ayudarse de la “Corona de Adviento” o de otras iniciativas parecidas para prepararse a la Navidad; dar un especial relieve a la Cuaresma como tiempo de oración, limosna y sacrificio; participar intensamente en la Semana Santa, de forma que permita a todos unirse íntimamente a Cristo; descubrir en familia el sentido gozoso de la Pascua y de Pentecostés, que ayude a participar del triunfo de Cristo y a descubrir la presencia del Espíritu Santo en lo más íntimo del corazón cristiano...
2. Aprender la fe en familia
Vivir en un clima continuo de oración abre los corazones al mundo divino. Esa apertura necesita ir acompañada por el estudio de todos, tanto de los padres como de los hijos, para conocer a fondo el gran regalo de la fe católica.
Los modos para lograrlo son muchos. La lectura y el estudio de la Biblia, especialmente de los Evangelios, resultan un momento esencial para conocer la propia fe. Para ello, hace falta recibir una buena introducción, sea a través de cursos en la parroquia, sea a través de la lectura de libros de autores católicos fieles al Papa y a los obispos.
Existe, por ejemplo, un curso de Biblia “on-line” del P. Antonio Rivero, que ofrece una buena ayuda para comprender mejor los libros sagrados. Se encuentra en http://es.catholic.net/conocetufe/804/2778/
De un modo más concreto, la familia en su conjunto o cada uno (según la propia edad) puede encontrar un momento al día para leer una parte del Evangelio. No se trata de una lectura simplemente informativa. Se trata de preguntarse, sencillamente, en un clima de oración: ¿qué quiere decirme Cristo con este texto? ¿Cómo ilumina mi vida?
Junto a la lectura de la Biblia, es necesario estudiar y conocer el “Compendio del Catecismo de la Iglesia católica” y, si fuera posible, también el mismo “Catecismo de la Iglesia católica”. El primero debería ser leído por los padres y, en la medida en que van creciendo, por los hijos. El segundo puede servir para ir más a fondo sobre temas importantes o ante dudas que puedan surgir. Los dos textos son ofrecidos en internet en la página del Vaticano, www.vatican.va.
La lectura del Catecismo permite conocer la fe católica en sus aspectos más importantes. Además, une a la familia con toda la Iglesia, al acercarse todos y cada uno a aquellas enseñanzas que nos permiten tener vivos y actualizados contenidos que no son simple “doctrina”, sino que nos ponen en contacto con Cristo y con su Cuerpo Místico: con el Papa, los obispos, los sacerdotes, los demás creyentes; con la Iglesia purgante (la que espera en el purgatorio) y con la Iglesia triunfante (que ya participa en el Banquete de Bodas del Cordero).
A través de estas lecturas, los padres estarán preparados para enseñar la doctrina católica en casa, si esto fuera posible. Si los hijos van a clases de catecismo en la parroquia o reciben clases de religión en la escuela, los padres ayudarán mucho a sus hijos para ver si han entendido bien, si tienen dudas. Les preguntarán los temas que están aprendiendo, no para “controlar”, sino para saber por dónde van en la catequesis y así ayudarles a vivir lo que les explicaron.
Por desgracia, en algunos lugares no se ofrece una buena enseñanza del catecismo a los niños. En otros, incluso, se les enseña ideas equivocadas. Toca a los padres velar para que la doctrina recibida por los hijos corresponda a lo que nos enseña la Iglesia y está contenido en el Catecismo. Si hace falta, pueden avisar al párroco de los errores que reciben sus hijos, o incluso al obispo, para que no se ofrezcan, bajo la apariencia de una “catequesis”, ideas confusas o contenidos claramente ajenos a nuestra fe católica.
Hemos mencionado la importancia de conocer a fondo la Biblia y el Catecismo. El estudio de la propia fe se enriquece a través de buenos libros, adaptados a cada edad. Unos serán cuentos navideños o novelas misioneras. Otros ofrecerán consejos para los adolescentes. Otros irán más a fondo sobre temas de fe, de ciencia, de moral.
Hacer un elenco de esos libros no resulta fácil. En catholic net hay un valioso arsenal de libros “on-line” (cf. http://es.catholic.net/biblioteca/). Podemos, además, recordar libros como los siguientes:
* P. Jorge Loring, “Para salvarte” (es posible encontrarlo en internet, o comprarlo como volumen).
* Mons. Tihámer Toth, “El joven de carácter” (también presente en internet).
Dos particulares ámbitos formativos se encuentran en los modernos medios de comunicación. Tenemos, en primer lugar, a los medios “clásicos” de noticias (televisión, radio, prensa). La familia no puede olvidar que en los mismos se ofrecen valoraciones sobre los hechos religiosos llenas de distorsiones o, incluso, de mentiras solapadas. Otras veces se escogen unos temas y se ocultan otros que tienen gran importancia para la vida de la Iglesia. Los padres deben conocer estos peligros y hacerlos presentes a sus hijos.
En segundo lugar, tenemos el mundo informático, especialmente internet (aunque no sólo). También aquí reina un enorme caos, y los temas religiosos son tratados en algunas páginas con mucha superficialidad, si es que no se cae en manipulaciones grotescas.
Los padres están llamados a educar a los hijos para tener un sano espíritu crítico. No se trata de aislarlos (hay temas que, a base de presión informativa, se convierten casi en “obligados”), pero sí de guiarlos para saber que no todo lo que se dice por ahí es verdad, y para comprender que los medios de comunicación no permiten alcanzar una imagen exacta de la Iglesia y de la vida ejemplar de miles y miles de buenos católicos.
Ayudará, en ese sentido, un doble esfuerzo. Por un lado, filtrar cualquier tipo de programas o de textos (escritos en papel o en la computadora) que presenten el mal como bien, que calumnien a personas o instituciones de la Iglesia, que promuevan incluso actitudes claramente antievangélicas (desenfreno, hedonismo, consumismo, odio racial o clasista, etc.).
Por otro, hay que saber individuar tantas (y son muchas, gracias a Dios) fuentes informativas sanamente católicas, que ofrecen la doctrina correcta (según el Catecismo) y que ayudan a conocer la actualidad del mundo y de la Iglesia en una perspectiva justa.
En ese sentido, es.catholic.net es una página que merece la pena ser conocida en sus distintas partes, así como otras páginas (la enumeración podría ser larga) donde la familia puede encontrar excelentes herramientas para la propia formación, incluso grabaciones de radio o pequeñas conferencias filmadas sobre la Iglesia, su historia, su doctrina, su vida actual.
En cuanto a la información católica, contamos con la que se ofrece con bastante puntualidad en www.vatican.va (la página del Vaticano), y con los servicios informativos de agencias como www.zenit.com.
Una presentación más amplia sobre este tema se encuentra en el estudio de Jorge Enrique Mújica, El rostro católico de internet en español (en http://es.catholic.net/jorgemujica/articulo.php?tem=1430&id=34119).
3. Vivir el Evangelio en familia
Una fe sin obras, nos recuerda la Carta de Santiago, es estéril (cf. Sant 2,20). No entra en el Reino de los cielos el que dice “Señor, Señor”, sino el que cumple la Voluntad del Padre (cf. Mt 7,21).
La familia que reza, la familia que estudia su fe, también sabe vivir aquello que ha llevado a la oración, busca aplicar lo que ha conocido gracias a la bondad del Padre que nos ha hablado en su Hijo.
La mejor escuela para vivir como cristianos es la familia. Las indicaciones que podrían ofrecerse son muchísimas, como son muchas las enseñanzas morales que encontramos en la Biblia (los diez Mandamientos, el Sermón de la montaña, etc.) y que la Iglesia nos explica en la Tercera Parte del Catecismo. Como un resumen, el Catecismo enumera las 14 “obras de misericordia” (7 corporales y 7 espirituales) que ilustran ampliamente cuál es el modo de vivir según el Evangelio.
Para concretar un poco más cómo vivir evangélicamente, enumeremos algunos ámbitos en los que la familia se hace educadora en el arte de actuar como cristianos auténticos.
El primer ámbito, desde luego, es el de la propia familia. Vivir el Evangelio implica crear un clima en el hogar en el que se lleva a la práctica el principal mandamiento: la caridad. El amor debe ser el criterio para todo y para todos.
Ese amor se aprende, se hace vida, cuando los hijos ven cómo se tratan sus padres. Si los padres se aman profundamente, si saben darse el uno al otro como Cristo se dio por la Iglesia (cf. Ef 5,21-33), si saben perdonar hasta 70 veces 7 (cf. Mt 18,22), si confían en la Providencia más que en las cuentas del banco (cf. Mt 6,24-34), si ayudan al peregrino, al hambriento, al sediento, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25,33-40)... los hijos habrán encontrado en la familia un auténtico “Evangelio vivo”.
Aprenderán entonces a dar gracias, a ayudar al necesitado, a compartir sus objetos personales, a escuchar a quien desea hablar, a dar un consejo a quien tenga dudas (de matemáticas o de fe...).
La caridad debe ser el criterio para lo que uno hace y para lo que uno deja de hacer. Por ello, la misma caridad lleva al católico a mortificar los apetitos de la carne, a controlar las propias pasiones, a huir de aquellos estilos de vida que nos atan al mundo, que nos llevan al egoísmo y a alejarnos de Dios y del prójimo.
No hay verdadera vida cristiana allí donde no hay abnegación. Hay vida cristiana allí donde cada uno renuncia al propio “yo”, cuando aprende a desapegarse de lo material para abrirse confiadamente a la providencia del Padre de los cielos (cf. el texto que ya citamos de Mt 6,24-34).
Aprender lo anterior resulta clave para lograr una familia auténticamente cristiana. ¿De qué manera puede conocer un hijo cómo se vive el Evangelio si ve en sus padres rencillas, malas palabras, afición por el dinero, críticas continuas a otros familiares o conocidos? Al revés, el hogar en el que Cristo ha entrado realmente en los corazones se convierte en un continuo testimonio de aquella caridad que nos plasmó el Espíritu Santo en 1Cor 13.
Un “capítulo” que resulta no fácil se refiere a modos de comportarse y de vestir, a diversiones, a objetos de uso. La sociedad crea necesidades y los hijos sienten una presión enorme que les hace desear lo que tienen otros y hacer lo que “todos hacen”. Los padres de familia sabrán discernir entre cosas sanas (como deportes no peligrosos y capaces de promover un buen espíritu de equipo) y “necesidades” que son falsas y que pueden llevar a los hijos a la ruina personal, incluso a la triste desgracia del pecado. Luchar contra corriente puede parecer duro, pero vale la pena si tenemos ante los ojos el premio que nos espera: la amistad con Cristo.
El segundo ámbito para vivir evangélicamente surge cuando la familia se abre a los demás. Tratamos con personas muy distintas en las mil encrucijadas de la vida. El corazón que aprende a vivir como cristiano descubre en cada uno la presencia del Amor del Padre, el deseo de Cristo de acogerlo en el número de los amigos, la acción del Espíritu Santo que susurra en los corazones y que los guía hacia la Verdad completa.
Un cristiano necesita ver a todos “con los ojos de Cristo” (cf. Benedicto XVI, encíclica “Deus caritas est” n. 18). Porque lo que se hace al hermano más pequeño es hecho al mismo Cristo (cf. Mt 25,40). Porque todos estamos invitados a ofrecer y a recibir cariño. Porque no hay amor más grande que el de dar la vida los unos por los otros (cf. 1Jn 3,16).
Esta actitud se plasma en actos concretos, que van desde el “enseñar al que no sabe” (las obras de misericordia espirituales) hasta el “visitar y cuidar a los enfermos” (las obras de misericordia corporales).
Es importante lo que uno hace por el necesitado, y es importante la actitud con la que se hace. Sirve de muy poco una limosna hecha con un rostro apático. En cambio, muchas veces llega más al corazón necesitado una mirada llena de afecto que la medicina regalada (desde luego, hay que velar también para que el enfermo tenga sus medicinas...). Los hijos que ven en sus padres actitudes profundas y gestos sinceros de amor al prójimo aprenden, más allá de las palabras, lo que significa ver a Cristo en los hermanos.
Vivir el Evangelio llega hasta el heroísmo de amar al propio enemigo (cf. Mt 5,43-48). Hay hogares en los que nunca se escucha una palabra de odio o de amargura hacia quienes ofendieron en el pasado (quizá un pasado muy reciente) a alguno de los miembros de la familia. Incluso hay hogares en los que los hijos admiran a sus padres cuando saben acoger, con los brazos abiertos, a alguien que les hizo daño, mucho daño...
La actitud profunda de amor a los otros lleva al apostolado, al compromiso continuo por conseguir que muchos hombres y mujeres lleguen a conocer a Cristo.
Es muy hermoso, en ese sentido, descubrir a familias que se convierten en “misioneras”. Saben comunicar, con su testimonio y con palabras oportunas, que Dios ama a todos, que Cristo ofrece la Salvación, que la Iglesia es la barca regalada por Dios para acometer la travesía que nos lleva a la Patria eterna.
4. A modo de conclusión
En el V Encuentro Mundial de las Familias que tuvo lugar en Valencia (España), el Papa Benedicto XVI recordaba que “transmitir la fe a los hijos, con la ayuda de otras personas e instituciones como la parroquia, la escuela o las asociaciones católicas, es una responsabilidad que los padres no pueden olvidar, descuidar o delegar totalmente” (Benedicto XVI, 8 de julio de 2006).
El Papa añadía, de un modo muy hermoso y comprometedor, que “la criatura concebida ha de ser educada en la fe, amada y protegida. Los hijos, con el fundamental derecho a nacer y ser educados en la fe, tienen derecho a un hogar que tenga como modelo el de Nazaret y sean preservados de toda clase de insidias y amenazas”.
Cuando un hijo pequeño empieza a preguntar a sus padres cómo es Dios, surge en algunos hogares una cierta inquietud: ¿estaremos preparados para introducir al hijo en el mundo del Evangelio? ¿Seremos capaces de ofrecer a los hijos un hogar semejante al de Nazaret?
Las preguntas inocentes del niño pueden convertirse en una ayuda providencial por la que Dios se vale para mover a los padres a elevar una oración confiada, para abrirse a la ayuda divina a la hora de afrontar con mayor entusiasmo sus compromisos como esposos llamados a la tarea de educar a los hijos en la fe.
“Padre Santo, los hijos que han nacido de nuestro amor existen porque Tú los amas desde toda la eternidad. Enséñanos a cuidarlos siempre con cariño exigente y con exigencia cariñosa. Danos luz y consejo para que podamos transmitirles las palabras de tu Hijo. Ayúdales a vivir según tu Amor. Protégelos de los peligros del mundo. Sobre todo, permítenos ser, como esposos y como padres, ejemplos limpios y alegres de tu bondad y de tu misericordia. Para que así, algún día, podamos cantar tu gloria, todos juntos, como familia, en el lugar que Cristo nos ha preparado en el cielo. Amén”.
Fernando Pascual,
L.C.
AutoresCatolicos.org
lunes, 15 de octubre de 2012
Porta Fidei
El Papa inaugura el Año de la Fe
"Hoy, con gran alegría, a los 50 años de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II, damos inicio al Año de la fe", con estas palabras el Papa inauguró esta mañana el Año de la Fe. En la homilía de la Misa que presidió en la Plaza de San Pedro señaló que este tiempo puede considerarse una peregrinación en los desiertos del mundo llevando sólo lo esencial: el Evangelio y la Fe de la Iglesia.
domingo, 9 de septiembre de 2012
sábado, 1 de septiembre de 2012
El demonio de la acedia (7 / 13)
La Acedia es una tristeza por el bien, por los bienes
últimos, es tristeza por el bien de Dios. Es una incapacidad de alegrarse con
Dios y en Dios. Nuestra cultura está impregnada de Acedia.
Autor: P. Horacio Bojorge | Fuente: EWTN
Este capítulo quiero dedicarlo a esta acedia demoniaca, ya no respecto de Dios mismo -a quien considera malo este demonio, este ángel caído-, ni a sus obras de revelación y de amor, sino a sus obras de creación.
La acedia del demonio no solamente lo pone como un antagonista de Dios, sino que ese antagonismo del demonio -de Satanás- contra Dios se desboca -puesto que no puede desbocarse con el creador ni tocarlo- en las obras del creador, en la naturaleza, en las cosas, pero particularmente en aquellas que son imagen y semejanza creada de Dios, es decir en el ser humano. Por eso la acedia demoníaca se ceba en las criaturas humanas.
No existe una criatura mejor para que se desboque contra ella el odio demoníaco como esta criatura que es imagen y semejanza de Dios, que ha sido creada para conocer y para amar a Dios, y para conocerse y amarse entre ellas.
La acedia demoníaca se ceba contra el matrimonio, contra el varón, contra la mujer, contra la diferencia entre ambos que pertenece al designio divino porque los creó macho y hembra -varón y mujer- y contra la institución familiar, porque ella estaba destinada a llenar la Tierra y someterla, la acedia demoníaca se va a desfogar -principalmente- contra la institución familiar.
En este tiempo que estamos viviendo asistimos a una embestida contra la familia, ya desde hace muchos años Chesterton (aquel famoso autor católico inglés) decía que el divorcio apuntaba a la destrucción de la familia porque el Estado -de aquellos tiempos- deseaba tener delante de sí individuos solos, sin una ayuda familiar, y que la familia era una institución que protegía a los individuos, que destruyendo a la familia los individuos quedarían solos ante el Estado y que así este podría disponer de ellos sin cortapisas, sin ningún límite. Esta intuición de Chesterton se ha ido confirmando a lo largo del tiempo que ha pasado.
Poco antes de finalizar el segundo milenio cristiano, en la década del 90, Juan Pablo II -volviendo de una clínica- decía que volvía al Vaticano para oponerse con toda sus fuerzas a un plan que estaba en curso para destruir a la familia, se refería a la conferencia de El Cairo y a la conferencia de Pekín, donde se gestaron los planes que actualmente se están ejecutando -a través de los gobiernos del mundo- y que hieren las bases y las raíces de la familia.
El Papa previó, como tantos otros católicos profetas en este asunto -como Chesterton, C. S. Lewis y Juan Pablo II- vieron venir esta embestida (contra la familia) de los poderes de este mundo, del príncipe de este mundo, que son fruto de la acedia del demonio que se desboca contra la obra de Dios, ya que no puede tocarlo a Él mismo, toca su imagen y semejanza, al varón y la mujer, a su descendencia, a la humanidad.
Esta acedia contra la familia es una acedia contra el amor, porque la familia es el hogar del amor, es el hogar del amor de los esposos, es el hogar de los padres a los hijos, es el hogar de los hijos a sus padres y de toda esa rica red de relaciones familiares, de tíos, de cuñadas, de sobrinos, de abuelos, de generaciones hacia atrás y también de la esperanza hacia el futuro, de este amor a la vida que se debe dar. Y todo eso concebido religiosamente, como en la mayoría de las culturas del mundo que han tenido una consideración bastante religiosa de la familia, sobre toda en las culturas más primitivas, en muchas otras -en cambio- esa familia comenzó ya a destruirse por los pecados -que son consecuencia del pecado original-.
Dios emprendió la sanación de la familia en el Antiguo Testamento con la santificación de la familia, Dios en el Antiguo Testamento se hace miembro del pueblo elegido y bendice a los patriarcas con hijos y tierras para criarlos, es decir con la familia, santifica la familia, de este modo comienza la redención de la familia, que sin embargo aún sigue siendo atacada -por obra demoníaca- dentro del pueblo santo de Dios, de modo que esa familia se ve amenazada por muchos peligros, por los matrimonios mixtos que Moisés y los profetas tratan de limitar, del cual Sansón es un ejemplo muy claro, Sansón se casa con una mujer filistea, y esta mujer lleva a este juez del pueblo de Dios a la ruina, traicionándolo, esta es una historia bíblica que pone en guardia a los israelitas contra los matrimonios mixtos, que pueden hacer del varón -del pueblo elegido- víctima de una visión distinta de la vida, por eso los primeros patriarcas deseaban que sus hijos se casaran con mujeres del pueblo de Dios, de su tribu, del mismo clan o de otros clanes. Así por ejemplo en el libro de Tobías, Tobías -el hijo de Tobit- va a buscar mujer en la familia amplia de su pueblo y encuentra a Sara con la que se casa. Es la santidad de la familia.
El libro de Tobías es precisamente -dentro de la Sagrada Escritura- el libro que nos habla de la familia santa, de cómo debe ser santa la familia, de cómo el vínculo entre los esposos no debe estar sometido a la lujuria, Tobías y Sara antes de convivir, después de casados, pasan tres días en oración, y se unen no por lujuria ni por el apetito de la carne, sino por el amor a la descendencia, el amor a los hijos. Es un amor que gobierna el amor esponsal y que lo pone al servicio de un amor más grande, de la descendencia, de la multiplicación del pueblo de Dios sobre la Tierra, el matrimonio tiene entonces una misión santa en el pueblo de Dios, ha recibido una misión de santidad sobre la Tierra, de engendrar a los hijos de un pueblo, de un pueblo al que ha elegido Dios -los descendientes de Abrahán y Isaac, Jacob- para bendecir a todas las naciones, porque las naciones celebraban esta visión rebelada por Dios acerca de la familia, tenían atisbos de la sacralidad de la vida, que se expresaban de una u otra manera en las distintas culturas, pero no tenían el pleno conocimiento de la santidad.
Y esta santidad en el Antiguo Testamento se eleva por que Dios mismo se hace como pariente del clan, es -como dice la Sagrada Escritura- el pariente de Abrahán, el pariente de Isaac, el pariente de Jacob, es miembro del clan. Dios entra en la historia del pueblo de Israel como un miembro más en ese pueblo, y por eso recibe el título de Goel, Goel era el pariente piadoso que se encargaba de cuidar y vigilar a sus parientes, de vengar la sangre si alguno era asesinado -persiguiendo al asesino-, de liberar a los esclavos -si caía alguno en la esclavitud-, de asegurar la tierra para que no saliera de las manos de la familia, o si alguno moría sin descendencia de tomar a la viuda y engendrar aquella descendencia que llevaría el nombre del muerto.
El ejemplo típico de ese pariente piadoso es Booz, en el libro de Ruth, Booz que significa “en Él al poder”, él es poderoso -porque es un hombre pudiente- pero su poder se pone al servicio de la piedad familiar, de la religiosa piedad familiar, hay una visión religiosa de la familia. Y Booz, Ruth, Noemí -que tienen una vida dolorosa- son sin embargo los antepasados del Mesías, los antepasados de David y por lo tanto de Nuestro Señor Jesucristo, Dios bendice la piedad y el amor familiar porque están puestos al servicio de la transmisión de esta misión santificadora del pueblo y de la humanidad.
Por eso el Evangelio según San Mateo comienza con la genealogía, las distintas generaciones que van preparando el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, de la Virgen María y de San José el descendiente de David.
La santidad de la familia de Israel está al servicio de este plan de salvación de Dios en la humanidad, hay una visión histórica de la familia, la familia no es una cosa puramente natural que tiene una misión limitada a esta vida: me caso y tengo hijos para que me mantengan o no los tengo porque así tengo más comodidad, una visión puramente natural. No, esta familia es santa, hay una designio de Dios sobre la familia, y cuando esto no se ve hay una acedia que impide ver el bien, hay una ceguera para el bien.
Esa ceguera se encuentra, por ejemplo -como habíamos dicho-, nada menos que en un juez, en el juez Sansón que se casa con Dalila. Sansón quiere decir “pequeño sol” y Dalila es “la noche”, de modo que esa mujer eclipsa el poder iluminador del varón israelita, del varón que portador de esta misión divina sobre la Tierra y de su fuerza puesta al servicio de la victoria sobre los filisteos.
Dios es, por lo tanto, un miembro del clan en el Antiguo Testamento, y como miembro del clan, a imitación de Booz se ocupa de sus amigos, les asegura la descendencia, los salva de Egipto y de la esclavitud, lo saca de la esclavitud, y le asegura una tierra para alimentar a sus hijos, ¿por qué?, porque Él es el pariente de Abrahán, Isaac y Jacob y cuida de sus hijos y de su descendencia.
Por eso, dentro de este pueblo, se cultiva la memoria agradecida de todas las generaciones pasadas, se cultiva la genealogía.
Una de las consecuencias de la infiltración de la acedia del mundo pagano en nuestro pueblo cristiano, en el pueblo católico, ha sido la perdida progresiva de la memoria de los antepasados, hay falta de agradecimiento a los que fueron, y eso crece en la medida en que se debilita el catolicismo, la fe del pueblo católico, se debilita también el amor a los antepasados y también el amor a la descendencia porque se pierde el deseo de los hijos, ya no se piensa en los hijos sino desde un punto de vista puramente privatista, egoísta, personal, que no es el de Dios sino que es el de la acedia, es el de la ceguera para el bien a cuyo servicio está nuestra vida.
Nuestra vida no es algo que nuestra naturaleza a puesto en nuestras manos para que la usemos como nos parezca, o de pronto para que la desperdiciemos o la reventemos como un cohete, como una bengala, la quememos porque se nos antoja, cuantos se destruyen a si mismo con esta facilidad, como nuestros jóvenes destruyéndose en la droga, o en los vicios, o simplemente en una vida disipada y despreocupada precisamente porque les falta esta visión cristiana de la sacralidad de la vida de la que son portadores, de la sacralidad de la vida que el Señor tiene destinada para ellos, entonces pierden de vista (por acedia, por ceguera para el bien, incluso confundiendo a veces el bien con el mal y el mal con el bien, pensando que el matrimonio va a ser una carga en vez de ser precisamente el instrumento de una misión reveladora) la misión de amor para la que el Señor los ha creado.
Pero el Señor no se queda simplemente siendo un pariente del clan, un miembro de la familia que se preocupa que ese clan sea fecundo, que vaya de generación en generación santificando el mundo, santificando a los hombres y siendo causa de bendición para ellos, sino que cuando envía a Nuestro Señor Jesucristo, se da un paso más en la santificación de la familia, se crea el sacramento del matrimonio.
Pero en su providencia divina Dios no se contenga con ser un miembro más del clan y santificar de esta manera la familia israelita, sino que quiere algo más, quiere que ese matrimonio, que va a ser el matrimonio de los discípulos de Cristo sea un sacramento.
¿Qué quiere decir un sacramento?, un sacramento es un signo eficaz de la gracia divina, un sacramento es una acción de Cristo que sentado a la derecha del Padre, por medio de algún ministro, obra una obra de santidad, de santificación.
Por eso mediante el ministro del Bautismo engendra hijos para el Padre; mediante el ministro de la Confirmación -el Obispo- convierte que esos hijos del Padre sean adultos en la fe; mediante el sacerdote perdona los pecados o reparte entre el pueblo su cuerpo y su sangre; mediante el sacerdote también fortalece al enfermo y a aquel que se acerca a la muerte, al último combate.
El sacramento del matrimonio es una obra de Cristo, y en esto queridos hermanos -me parece- que ha cundido dentro del pueblo católico una cierta acedia frente al matrimonio como sacramento.
En muchos ámbitos del pueblo católico se contrae matrimonio en la Iglesia más bien por motivaciones humanas, no religiosas, porque no se advierte que en el sacramento del matrimonio Cristo quiere que los esposos sean ministros -el uno para el otro- no de un amor puramente natural, sino de su amor sobrenatural y transformador.
Quiere que el esposo sea ministro del amor de Cristo para la esposa, de modo que Él quiere traducir su amor a la esposa en forma de amor de esposo, y hacer del esposo un ministro del amor a la esposa, y viceversa, quiere traducir su amor al esposo en forma de amor de esposa, de modo que santifique al esposo a través del ministerio de la esposa.
Esta visión sagrada y sacralizada del matrimonio, que es la culminación de la obra santificadora y sacralizadora de Dios para esta unión que Él había destinado -desde la creación- el uno al otro, que de esta manera se dispusieran los fieles a entrar en comunión con la Santísima Trinidad ya desde esta vida, su amor no va a ser solamente santo, como en el Antiguo Testamento (por la presencia de Dios como miembro de la red de relaciones familiares del pueblo de Dios), sino que ahora los esposos van a ser levantados a una comunión con el amor divino de la Santísima Trinidad.
El amor esponsal sacramental cristiano es un amor que, infundido por el Espíritu Santo, quiere realizarse en el corazón de la esposa y del esposo de manera sacramental, de manera sagrada, sacralizante. Cristo quiere ser, maestro, médico, pastor y sacerdote para los esposos y para cada uno de los esposos, de modo que quiere ser en el esposo el maestro, el médico, el pastor y el sacerdote para la esposa; y en la esposa quiere ser el médico, el pastor, el maestro y el sacerdote del esposo.
¿Cuáles son las funciones de Nuestro Señor Jesucristo?.
• Como maestro nos enseña, sobre todo nos enseña a conocer al Padre, la primera misión de Nuestro Señor Jesucristo es darnos a conocer al Padre;
• La segunda es la de la medicina, la de sanarnos -con el Espíritu Santo- de las consecuencias del pecado original, de nuestra impureza, santificarnos y unirnos al Señor, sanar nuestras heridas, las heridas espirituales,, las heridas psicológicas,, toda clase de heridas, para hacernos sanos con la sanidad y la santidad del Espíritu Santo.
• El también quiere ser nuestro pastor, ¿y cual es la misión del pastor?, el pastor alimenta y el Señor Jesucristo nos alimenta con su cuerpo y su sangre. Los esposos también tienen que alimentar en el otro la vida espiritual, con una atención pastoral sobre el otro, atendiéndolo, llevándolo, nutriéndolo, defendiéndolo de los enemigos, y por fin llevándolo a la santidad.
• ¿Y la santidad qué es?, es unir a Dios, los esposos deben unir al conyugue a Dios Nuestro Señor, ayudándose a vivir como hijos de Dios, en primer lugar considerándolo al conyugue como tal. Los primeros esposos cristianos se llamaban uno al otro “hermanos”, y los paganos que los escuchaban se asombraban de que se llamaran hermanos y sospechaban de que eran gente incestuosa, ¿por qué?, porque los primeros cristianos tenían muy clara conciencia de que cada uno de ellos era hijo de Dios, y que había sido dado por Dios y entregado por Cristo como esposa o como esposo por un designio divino, que el esposo o la esposa era un don confiado por Dios a su magisterio, a su medicación, a su pastoreo y a su santificación.
Esta visión maravillosa del matrimonio cristiano en nuestros tiempos está oscurecida por la ignorancia, por la ignorancia del bien, por la ceguera para este bien tan grande, que si los esposos -con la gracia de Dios- lo descubren, pueden transforma totalmente su vida conyugal en un ministerio sacerdotal, en una misión del Padre con respecto a ese esposo y respecto a esa esposa.
La función medicinal de Nuestro Señor Jesucristo, ejercida recíprocamente a través de los ministros, hace que estos tengan misericordia el uno del otro, para lo cual les hace comprender que muchas de las cosas de las cuales consideran al otro como culpable, no son culpas sino que son penas y consecuencias del pecado original, por lo tanto en vez de llevar a la enemistad, al odio por los defectos del otro, lleva a la misericordia por las penas que el otro sufre y a una compasión de médico que considera las enfermedades y las llagas del otro como tarea propia a sanar.
Queridos hermanos, esta visión maravillosa debemos tratar de vivirla y extenderla entre los fieles, comprender este tesoro que el Señor le ha legado a su Iglesia: el sacramento del matrimonio.
Pienso que todos los demás sacramentos apuntan a capacitar al esposo y a la esposa para desempeñar este maravilloso ministerio recíproco, que después va a ser la fuente para que de este amor religioso haya una visión también religiosa de los hijos, de los cuñadas, de los suegros, de esos vínculos que están tan sujetos a enemistades y a conflictos y que fácilmente nosotros sacrificamos -a veces por menudencias, por pequeñeces-, que importan estas pequeñeces si concebimos la grandeza de la misión de la que somos portadores y a la que hemos sido llamados, esta misión santificadora de ser ministros de Cristo sobre la Tierra, con una misión de ser partes de su cuerpo místico que luce para santificar, ¡qué misión tan linda, tan grande, tan bienaventurada, para la familia y para toda la Iglesia!.
De esta manera el pueblo de Dios se ha de preparar como un pueblo santo, como un pueblo elegido, un pueblo sacerdotal, un pueblo de Dios para esas bodas eternas de Cristo con la Iglesia.
El Señor está preparando, a lo largo de este tiempo a la novia, la está purificando, la está preparando para esas bodas eternas de las que nos habla el Apocalipsis, y ella debe ser ahora la que espera la venida del novio y con el Espíritu Santo dice «Ven, ven Señor Jesús».
Pero sin esta visión religiosa de la sacramentalidad del matrimonio y la unión esponsal, entonces la familia tampoco se mantiene unida ni se mantiene sana ni santa.
A veces sucede que, si se pierde de vista que la esposa tiene una misión para el esposo, ella se dedica más a los hijos que al esposo, ella descuida al esposo apenas llega el primer hijo, he recibido las quejas de eso, incluso alguna mamá puede poner a sus hijos contra el esposo, contra el papá, estas cosas no pasarían si se tuviera una visión religiosa verdadera, esas cosas pasan porque hay acedia, porque no se conoce el verdadero bien, entonces el alma se pierde y vagabundea entre bienes secundarios y egoístas, y eso produce la disolución de la familia, la destrucción de la obra de Dios.
Volvamos entonces a vivir y a motivar la vivencia cristiana del matrimonio, lo cual no quiere decir que si algún hijo o alguna hija se siente llamado a la vocación sacerdotal o a la vocación religiosa eso se convierta en motivo de tristeza para los padres, eso sería otro tipo de acedia del que no tenemos ahora tiempo de ocuparnos, pero entristecerse por un bien no sería coherente con la visión cristiana, sería una tentación demoníaca. Si el Señor ha elegido a un hijo tuyo para el sacerdocio o una vida religiosa ¡alégrate!, es un designio de Dios estar al servicio de la santificación y de la santidad de este cuerpo, de la Iglesia, que se prepara para las bodas con el Esposo.
Autor: P. Horacio Bojorge | Fuente: EWTN
Este capítulo quiero dedicarlo a esta acedia demoniaca, ya no respecto de Dios mismo -a quien considera malo este demonio, este ángel caído-, ni a sus obras de revelación y de amor, sino a sus obras de creación.
La acedia del demonio no solamente lo pone como un antagonista de Dios, sino que ese antagonismo del demonio -de Satanás- contra Dios se desboca -puesto que no puede desbocarse con el creador ni tocarlo- en las obras del creador, en la naturaleza, en las cosas, pero particularmente en aquellas que son imagen y semejanza creada de Dios, es decir en el ser humano. Por eso la acedia demoníaca se ceba en las criaturas humanas.
No existe una criatura mejor para que se desboque contra ella el odio demoníaco como esta criatura que es imagen y semejanza de Dios, que ha sido creada para conocer y para amar a Dios, y para conocerse y amarse entre ellas.
La acedia demoníaca se ceba contra el matrimonio, contra el varón, contra la mujer, contra la diferencia entre ambos que pertenece al designio divino porque los creó macho y hembra -varón y mujer- y contra la institución familiar, porque ella estaba destinada a llenar la Tierra y someterla, la acedia demoníaca se va a desfogar -principalmente- contra la institución familiar.
En este tiempo que estamos viviendo asistimos a una embestida contra la familia, ya desde hace muchos años Chesterton (aquel famoso autor católico inglés) decía que el divorcio apuntaba a la destrucción de la familia porque el Estado -de aquellos tiempos- deseaba tener delante de sí individuos solos, sin una ayuda familiar, y que la familia era una institución que protegía a los individuos, que destruyendo a la familia los individuos quedarían solos ante el Estado y que así este podría disponer de ellos sin cortapisas, sin ningún límite. Esta intuición de Chesterton se ha ido confirmando a lo largo del tiempo que ha pasado.
Poco antes de finalizar el segundo milenio cristiano, en la década del 90, Juan Pablo II -volviendo de una clínica- decía que volvía al Vaticano para oponerse con toda sus fuerzas a un plan que estaba en curso para destruir a la familia, se refería a la conferencia de El Cairo y a la conferencia de Pekín, donde se gestaron los planes que actualmente se están ejecutando -a través de los gobiernos del mundo- y que hieren las bases y las raíces de la familia.
El Papa previó, como tantos otros católicos profetas en este asunto -como Chesterton, C. S. Lewis y Juan Pablo II- vieron venir esta embestida (contra la familia) de los poderes de este mundo, del príncipe de este mundo, que son fruto de la acedia del demonio que se desboca contra la obra de Dios, ya que no puede tocarlo a Él mismo, toca su imagen y semejanza, al varón y la mujer, a su descendencia, a la humanidad.
Esta acedia contra la familia es una acedia contra el amor, porque la familia es el hogar del amor, es el hogar del amor de los esposos, es el hogar de los padres a los hijos, es el hogar de los hijos a sus padres y de toda esa rica red de relaciones familiares, de tíos, de cuñadas, de sobrinos, de abuelos, de generaciones hacia atrás y también de la esperanza hacia el futuro, de este amor a la vida que se debe dar. Y todo eso concebido religiosamente, como en la mayoría de las culturas del mundo que han tenido una consideración bastante religiosa de la familia, sobre toda en las culturas más primitivas, en muchas otras -en cambio- esa familia comenzó ya a destruirse por los pecados -que son consecuencia del pecado original-.
Dios emprendió la sanación de la familia en el Antiguo Testamento con la santificación de la familia, Dios en el Antiguo Testamento se hace miembro del pueblo elegido y bendice a los patriarcas con hijos y tierras para criarlos, es decir con la familia, santifica la familia, de este modo comienza la redención de la familia, que sin embargo aún sigue siendo atacada -por obra demoníaca- dentro del pueblo santo de Dios, de modo que esa familia se ve amenazada por muchos peligros, por los matrimonios mixtos que Moisés y los profetas tratan de limitar, del cual Sansón es un ejemplo muy claro, Sansón se casa con una mujer filistea, y esta mujer lleva a este juez del pueblo de Dios a la ruina, traicionándolo, esta es una historia bíblica que pone en guardia a los israelitas contra los matrimonios mixtos, que pueden hacer del varón -del pueblo elegido- víctima de una visión distinta de la vida, por eso los primeros patriarcas deseaban que sus hijos se casaran con mujeres del pueblo de Dios, de su tribu, del mismo clan o de otros clanes. Así por ejemplo en el libro de Tobías, Tobías -el hijo de Tobit- va a buscar mujer en la familia amplia de su pueblo y encuentra a Sara con la que se casa. Es la santidad de la familia.
El libro de Tobías es precisamente -dentro de la Sagrada Escritura- el libro que nos habla de la familia santa, de cómo debe ser santa la familia, de cómo el vínculo entre los esposos no debe estar sometido a la lujuria, Tobías y Sara antes de convivir, después de casados, pasan tres días en oración, y se unen no por lujuria ni por el apetito de la carne, sino por el amor a la descendencia, el amor a los hijos. Es un amor que gobierna el amor esponsal y que lo pone al servicio de un amor más grande, de la descendencia, de la multiplicación del pueblo de Dios sobre la Tierra, el matrimonio tiene entonces una misión santa en el pueblo de Dios, ha recibido una misión de santidad sobre la Tierra, de engendrar a los hijos de un pueblo, de un pueblo al que ha elegido Dios -los descendientes de Abrahán y Isaac, Jacob- para bendecir a todas las naciones, porque las naciones celebraban esta visión rebelada por Dios acerca de la familia, tenían atisbos de la sacralidad de la vida, que se expresaban de una u otra manera en las distintas culturas, pero no tenían el pleno conocimiento de la santidad.
Y esta santidad en el Antiguo Testamento se eleva por que Dios mismo se hace como pariente del clan, es -como dice la Sagrada Escritura- el pariente de Abrahán, el pariente de Isaac, el pariente de Jacob, es miembro del clan. Dios entra en la historia del pueblo de Israel como un miembro más en ese pueblo, y por eso recibe el título de Goel, Goel era el pariente piadoso que se encargaba de cuidar y vigilar a sus parientes, de vengar la sangre si alguno era asesinado -persiguiendo al asesino-, de liberar a los esclavos -si caía alguno en la esclavitud-, de asegurar la tierra para que no saliera de las manos de la familia, o si alguno moría sin descendencia de tomar a la viuda y engendrar aquella descendencia que llevaría el nombre del muerto.
El ejemplo típico de ese pariente piadoso es Booz, en el libro de Ruth, Booz que significa “en Él al poder”, él es poderoso -porque es un hombre pudiente- pero su poder se pone al servicio de la piedad familiar, de la religiosa piedad familiar, hay una visión religiosa de la familia. Y Booz, Ruth, Noemí -que tienen una vida dolorosa- son sin embargo los antepasados del Mesías, los antepasados de David y por lo tanto de Nuestro Señor Jesucristo, Dios bendice la piedad y el amor familiar porque están puestos al servicio de la transmisión de esta misión santificadora del pueblo y de la humanidad.
Por eso el Evangelio según San Mateo comienza con la genealogía, las distintas generaciones que van preparando el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, de la Virgen María y de San José el descendiente de David.
La santidad de la familia de Israel está al servicio de este plan de salvación de Dios en la humanidad, hay una visión histórica de la familia, la familia no es una cosa puramente natural que tiene una misión limitada a esta vida: me caso y tengo hijos para que me mantengan o no los tengo porque así tengo más comodidad, una visión puramente natural. No, esta familia es santa, hay una designio de Dios sobre la familia, y cuando esto no se ve hay una acedia que impide ver el bien, hay una ceguera para el bien.
Esa ceguera se encuentra, por ejemplo -como habíamos dicho-, nada menos que en un juez, en el juez Sansón que se casa con Dalila. Sansón quiere decir “pequeño sol” y Dalila es “la noche”, de modo que esa mujer eclipsa el poder iluminador del varón israelita, del varón que portador de esta misión divina sobre la Tierra y de su fuerza puesta al servicio de la victoria sobre los filisteos.
Dios es, por lo tanto, un miembro del clan en el Antiguo Testamento, y como miembro del clan, a imitación de Booz se ocupa de sus amigos, les asegura la descendencia, los salva de Egipto y de la esclavitud, lo saca de la esclavitud, y le asegura una tierra para alimentar a sus hijos, ¿por qué?, porque Él es el pariente de Abrahán, Isaac y Jacob y cuida de sus hijos y de su descendencia.
Por eso, dentro de este pueblo, se cultiva la memoria agradecida de todas las generaciones pasadas, se cultiva la genealogía.
Una de las consecuencias de la infiltración de la acedia del mundo pagano en nuestro pueblo cristiano, en el pueblo católico, ha sido la perdida progresiva de la memoria de los antepasados, hay falta de agradecimiento a los que fueron, y eso crece en la medida en que se debilita el catolicismo, la fe del pueblo católico, se debilita también el amor a los antepasados y también el amor a la descendencia porque se pierde el deseo de los hijos, ya no se piensa en los hijos sino desde un punto de vista puramente privatista, egoísta, personal, que no es el de Dios sino que es el de la acedia, es el de la ceguera para el bien a cuyo servicio está nuestra vida.
Nuestra vida no es algo que nuestra naturaleza a puesto en nuestras manos para que la usemos como nos parezca, o de pronto para que la desperdiciemos o la reventemos como un cohete, como una bengala, la quememos porque se nos antoja, cuantos se destruyen a si mismo con esta facilidad, como nuestros jóvenes destruyéndose en la droga, o en los vicios, o simplemente en una vida disipada y despreocupada precisamente porque les falta esta visión cristiana de la sacralidad de la vida de la que son portadores, de la sacralidad de la vida que el Señor tiene destinada para ellos, entonces pierden de vista (por acedia, por ceguera para el bien, incluso confundiendo a veces el bien con el mal y el mal con el bien, pensando que el matrimonio va a ser una carga en vez de ser precisamente el instrumento de una misión reveladora) la misión de amor para la que el Señor los ha creado.
Pero el Señor no se queda simplemente siendo un pariente del clan, un miembro de la familia que se preocupa que ese clan sea fecundo, que vaya de generación en generación santificando el mundo, santificando a los hombres y siendo causa de bendición para ellos, sino que cuando envía a Nuestro Señor Jesucristo, se da un paso más en la santificación de la familia, se crea el sacramento del matrimonio.
Pero en su providencia divina Dios no se contenga con ser un miembro más del clan y santificar de esta manera la familia israelita, sino que quiere algo más, quiere que ese matrimonio, que va a ser el matrimonio de los discípulos de Cristo sea un sacramento.
¿Qué quiere decir un sacramento?, un sacramento es un signo eficaz de la gracia divina, un sacramento es una acción de Cristo que sentado a la derecha del Padre, por medio de algún ministro, obra una obra de santidad, de santificación.
Por eso mediante el ministro del Bautismo engendra hijos para el Padre; mediante el ministro de la Confirmación -el Obispo- convierte que esos hijos del Padre sean adultos en la fe; mediante el sacerdote perdona los pecados o reparte entre el pueblo su cuerpo y su sangre; mediante el sacerdote también fortalece al enfermo y a aquel que se acerca a la muerte, al último combate.
El sacramento del matrimonio es una obra de Cristo, y en esto queridos hermanos -me parece- que ha cundido dentro del pueblo católico una cierta acedia frente al matrimonio como sacramento.
En muchos ámbitos del pueblo católico se contrae matrimonio en la Iglesia más bien por motivaciones humanas, no religiosas, porque no se advierte que en el sacramento del matrimonio Cristo quiere que los esposos sean ministros -el uno para el otro- no de un amor puramente natural, sino de su amor sobrenatural y transformador.
Quiere que el esposo sea ministro del amor de Cristo para la esposa, de modo que Él quiere traducir su amor a la esposa en forma de amor de esposo, y hacer del esposo un ministro del amor a la esposa, y viceversa, quiere traducir su amor al esposo en forma de amor de esposa, de modo que santifique al esposo a través del ministerio de la esposa.
Esta visión sagrada y sacralizada del matrimonio, que es la culminación de la obra santificadora y sacralizadora de Dios para esta unión que Él había destinado -desde la creación- el uno al otro, que de esta manera se dispusieran los fieles a entrar en comunión con la Santísima Trinidad ya desde esta vida, su amor no va a ser solamente santo, como en el Antiguo Testamento (por la presencia de Dios como miembro de la red de relaciones familiares del pueblo de Dios), sino que ahora los esposos van a ser levantados a una comunión con el amor divino de la Santísima Trinidad.
El amor esponsal sacramental cristiano es un amor que, infundido por el Espíritu Santo, quiere realizarse en el corazón de la esposa y del esposo de manera sacramental, de manera sagrada, sacralizante. Cristo quiere ser, maestro, médico, pastor y sacerdote para los esposos y para cada uno de los esposos, de modo que quiere ser en el esposo el maestro, el médico, el pastor y el sacerdote para la esposa; y en la esposa quiere ser el médico, el pastor, el maestro y el sacerdote del esposo.
¿Cuáles son las funciones de Nuestro Señor Jesucristo?.
• Como maestro nos enseña, sobre todo nos enseña a conocer al Padre, la primera misión de Nuestro Señor Jesucristo es darnos a conocer al Padre;
• La segunda es la de la medicina, la de sanarnos -con el Espíritu Santo- de las consecuencias del pecado original, de nuestra impureza, santificarnos y unirnos al Señor, sanar nuestras heridas, las heridas espirituales,, las heridas psicológicas,, toda clase de heridas, para hacernos sanos con la sanidad y la santidad del Espíritu Santo.
• El también quiere ser nuestro pastor, ¿y cual es la misión del pastor?, el pastor alimenta y el Señor Jesucristo nos alimenta con su cuerpo y su sangre. Los esposos también tienen que alimentar en el otro la vida espiritual, con una atención pastoral sobre el otro, atendiéndolo, llevándolo, nutriéndolo, defendiéndolo de los enemigos, y por fin llevándolo a la santidad.
• ¿Y la santidad qué es?, es unir a Dios, los esposos deben unir al conyugue a Dios Nuestro Señor, ayudándose a vivir como hijos de Dios, en primer lugar considerándolo al conyugue como tal. Los primeros esposos cristianos se llamaban uno al otro “hermanos”, y los paganos que los escuchaban se asombraban de que se llamaran hermanos y sospechaban de que eran gente incestuosa, ¿por qué?, porque los primeros cristianos tenían muy clara conciencia de que cada uno de ellos era hijo de Dios, y que había sido dado por Dios y entregado por Cristo como esposa o como esposo por un designio divino, que el esposo o la esposa era un don confiado por Dios a su magisterio, a su medicación, a su pastoreo y a su santificación.
Esta visión maravillosa del matrimonio cristiano en nuestros tiempos está oscurecida por la ignorancia, por la ignorancia del bien, por la ceguera para este bien tan grande, que si los esposos -con la gracia de Dios- lo descubren, pueden transforma totalmente su vida conyugal en un ministerio sacerdotal, en una misión del Padre con respecto a ese esposo y respecto a esa esposa.
La función medicinal de Nuestro Señor Jesucristo, ejercida recíprocamente a través de los ministros, hace que estos tengan misericordia el uno del otro, para lo cual les hace comprender que muchas de las cosas de las cuales consideran al otro como culpable, no son culpas sino que son penas y consecuencias del pecado original, por lo tanto en vez de llevar a la enemistad, al odio por los defectos del otro, lleva a la misericordia por las penas que el otro sufre y a una compasión de médico que considera las enfermedades y las llagas del otro como tarea propia a sanar.
Queridos hermanos, esta visión maravillosa debemos tratar de vivirla y extenderla entre los fieles, comprender este tesoro que el Señor le ha legado a su Iglesia: el sacramento del matrimonio.
Pienso que todos los demás sacramentos apuntan a capacitar al esposo y a la esposa para desempeñar este maravilloso ministerio recíproco, que después va a ser la fuente para que de este amor religioso haya una visión también religiosa de los hijos, de los cuñadas, de los suegros, de esos vínculos que están tan sujetos a enemistades y a conflictos y que fácilmente nosotros sacrificamos -a veces por menudencias, por pequeñeces-, que importan estas pequeñeces si concebimos la grandeza de la misión de la que somos portadores y a la que hemos sido llamados, esta misión santificadora de ser ministros de Cristo sobre la Tierra, con una misión de ser partes de su cuerpo místico que luce para santificar, ¡qué misión tan linda, tan grande, tan bienaventurada, para la familia y para toda la Iglesia!.
De esta manera el pueblo de Dios se ha de preparar como un pueblo santo, como un pueblo elegido, un pueblo sacerdotal, un pueblo de Dios para esas bodas eternas de Cristo con la Iglesia.
El Señor está preparando, a lo largo de este tiempo a la novia, la está purificando, la está preparando para esas bodas eternas de las que nos habla el Apocalipsis, y ella debe ser ahora la que espera la venida del novio y con el Espíritu Santo dice «Ven, ven Señor Jesús».
Pero sin esta visión religiosa de la sacramentalidad del matrimonio y la unión esponsal, entonces la familia tampoco se mantiene unida ni se mantiene sana ni santa.
A veces sucede que, si se pierde de vista que la esposa tiene una misión para el esposo, ella se dedica más a los hijos que al esposo, ella descuida al esposo apenas llega el primer hijo, he recibido las quejas de eso, incluso alguna mamá puede poner a sus hijos contra el esposo, contra el papá, estas cosas no pasarían si se tuviera una visión religiosa verdadera, esas cosas pasan porque hay acedia, porque no se conoce el verdadero bien, entonces el alma se pierde y vagabundea entre bienes secundarios y egoístas, y eso produce la disolución de la familia, la destrucción de la obra de Dios.
Volvamos entonces a vivir y a motivar la vivencia cristiana del matrimonio, lo cual no quiere decir que si algún hijo o alguna hija se siente llamado a la vocación sacerdotal o a la vocación religiosa eso se convierta en motivo de tristeza para los padres, eso sería otro tipo de acedia del que no tenemos ahora tiempo de ocuparnos, pero entristecerse por un bien no sería coherente con la visión cristiana, sería una tentación demoníaca. Si el Señor ha elegido a un hijo tuyo para el sacerdocio o una vida religiosa ¡alégrate!, es un designio de Dios estar al servicio de la santificación y de la santidad de este cuerpo, de la Iglesia, que se prepara para las bodas con el Esposo.
sábado, 25 de agosto de 2012
Los golpes de la vida
William Shakespeare dejó escrito que no hay otro camino para la madurez que aprender a soportar los golpes de la vida.
Porque la vida de cualquier hombre, lo quiera o no, trae siempre golpes. Vemos que hay egoísmo, maldad, mentiras, desagradecimiento. Observamos con asombro el misterio del dolor y de la muerte. Constatamos defectos y limitaciones en los demás, y lo constatamos igualmente cada día en nosotros mismos.
Toda esa dolorosa experiencia es algo que, si lo sabemos asumir, puede ir haciendo crecer nuestra madurez interior. La clave es saber aprovechar esos golpes, saber sacar todo el oculto valor que encierra aquello que nos contraría, lograr que nos mejore aquello que a otros les desalienta y les hunde.
¿Y por qué lo que a unos les hunde a otros les madura y les hace crecerse? Depende de cómo se reciban esos reveses. Si no se medita sobre ellos, o se medita pero sin acierto, sin saber abordarlo bien, se pierden excelentes ocasiones para madurar, o incluso se produce el efecto contrario. La falta de conocimiento propio, la irreflexión, el victimismo, la rebeldía inútil, hacen que esos golpes duelan más, que nos llenen de malas experiencias y de muy pocas enseñanzas.
La experiencia de la vida sirve de bien poco si no se sabe aprovechar. El simple transcurso de los años no siempre aporta, por sí solo, madurez a una persona. Es cierto que la madurez se va formando de modo casi imperceptible en una persona, pero la madurez es algo que se alcanza siempre gracias a un proceso de educación —y de autoeducación—, que debe saber abordarse.
La educación que se recibe en la familia, por ejemplo, es sin duda decisiva para madurar. Los padres no pueden estar siempre detrás de lo que hacen sus hijos, protegiéndoles o aconsejándoles a cada minuto. Han de estar cercanos, es cierto, pero el hijo ha de aprender a enfrentarse a solas con la realidad, ha de aprender a darse cuenta de que hay cosas como la frustración de un deseo intenso, la deslealtad de un amigo, la tristeza ante las limitaciones o defectos propios o ajenos…, son realidades que cada uno ha de aprender poco a poco a superar por sí mismo. Por mucho que alguien te ayude, al final siempre es uno mismo quien ha de asumir el dolor que siente, y poner el esfuerzo necesario para superar esa frustración.
Una manifestación de inmadurez es el ansia descompensada de ser querido. La persona que ansía intensamente recibir demostraciones de afecto, y que hace de ese afán vehemente de sentirse querido una permanente y angustiosa inquietud en su vida, establece unas dependencias psicológicas que le alejan del verdadero sentido del afecto y de la amistad. Una persona así está tan subordinada a quienes le dan el afecto que necesita, que acaba por vaciar y hasta perder el sentido de su libertad.
Saber encajar los golpes de la vida no significa ser insensible. Tiene que ver más con aprender a no pedir a la vida más de lo que puede dar, aunque sin caer en un conformismo mediocre y gris; con aprender a respetar y estimar lo que a otros les diferencia de nosotros, pero manteniendo unas convicciones y unos principios claros; con ser pacientes y saber ceder, pero sin hacer dejación de derechos ni abdicar de la propia personalidad.
Hemos de aprender a tener paciencia. A vivir sabiendo que todo lo grande es fruto de un esfuerzo continuado, que siempre cuesta y necesita tiempo. A tener paciencia con nosotros mismos, que es decisivo para la propia maduración, y a tener paciencia con todos (sobre todo con los tenemos más cerca).
Y podría hablarse, por último, de otro tipo de paciencia, no poco importante: la paciencia con la terquedad de la realidad que nos rodea. Porque si queremos mejorar nuestro entorno necesitamos armarnos de paciencia, prepararnos para soportar contratiempos sin caer en la amargura. Por la paciencia el hombre se hace dueño de sí mismo, aprende a robustecerse en medio de las adversidades. La paciencia otorga paz y serenidad interior. Hace al hombre capaz de ver la realidad con visión de futuro, sin quedarse enredado en lo inmediato. Le hace mirar por sobreelevación los acontecimientos, que toman así una nueva perspectiva. Son valores que quizá cobran fuerza en nuestro horizonte personal a medida que la vida avanza: cada vez valoramos más la paciencia, ese saber encajar los golpes de la vida, mantener la esperanza y la alegría en medio de las dificultades.
Porque la vida de cualquier hombre, lo quiera o no, trae siempre golpes. Vemos que hay egoísmo, maldad, mentiras, desagradecimiento. Observamos con asombro el misterio del dolor y de la muerte. Constatamos defectos y limitaciones en los demás, y lo constatamos igualmente cada día en nosotros mismos.
Toda esa dolorosa experiencia es algo que, si lo sabemos asumir, puede ir haciendo crecer nuestra madurez interior. La clave es saber aprovechar esos golpes, saber sacar todo el oculto valor que encierra aquello que nos contraría, lograr que nos mejore aquello que a otros les desalienta y les hunde.
¿Y por qué lo que a unos les hunde a otros les madura y les hace crecerse? Depende de cómo se reciban esos reveses. Si no se medita sobre ellos, o se medita pero sin acierto, sin saber abordarlo bien, se pierden excelentes ocasiones para madurar, o incluso se produce el efecto contrario. La falta de conocimiento propio, la irreflexión, el victimismo, la rebeldía inútil, hacen que esos golpes duelan más, que nos llenen de malas experiencias y de muy pocas enseñanzas.
La experiencia de la vida sirve de bien poco si no se sabe aprovechar. El simple transcurso de los años no siempre aporta, por sí solo, madurez a una persona. Es cierto que la madurez se va formando de modo casi imperceptible en una persona, pero la madurez es algo que se alcanza siempre gracias a un proceso de educación —y de autoeducación—, que debe saber abordarse.
La educación que se recibe en la familia, por ejemplo, es sin duda decisiva para madurar. Los padres no pueden estar siempre detrás de lo que hacen sus hijos, protegiéndoles o aconsejándoles a cada minuto. Han de estar cercanos, es cierto, pero el hijo ha de aprender a enfrentarse a solas con la realidad, ha de aprender a darse cuenta de que hay cosas como la frustración de un deseo intenso, la deslealtad de un amigo, la tristeza ante las limitaciones o defectos propios o ajenos…, son realidades que cada uno ha de aprender poco a poco a superar por sí mismo. Por mucho que alguien te ayude, al final siempre es uno mismo quien ha de asumir el dolor que siente, y poner el esfuerzo necesario para superar esa frustración.
Una manifestación de inmadurez es el ansia descompensada de ser querido. La persona que ansía intensamente recibir demostraciones de afecto, y que hace de ese afán vehemente de sentirse querido una permanente y angustiosa inquietud en su vida, establece unas dependencias psicológicas que le alejan del verdadero sentido del afecto y de la amistad. Una persona así está tan subordinada a quienes le dan el afecto que necesita, que acaba por vaciar y hasta perder el sentido de su libertad.
Saber encajar los golpes de la vida no significa ser insensible. Tiene que ver más con aprender a no pedir a la vida más de lo que puede dar, aunque sin caer en un conformismo mediocre y gris; con aprender a respetar y estimar lo que a otros les diferencia de nosotros, pero manteniendo unas convicciones y unos principios claros; con ser pacientes y saber ceder, pero sin hacer dejación de derechos ni abdicar de la propia personalidad.
Hemos de aprender a tener paciencia. A vivir sabiendo que todo lo grande es fruto de un esfuerzo continuado, que siempre cuesta y necesita tiempo. A tener paciencia con nosotros mismos, que es decisivo para la propia maduración, y a tener paciencia con todos (sobre todo con los tenemos más cerca).
Y podría hablarse, por último, de otro tipo de paciencia, no poco importante: la paciencia con la terquedad de la realidad que nos rodea. Porque si queremos mejorar nuestro entorno necesitamos armarnos de paciencia, prepararnos para soportar contratiempos sin caer en la amargura. Por la paciencia el hombre se hace dueño de sí mismo, aprende a robustecerse en medio de las adversidades. La paciencia otorga paz y serenidad interior. Hace al hombre capaz de ver la realidad con visión de futuro, sin quedarse enredado en lo inmediato. Le hace mirar por sobreelevación los acontecimientos, que toman así una nueva perspectiva. Son valores que quizá cobran fuerza en nuestro horizonte personal a medida que la vida avanza: cada vez valoramos más la paciencia, ese saber encajar los golpes de la vida, mantener la esperanza y la alegría en medio de las dificultades.
Ficha
-
Alfonso Aguiló Pastrana
Director de Tajamar
Escritor de numerosos artículos y libros sobre educación
- Revista Hacer Familia
- Hacer Familia nº 75
mayo de 2000
sábado, 4 de agosto de 2012
El demonio de la acedia (5 / 13)
| La Acedia es una tristeza por el bien, por los bienes últimos, es tristeza por el bien de Dios. Es una incapacidad de alegrarse con Dios y en Dios. Nuestra cultura está impregnada de Acedia. | Autor: P. Horacio Bojorge | Fuente: EWTN | ||||||
| En este quinto capitulo vamos a asomarnos a la experiencia de los monjes del
desierto; que fueron al desierto -a los monasterios- en búsqueda del amor de
Dios; de entregarse enteramente al amor de Dios. Y es también la experiencia de
los religiosos de todos los siglos que han querido dejar todas las cosas para
seguir a Nuestro Señor Jesucristo. En este impulso de buscar la perfección del amor de Dios en la Tierra, se manifiesta, con toda su agudeza, la oposición del demonio de la acedia que también los ataca. De manera especial cuanto más decidido es su impulso de buscar el amor de Dios y dedicarse a Él ya desde esta vida, enteramente, tanto más el enemigo se hace sentir poniéndoles obstáculos. Esto dio lugar, en la Iglesia, desde muy temprano, una vez que terminaron las persecuciones exteriores y la vida de los fieles en las ciudades se fue como entibiando por las tentaciones de las cosas de este mundo, se perdió el fervor de los primeros mártires. Entonces muchos de los cristianos que querían vivir intensamente su entrega a Dios vieron que tenían que irse de la ciudad, irse al desierto; a buscar al Señor enteramente en una vida pura y sin las tentaciones de las ciudades; en donde muchos se ablandaba en sus virtudes teologales, en su fe, en su amor a Dios, en la esperanza de los bienes eternos y quedaban como prendidos en las redes de este mundo. Ellos precisamente hicieron esa experiencia de querer desprenderse de todos los impedimentos, irse al desierto y dedicarse enteramente a Dios. Y allí se encontraron -en toda su intensidad- con el demonio de la acedia; con el demonio de la tristeza por los bienes divinos. Fue el impedimento más grande. Pero, al mismo tiempo, estos primeros Padres del Desierto -con esta experiencia- nos enseñaron mucho acerca de las causas de este demonio y de cómo se presenta. Por eso es tan importante que dediquemos este espacio a reconocer esta doctrina, a recordarla. Muchos Padres del Desierto hablaron del demonio de la acedia. Entre otros pensamientos ellos hablaban de los ocho pensamientos o de los siete pensamientos -- refiriéndose a los vicios capitales -; pero no como fenómenos de orden moral sino del orden espiritual. Éstos siete pensamientos u los ocho pensamientos son los pensamientos que trae el enemigo para impedir el camino o disuadir del camino a los hombres que buscan a Dios. Nosotros actualmente conocemos esa lista como los 7 pecados o vicios capitales. Evagrio Póntico, uno de los Padres del Desierto, habla de ocho pensamientos, él -como Casiano y otros padres- habla del demonio de la acedia. Y hacen una especie de retrato de lo que le sucede al monje ante este demonio de la acedia; retrato que quiero resumirles un poco brevemente. El demonio de la acedia se presentaba en la vida del monje, - imagínense los monjes que vivían en los monasterios en el desierto, sin mayor vegetación, a veces en laderas de los torrentes, en cuevas excavadas en las rocas. Algunos, como ermitaños, en una cueva donde vivían con una austeridad muy grande, con largas horas de silencio y de soledad. Aparecía sobre todo el peso del demonio de la acedia a eso del mediodía. Habían ayunado desde la cena de la noche anterior, para celebrar la Eucaristía más tarde. Un ayuno muy largo, de muchas horas. Al mediodía, en el desierto, en esas zonas un calor tremendo, nada se movía afuera y ellos, en ayunas. Se les hacía muy largo el tiempo, y en ese momento entonces se presentaba como una pérdida del consuelo divino. Su voluntad los había empujado al desierto a buscar a Dios, pero ahora su sensibilidad se revelaba contra el sacrificio que esa búsqueda de Dios le imponía a su carne, a su naturaleza. Naturaleza que se cansaba de esos ayunos, de esa fatiga, que se debilitaba... que por efectos de la soledad, del sol, del calor, sentía el peso de ese tipo de vida, entonces entraba en su sensibilidad ese desasosiego. Esa ansiedad le hacía asomarse a las ventanas, buscar con quien hablar, le producía una inquietud física a veces irresistible, y le venían pensamientos de que él vivía mejor afuera, añoraba su existencia en el mundo, se sentía tentado de irse de ese lugar a otro, donde quizás podría tener un oficio distinto dentro del monasterio; estar con otros hermanos en el monasterio y no solo en su gruta, en fin la tentación de la huída del lugar donde estaba. Tanto Casiano como Evagrio dicen que el demonio de la acedia es el demonio más pesado entre los que atacan al monje, mucho más que los demás pensamientos, del pensamiento de la gula, de la lujuria, de la riqueza o el sueño por las cosas pasadas, de los afectos de la vida familiar, de su trabajo o de sus amistades en la ciudad... Mucho más pesado que todos esos pensamientos, era este pensamiento de no encontrar el consuelo de Dios que habían venido a buscar, porque -posiblemente- en sus primeros tiempos de conversión los consuelos habían sido -como suele suceder con los convertidos- muy abundantes, muy profundos. Los dones espirituales que Dios imprime en la inteligencia y en la voluntad -como somos una sola unidad- redundaban en el resto de su persona, también en la parte sensible. Y entonces sus sentimientos eran muy agradables. Ahora quedaba la voluntad, quedaba la inteligencia, pero la sensibilidad estaba atormentada por las penas de esta vida dura que habían abrazado, por la abstención de la obediencia, de la pobreza, de la castidad. Las cosas que habían sacrificado. Y todo para encontrar el amor de Dios. Porque era un abandono radical de todas las cosas buscando a Dios. para que Dios se manifestara, y parecía que ahora Dios se ausentaba, se alejaba, no se manifestaba, no se lo encontraba. La sensibilidad se revelaba contra este sacrificio que se le imponía, contra esta cruz que se le imponía y encontraba que buscar a Dios era algo demasiado costoso para ese aspecto de su personalidad, para su ser humano, que la vida que estaba viviendo se trasformaba -un poco- en inhumana, por querer ser demasiado divina, venían entonces estas tentaciones: ¿todo este sacrificio es necesario?, ¿podría yo encontrar a Dios de otra manera mucho menos radical?, ¿podría encontrarlo en la vida?, venían entonces las tentaciones de abandonar la vida monástica. Esta es -globalmente- la descripción y las causas de cómo en la vida monástica, que era precisamente donde más radicalmente se buscaba a Dios, el demonio de la acedia se manifestaba también con una radicalidad mucho mayor. Tan es así que, las descripciones que estos monjes del desierto nos hacen del demonio de la acedia, parece que nos impiden reconocerlas en aquellas formas que se manifiesta entre los laicos, o entre personas que no viven la vida religiosa tan radicalmente, con un deseo tan grande y con una consecuencia mayor en dejar todas las cosas por seguir a Dios. Esta radicalidad evangélica para buscar a Dios era el caldo de cultivo apropiado para que el demonio atacara con una mayor radicalidad en la vida monástica. Ya vamos a ver que en la vida laical, en la vida nuestra, la acedia se manifiesta de una manera mucho más sutil, porque como también la decisión de la búsqueda de Dios no es tan grande, no es tan radical y definida, entonces también es mucho más sinuoso el ataque del demonio de la acedia en los laicos o incluso en los religiosos de vida activa. Es muy interesante la descripción que nos hace Evagrio Póntico, este padre del desierto, de cómo experimenta el monje el ataque del demonio de la acedia, que se llama demonio meridiano porque ataca generalmente alrededor del medio día, -dos horas antes, dos horas después-, en los monasterios se comía a lo que actualmente es hora de la siesta, de modo que el almuerzo estaba retrasado y se hacía muy penoso el ayuno. Los invito a ver esta descripción que nos hace -Evagrio Póntico- sobre el demonio de la acedia porque es muy gráfica (yo haré algún comentario en medio de ella). Dice que el demonio de la acedia, o demonio del mediodía, es el más pesado y duro de sobrellevar, ataca entre dos horas antes y dos horas después del mediodía. Primero produce la sensación de que el sol se ha detenido, como si el tiempo no avanzase, (algo parecido a lo que nos pasa en los insomnios, en los que nos parece que han pasado horas y apenas han pasado diez minutos), el tiempo no pasa nunca. Luego lo obliga a andar asomándose por las ventanas a ver si hay por allí algún otro con quien poder conversar, buscar el consuelo de las criaturas; pasar el tiempo encontrando algún consuelo y distracción. Le inspira una viva aversión al lugar donde está, “¿pero qué estoy haciendo yo aquí?”. Y le inspira también la idea de que la caridad ha desaparecido en el monasterio, (“nadie me quiere, nadie se preocupa por mí, estoy aquí tan solo”). Dios no me basta Busco un poquito de consuelo o afecto humano. Si por casualidad ha sucedido que en esos días alguien lo ha entristecido -dice Evagrio- el demonio se vale de esto para aumentar su aversión hacia el lugar donde está. Le hace desear estar en otro lugar, en otro monasterio, en cualquier lado menos aquí, se imagina que en otro lugar podrá encontrar más a Dios, donde podrá tener un oficio menos penoso, más entretenido, más provechoso, (la imaginación vuela hacia lugres donde se sentiría bien huyendo de esta sensación de malestar que lo acosa aquí) Razona que servir a Dios no es cuestión del lugar, Piensa que podría servir a Dios en otro lugar más tranquilo, sin tantas privaciones El demonio de la acedia se le hace como consejero compasivo que le dice “¿no ves que aquí te estás dañando la salud?”, se hace el cariñoso con el monje. Se acuerda entonces de sus parientes, y de su vida pasada. Evagrio justamente dice que el demonio de la tristeza comienza con el recuerdo de las cosas dulces y termina con un “eso, ¡nunca más!, eso lo has perdido definitivamente”. Y de paso, notemos hermanos, para nuestra propia experiencia, cómo también en nosotros puede entrar así la tristeza. A veces esos pensamientos dulces de la vida pasada nos precipitan después en la tristeza, en la desesperanza de que eso es ya irrecuperable y no lo podremos conseguir más. Por eso los santos Padres del Desierto son grandes maestros del alma de los cristianos, y tenemos muchísimo que aprender de ellos, no son exclusivamente maestros de los monjes y de los religiosos que viven en la vida recluida en los monasterios, también tienen muchísimas enseñanzas para nosotros, también para los fieles laicos que viven en el mundo, porque son maestros del alma, de la psicología, de las tentaciones, de cómo aparecen en el alma esos pensamientos que después lentamente nos van llevando a otra cosa, y de cuyo proceso no somos normalmente conscientes. Los Padres del Desierto nos enseñan a ser conscientes del proceso de los pensamientos. Volver sobre los pasos, como nos aconseja San Ignacio de Loyola, el patrono de este templo en que estamos grabando este programa, nos enseña a volver a recorrer los pasos de los pensamientos, para ver cómo de pronto empezaron de una forma agradable, buena, y luego nos fueron llevando a la tristeza, al desánimo, a la desesperanza. Este demonio -dice Evagrio-, como para darle al monje el ánimo para que lo soporte, no es seguido por otro. Cuando el monje lo vence, después de esta lucha, sucede en el alma que nace un estado de paz y una alegría inefable. Porque, misericordiosamente para con su sensibilidad, le explica al alma: “¿Por qué estás triste alma mía?” - como dice el salmista - ¿Por qué me conturbas? ¡Espera en Dios que volverás a alabarlo!” El comienzo del salmo 42 es precisamente un texto en el que el salmista habla con su alma que está acosada con el demonio de la acedia, en la lejanía de Dios, y le explica a su alma que debe mantenerse en la esperanza de los consuelos divinos, que Dios volverá a visitarla, y que debe soportar -por lo tanto- esa dureza de la ausencia de Dios, que es como el reverso de la moneda de su amor que quisiera estar siempre en su presencia, que quisiera estar ya en la eternidad gozando de Dios para siempre, pero que está todavía en esta vida, en este mundo, sufriendo la ausencia, la lejanía de Dios, que en ese momento se le hace especialmente dura, pero aceptando esa dureza en este mundo, el alma que busca a Dios encuentra una paz y un gozo muy grande en la fe. San Juan de la Cruz va a hablar de la noche del sentido, la noche del espíritu. El alma se aveza a pasar esas noches sabiendo que no son un signo de la lejanía de Dios, sino que Dios -de alguna manera- se ha escondido de la sensibilidad, pero que está alcanzable siempre a través de la fe; que quiere -precisamente- hacernos crecer en la fe, afirmarnos en la fe, y saber que la fe, aunque sea oscura, nos pone en contacto con su misterio, precisamente porque Él también es misteriosos, y el único camino que tenemos para alcanzar su misterio, es el camino de la fe. Buen consejo final este que da Evagrio: de poder resistir el demonio de la acedia, las desolaciones en la vida. Esto para nuestros fieles laicos que a veces comienzan un camino de conversión, - a veces pasa, lo he visto en nuestros hermanos del movimiento carismático- que empiezan con un gran consuelo, una gran conversión sensible, pero apenas se extinguen los fuegos de la sensibilidad, les parece que han perdido a Dios. Se apartan de la comunidad, se van. No perseveran en el camino del Señor. El Señor exige que sepamos vivirlo en fe, no vivirlo solamente en lo sensible. Hay experiencias sensibles, anteriores a la fe, que muchas veces nos pueden engañar. Otras que provienen de la fe pero que no le son esenciales porque la fe puede perseverar aunque sea sin ellas. Tal vez fueron -en el comienzo sobre todo- fuente de consolaciones para atraernos hacia Dios, después la fe debe perseverar y arraigarse en lo profundo. Hay un poeta argentino, Francisco Luis Bernárdez que tiene un soneto muy hermoso que se puede aplicar a lo de la fe, dice:
«Porque después de todo he comprendido
que lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado». Así también, en la vida cristiana. La vida cristiana tiene las flores de las virtudes de la vida cristiana que viven de la fe, que está como enterrada en la oscuridad de la tierra, pero que nutre - esa fe - a las virtudes de la caridad, de la esperanza. Para animar al monje a que resista a ese espíritu, a ese demonio de la acedia, y persevere en la dureza de la prueba, Evagrio dice la verdad: que cuando el monje vence, sobreviene una paz y un gozo muy especial, muy particular, que no es quizá el de las consolaciones sensibles anteriores, pero que es un gozo muy profundo y espiritual. ¿Pero que pasa cuando el monje no resiste este embate y es vencido por el demonio de la acedia?, Isidoro de Sevilla tiene unos textos que quiero compartir con ustedes, son sabrosos y no necesitan comentarios:
«Quienes no practican la profesión monástica con intención
inflexible, cuanto con más flojedad se dirigen a conseguir el amor sobrenatural
tanto con mayor propensión se inclinan nuevamente al amor mundano»
Es decir vuelven a desparramarse en las cosas del mundo, y es mucho peor. Es como el soldado que deserta
«Porque la profesión que no es perfecta vuelve a los deseos de
la vida presente, en los cuales, por más que de hecho no se vea atado el monje,
pero ya se ata con amor de pensamiento».
Es decir lo preferiría. Hay como un haber dejado aquel impulso y aquel deseo que lo llevaba a buscar el amor de Dios y buscar a Dios sobre todas las cosas.
«Porque el ánimo que considera dulce a esta vida, está lejos
de Dios».
En realidad nosotros estamos en situación de destierro, lo dicen todos los cristianos que han vivido su cristianismo, su fe, esperanza y caridad, se sienten aquí como en un destierro, como en un tiempo provisorio. Ésta es una experiencia cristiana, de la vida cristiana. No tenemos aquí una morada permanente, una patria permanente, dice la Carta a los Hebreos.
«Alguien así no sabe qué es lo que debe apetecer de los bienes
superiores, ni qué es lo que ha de huir de los bienes inferiores»
Estos monjes, dice Isidoro de Sevilla, desearían volar a la gracia de Dios, pero los amores del mundo los retienen, la codicia del siglo los retrae. Quieren tener ambas cosas, todo lo de este mundo y a Dios también. Y así sucede que:
«Quien ha prometido renunciar al siglo, se hace reo de
transgresión si cambió de voluntad, y así se hacen dignos de ser severamente
castigados en el juicio divino los que menospreciaron cumplir de hecho lo que en
su profesión prometieron».
Hay como un menosprecio de las cosas divinas, un retroceder en ese impulso, que era un impuso de gracia Acá se trata de que han sido infieles a una gracia inicial, Dios los ha invitado, les ha dado una gracia, y ellos han menospreciado la gracia recibida al no continuar con ese impulso, al no aceptar la invitación al banquete que les ha hecho el Señor. Porque tienen otras ocupaciones u otros deseos. Hay aquí algo de reminiscencia de la parábola de Nuestro Señor Jesucristo de los invitados al banquete que después no son hallados dignos porque no tienen el traje de fiesta, no se han vestido enteramente para la fiesta. No han entrado en el banquete de la alegría divina, del amor divino, y se vuelven entonces a desear los manjares del mundo. Por fin, un último tema de los Padres del Desierto que es muy importante, en cuanto a la doctrina de la acedia, es lo que los Padres llaman las “hijas de la acedia”, este pensamiento del demonio produce vicios en el monje pero también en los laicos. Isidoro de Sevilla habla de que produce: ■ El ocio -la pereza- para las cosas divinas-, uno entonces ya no quiere orar, no quiere rezar los salmos, no quiere rezar el Rosario, o tiene una especie de pesadez para las cosas relativas a Dios. A los laicos les pasa que no tienen deseos de ir a Misa, no tienen ganas de hacer la lectura de la Sagrada Escritura, la somnolencia, la pereza en las cosas de Dios. ■ La importunidad de la mente: las distracciones que le vienen continuamente y que te atacan muchas veces en la oración; ■ La inquietud del cuerpo -la ansiedad, que necesita moverse, que no puede estar quieto-, la inestabilidad, la inconstancia -si hace un proyecto de vida espiritual, después no lo puede cumplir-; ■ La verbosidad -habla y habla, y busca siempre con quien hablar, se derrama en las cosas exteriores, en los comentarios de las cosas mundanas, en palabrería vana que no conduce a nada-; y por fin ■ La curiosidad -estar siempre atento a un montón de cosas, a la televisión, Unos religiosos contaban un chiste de la vida religiosa diciendo: “menos mal que el rayo cayó en el coro, porque si cae en la sala de la televisión nos mata a todos”. Estaban en la sala de televisión en lugar de estar frente al sagrario. Y a veces estamos delante de la televisión como delante de un sagrario. En vez de estar donde debemos estar que es delante del amor, del espectáculo del amor divino. San Gregorio Magno habla más bien de las hijas espirituales de la acedia: la malicia, el rencor, la falta de ánimo para las cosas grandes de Dios, la desesperanza, la pesadez y la divagación de la mente en cosas inútiles. Hemos terminado así, queridos amigos, esta breve síntesis de la doctrina de los Padres del Desierto acerca del demonio de la acedia, tal como se presenta en el monasterio, pero que también nos sirve a nosotros, por semejanza con situaciones de la vida laical, para darnos cuenta también de cómo nos ataca a nosotros, sobre todo cuando nos ponemos a buscar a Dios y sentimos cómo el demonio se opone a eso con mucha mayor fuerza. |
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