Cerramos esta última semana de junio con la solemnidad de San Pedro y San Pablo. Uno de los himnos de la Liturgia de las Horas hace una hermosa semblanza de ambos:
Pedro, roca; Pablo, espada. Pedro, la red en las manos; Pablo, tajante palabra. Pedro, llaves; Pablo, andanzas.
Y un trotar por los caminos Con cansancio en las pisadas.
¿No os llama la atención el hecho de que la liturgia celebre en un mismo día a estos dos apóstoles tan distintos? Tenemos elementos históricos suficientes para saber que entendieron y vivieron el seguimiento de Jesús con estilos diversos. Y, sin embargo, los recordamos juntos. ¿Qué significa esto? Cada uno de nosotros estamos llamados a buscar alguna respuesta. A mí me parece que con esta fiesta se nos invita a no separar dos formas de vivir el evangelio y de construir la iglesia. Pedro representa la referencia permanente a Cristo, como roca, la necesaria unidad de todas las comunidades de seguidores. Pablo simboliza la fuerza centrífuga, la esencial apertura de la iglesia más allá de sí misma, en una continua fidelidad al Espíritu que la empuja. Pero uno y otro han experimentado en carne propia que la gracia ha vencido a la ley. Uno y otro saben que Jesús no es patrimonio de los judíos circuncisos sino un tesoro para toda la humanidad. Uno y otro saben que la obediencia y la libertad son dos caras de la misma moneda. Y uno y otro han rubricado con su martirio la fidelidad a un amor que ha transformado sus vidas de principio a fin. Dos estilos, sí, pero también una misma pasión, y un mismo Cristo en el centro de sus corazones.
Cuando pienso en Pedro no pienso sólo en el Obispo de Roma.
Cuando pienso en Pablo no me limito a imaginar un propagador de la fe. Todos somos herederos de Pedro y de Pablo. Circula en todos nosotros sangre petrina y sangre paulina.
En el supermercado de opiniones sobre Jesús, todos nosotros somos invitados a hacer nuestra la confesión de Pedro: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo".
En la encrucijada de tentaciones, cada uno de nosotros somos invitados a hacer nuestra la confesión de Pablo: "He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe".
Os deseo a todos un feliz final de mes y -para aquellos que las comenzáis- unas felices vacaciones. Gonzalo Fernández , cmf (gonzalo@claret.org)
La Santa Sede pide a la comunidad internacional que permita un acceso general a medicamentos e instrumentos diagnósticos a quien los necesite, especialmente en el caso del HIV/Sida, como consecuencia del reconocimiento de la dignidad humana de toda persona.
Así lo afirmó monseñor Silvano Maria Tomasi, observador permanente de la Santa Sede ante la Oficina de la ONU en Ginebra, el pasado 8 de junio, en la 14ª Sesión Ordinaria del Consejo de los , Derechos del Hombre.
En nombre de la Santa Sede, el prelado insistió en la “necesidad de una acción eficaz para garantizar el acceso universal a los medicamentos e instrumentos diagnósticos para todos".
El artículo 25 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, por lo demás, incluye el derecho a la asistencia médica y sanitaria en el contexto más amplio de “gozar de un adecuado estándar de vida”, recordó.
El prelado señaló el compromiso de la Iglesia en el sector sanitario en todo el mundo, "a través de las Iglesias locales, las instituciones religiosas y las iniciativas privadas., que actúan por propia responsabilidad y en el respeto del derecho de cada país".
Entre las estructuras atendidas por la Iglesia, enumeró 5.378 hospitales, 18.088 dispensarios y clínicas, 521 leproserías y 15.448 casas para ancianos, enfermos crónicos o discapacitados.
Las informaciones que llegan desde estas estructuras, subrayó el arzobispo, muestran por desgracia que “los derechos descritos en los instrumentos internacionales (...) están muy lejos de ser realizados".
Uno de los mayores obstáculos, subrayó, es precisamente “la falta de acceso a medicamentos e instrumentos diagnósticos que puedan ser suministrados y utilizados en países de renta y nivel tecnológico bajos".
Las llamadas “enfermedades de la pobreza", por lo demás, representan aún el 50% de las presentes en los países en vías de desarrollo, con una tasa casi diez veces más alta respecto a la de los países desarrollados.
Cada año, además, más de 100 millones de personas caen en la pobreza porque tienen que pagar la asistencia sanitaria. En los países pobres, de hecho, los pacientes pagan entre el 50% y el 90% de las medicinas esenciales, a las que no tienen acceso casi 2.000 millones de personas.
Niños
"Un grupo particularmente privado del acceso a los medicamentos es el de los niños”, denunció monseñor Tomasi. "Muchas medicinas necesarias no se han desarrollado en formulaciones o dosis apropiadas para uso pediátrico".
"Por esto, las familias y los agentes sanitarios se ven obligados a menudo a embarcarse en un 'juego de adivinanzas' sobre cómo dividir mejor las píldoras para adultos, para usarlas con los niños”.
Esto, advirtió el prelado, puede provocar “la trágica pérdida de vidas o enfermedades crónicas prolongadas entre estos niños necesitados”.
Un ejemplo de esta situación lo representa el hecho de que, de los 2,1 millones de niños que se calcula afectados HIV, sólo el 38% había recibido medicamentos antiretrovirales a final de 2008.
Monseñor Tomasi se dijo “muy consciente” de las “complejidades en los aspectos de propiedad intelectual relativos a la cuestión del acceso a los medicamentos”, y reconoció los “serios esfuerzos” emprendidos para implementar la Estrategia Global sobre Salud Pública, Innovación y Propriedad Intelectual, instituida en 2008 por la 61ª Asamblea Mundial de la Sanidad.
A pesar de esto, reconoció, “la comunidad internacional no ha conseguido aún alcanzar el objetivo de proporcionar un acceso justo a los medicamentos, ni indicar la necesidad de una ulterior reflexión y acción al respecto".
Por esto, el representante de la Santa Sede exhortó a multiplicar los esfuerzos, convencido de que “cada ser humano debe recibir cuidados, como elemento esencial de la búsqueda del máximo desarrollo humano posible".
"Esta perspectiva ética – concluyó – se basa en la dignidad de la persona humana y en los derechos y deberes fundamentales conectados a ella”.
Dejaré que Jesús me extirpe ese corazón duro, de piedra, para darme un corazón de carne, revestido de misericordia, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia.
Golpes de la vida, traiciones, engaños, o simplemente el paso del tiempo, endurecen corazones, apagan entusiasmos, destruyen alegrías.
A veces por culpa de otros, muchas otras veces por nuestra propia culpa, hemos dejado que el corazón empiece a secarse. Entonces nos hacemos insensibles a las penas del amigo, a las necesidades de familiares, a los problemas de quienes viven cerca o lejos, a los sufrimientos de Jesús en el Calvario.
Caemos en esa dureza que nos lleva a juzgar, a condenar, a mirar con desprecio. Desconfiamos de los demás. Incluso al mirar al cielo, parece que tenemos para Dios más reproches que alabanzas.
Es entonces cuando necesitamos acercarnos al Corazón de Cristo. Un Corazón lleno de amor al Padre y a los hombres. Un Corazón que vino no por los justos, sino por los pecadores. Un Corazón que siente pena profunda al ver a tantos hombres y mujeres perdidos, abandonados, solos, como ovejas que deambulan sin pastor (cf. Mt 9,36).
Ese Corazón me enseñará a ver el mundo con ojos distintos. Quitará de mis ojos escamas de avaricia, y pondrá el brillo de la mirada luminosa de un niño que confía plenamente en su Padre. Quitará de mis arterias rencores que envenenan, y pondrá una sangre limpia y dispuesta a servir a los hermanos. Quitará de mi inteligencia cálculos retorcidos y egoístas, y me dará fuerzas para pensar en grande, con una mente como la del mismo Cristo.
Ese Corazón me invitará a ser manso y humilde (cf. Mt 11,29). Manso ante quienes, tal vez con intenciones buenas (sólo Dios sabe lo que hay dentro de cada uno) me hacen daño, me insultan, me desprecian. Manso ante quienes son vengativos y llenos de odios hacia los demás o hacia mí. Manso ante quienes provocan con violencia y pueden ser vencidos con el bálsamo del perdón y de la acogida benévola.
También me ayudará a ser humilde. Humilde para no desanimarme ante esas faltas que no llego a expulsar de mi alma. Humilde para no envidiar a quien va “delante” y parece vivir rodeados de triunfos, y para no despreciar a quien tal vez ha caído en un pecado que parece más grande que los míos. Humilde para reconocer que todos los dones vienen de Dios, que por mí mismo no puedo dar un solo paso en el camino de la gracia. Humilde para acudir, las veces que haga falta, al sacramento de la confesión, con lágrimas sinceras y con la confianza del hijo que busca a quien vino no para juzgar, sino para salvar (cf. Jn 12,47).
Entonces será posible el milagro: dejaré que Jesús extirpe de mis entrañas ese corazón duro, de piedra, para darme un corazón de carne (cf. Ez 11,19; 36,26); un corazón revestido “de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia” (Col 3,12). Un corazón nuevo, que confía como un niño en el amor constante del Padre, que se deja levantar como oveja rescatada por el Hijo, que se inflama de gratitud y de esperanza en el Espíritu
Amar el Corazón de Cristo es tratar de imitarle, en todo, en cada momento, tratar de comprender, cuánto te ama.
María Santísima, el proximo viernes celebramos la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, quisiera prepararme bien para ella… pero… ¿Cómo prepararme para aquello que aún no comprendo bien?. Sí, asistiré a misa, dejaré mis peticiones y agradecimientos en el Corazón de tu Hijo. ¿Puedes ayudarme a comprender lo que realmente significa amar el Corazón de Jesús?.
Puedo sentir que me miras desde tu imagen, puedo y quiero leer en tus ojos la respuesta….
- ¿Por qué no se lo preguntas a Jesús mismo?... vamos, atrévete… Él está muy ansioso por hacerte comprender.
- Señora mía... es que… no me atrevo, soy tan pecadora, tengo tanto de que arrepentirme.
- Vengan a mí todos los que estén cansados, que yo los aliviaré…
Y las palabras de tu Hijo resuenan en mi corazón.
- ¿Has comprendido, hija mía? Jesús te espera desde siempre, no debes rendir examen para acercarte a Él, solo ámale, camina hacia Él con toda tu carga y deposítala a sus pies. Él hará el resto.
Siento que somos tres conversando, que Jesús me vuele a repetir…
- “...Aprende de mí, que soy paciente y humilde de corazón...” (Mt. 11,29).
- ¿Ves hija, cómo te va mostrando el camino? Amar el Corazón de Cristo es tratar de imitarle, en todo, en cada momento, tratar de comprender, dentro de lo que puedas, cuánto, cuánto, cuánto te ama.
- Señora…imitarle… sí, pero es que, no sé como se hace eso en mi día a día…
- Pues… paso a paso, en cada decisión que tomes piensa: “¿Le será agradable a Jesús?”. Cuando hables con las personas piensa: “¿Si fuese Jesús quien está escondido tras ese rostro?”. Sobre todo cuando te enojes con alguien o cuando tu orgullo herido reclame a gritos una reparación, piensa: “¿Jesús verá con buenos ojos mi reacción?” Si ya hablaste por tu vanidad herida, medita: “¿Me alcanzarán estos argumentos ante Cristo?”. Hija querida, no hacen falta, para imitar a Cristo, grandes y titánicas obras. No pretendas abrir tú sola las aguas del mar… no, pequeña, sólo trata de actuar en cada momento como Él espera que lo hagas. No por presión, no como un amo severo que se la pasa controlándote para , al menor descuido, volcar su ira sobre ti. Nada más lejos de eso. Míralo como un compañero de viaje que te indica la ruta más segura. Como un maestro que te enseña el camino. Como un padre que no quiere que te lastimes. Cada palabra, cada consejo, nacido del profundo amor de su Sagrado Corazón, es para que tú no te pierdas.
- Voy entendiendo…poco a poco, voy entendiendo.
- ¿Recuerdas cuando un leproso se le acercó?, suplicándole de rodillas: “Si quieres puedes curarme… a Él se le conmovió el Corazón” (Mc. 1,41). Así pasa contigo. Pero analiza bien este hecho, el leproso “se le acercó” o sea, caminó hacia Jesús, recorrió la distancia que lo separaba de Él, con todo lo que significaba esa decisión. Luego le dijo “si quieres…puedes...” o sea, reconoció que Cristo podía hacer lo que Él le pedía, mas nada le exigía, sólo aceptaba su voluntad. Es entonces cuando a Jesús “se le conmovió el Corazón”. ¿Comprendes, hija?. Conmover el corazón de Cristo no es difícil sólo debes: acercarte a Él, pedirle, confiar y por último, aceptar su voluntad.
- Señora mía, me hablas con tu corazón, le hablas al mío. ¿Quién soy yo para que te dignes explicarme tanto?.
- Eres mi hija ¿Lo has olvidado? Una y mil veces te hablaría hasta que encontraras el camino y la paz.
- “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba, si cree en mí. Pues como dice la Escritura: brotarán de su Corazón ríos de agua viva” (Jn. 7,37-39).
- ¿Escucha tu alma las promesas de mi Hijo?.
Claro que mi alma las escucha. Poco a poco voy comprendiendo que no existe mejor lugar para el alma, que el Corazón de Cristo. Es un sitio lleno de amor, de paz, de profunda serenidad, tiene la calma de todos los atardeceres, el perfume de todas las flores, el canto de todos los pájaros, y el amor más grande, más profundo, más exquisito que hubiera existido jamás.
- Los apóstoles ya habían descubierto el inmenso tesoro del Corazón del Mesías. San Agustín lo notó, por eso dijo: “San Juan, en la Cena, se reclinó en el pecho del Señor para significar así que bebía de su Corazón los más profundos secretos...” Para que entiendas más aún, te contaré lo que es para mí ese Corazón amado… cuyos primeros latidos imaginaba al colocar mi mano temblorosa sobre mi vientre, en aquellos días de Nazaret…, después, en Belén, cuando José puso su pequeño cuerpecito entre mis brazos, sentí ese suave y acompasado latido. A medida que iba creciendo, fui aprendiendo el lenguaje de ese corazón, en cada palabra, en cada gesto, en cada mirada, ERA Y ES un corazón rebosante de amor y misericordia… El día que lo comprendas desde el fondo de tu alma, ya nunca estarás sola.
Me besas la frente y te vas. Lentamente, te mezclas entre la gente… tus palabras quedan en mi alma… esperando…esperando…esperando… sigo orando para que yo sepa ver, poco a poco, cuán bello es el sitio que me tienes reservado en tu SAGRADO CORAZÓN.
NOTA DE LA AUTORA "Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón y en mi imaginación por el amor que siento por ella, basados en lo que he leído. Pero no debe pensarse que estos relatos sean consecuencia de revelaciones o visiones o nada que se le parezca. El mismo relato habla de "Cerrar los ojos y verla" o expresiones parecidas que aluden exclusivamente a mi imaginación, sin intervención sobrenatural alguna."
Al celebrarlo en jueves, recordamos el jueves santo, día de la institución de la eucaristía. Ambos días tienen un objetivo similar, pero no son un simple duplicado. El Corpus Christi nos proporciona una segunda oportunidad para ponderar el misterio de la eucaristía y considerar sus varios aspectos. Nos invita a manifestar nuestra fe y devoción a este sacramento, que es el "sacramento de piedad, signo de unidad, vinculo de caridad, banquete pascual en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera.1
Historia de la fiesta
Desde los albores del siglo,XII, la fe y la devoción eucarística se inclinaron notablemente hacia la doctrina de la presencia real de Cristo en la eucaristía. Esto se debió, en parte, a una reacción contra las herejías que prevalecían entonces; como la de Berengario, que minimizaba e incluso llegaba a negar tal doctrina. La práctica eucarística de aquel tiempo se caracterizaba por un fuerte deseo por parte de los fieles de ver la hostia y el cáliz en la misa. Esto iba acompañado por una sensación de temor reverencial ante la presencia real y una profunda conciencia de indignidad personal. Ver la hostia, venerar las sagradas especies, constituía una forma de comunión espiritual. La comunión sacramental, que es la mejor forma de participación en la misa, se hizo poco frecuente.
Ese era el clima religioso, un clima de lo más favorable para introducir una nueva fiesta en honor de la eucaristía, considerada especialmente bajo el aspecto de presencia real. La iniciativa no llegó "de arriba", de la jerarquía, sino "de abajo", de un movimiento del Espíritu en la Iglesia. Una monja desconocida, de vida estrictamente claustral, sería la primera en promover la institución de una nueva fiesta eucarística. Era Juliana de Mont Cornillon, de la diócesis de Lieja, en lo que hoy es Bélgica.
En 1208, Juliana tuvo su primera visión. Observó la luna llena, en la cual veía una mancha oscura. Recibió entonces la revelación, por parte de Cristo, de que aquella mancha significaba la ausencia en el calendario de una fiesta especial en honor a la eucaristía. Recibió, además, el encargo de promover esa fiesta. Pasaron varios años antes de que la vidente pudiera encontrar a alguien dispuesto a escuchar su propuesta favorablemente. En 1240, Roberto, obispo de Lieja, promulgó un decreto estableciendo la fiesta en su diócesis, para que se celebrara el segundo domingo después de pentecostés. En 1251 el legado papal cardenal Hugues de Saint-Cher inauguró la fiesta en Lieja. En adelante se celebraría el jueves después de la octava de pentecostés.
En 1264, el papa Urbano IV extendió la celebración a toda la Iglesia. Sin embargo, el decreto papal permaneció durante cincuenta años como letra muerta. Sólo cuando el papa Clemente V confirmó el decreto de su predecesor y Juan XXII lo publicó en 1317, la nueva fiesta encontró un lugar seguro en el calendario. No tardó en llegar a ser una de las fiestas más populares en el año litúrgico de la Iglesia.
Al principio no se hacía procesión. La primera noticia que se tiene de esta práctica se remonta al año 1279, en Colonia. Pronto siguieron su ejemplo otras iglesias. La hostia consagrada se llevaba procesionalmente por las calles y los campos, tributando así público homenaje a Cristo presente en el sacramento. Para exhibir la hostia se usaban entonces los relicarios. Más tarde comenzó a elaborarse lo que hoy conocemos con el nombre de custodias.
La procesión
Según el Ritual de la sagrada comunión y del culto a la eucaristía fuera de la misa, "el pueblo cristiano da testimonio de fe y piedad religiosa ante el Santísimo Sacramento con las procesiones en que se lleva la eucaristía por las calles con solemnidad y con cantos" (101).
Desde luego, la procesión es opcional. El tráfico y abarrotamiento de nuestras ciudades y otros muchos núcleos urbanos importantes presentan algunas dificultades. Para asegurar una procesión más ordenada y digna, los pastores pueden transferirla al domingo siguiente y a una hora más tranquila por la tarde. Donde la procesión no es viable, se pueden considerar otros modos para tributar honor públicamente en este día a la presencia eucarística de Cristo. Una prolongada exposición del Santísimo en la iglesia podría, en tal caso, sustituir a la procesión.
Pero donde no hay inconvenientes para que se lleve a cabo con dignidad y reverencia, conviene hacerla. Es la procesión un hermoso acto público de homenaje a Cristo presente en la eucaristía y de acción de gracias a Dios por tan inmenso don. Constituye, además, una viva manifestación de la iglesia local.
Es importante enfatizar la íntima conexión que existe entre la misa y la procesión. El mencionado ritual, en el número 103, afirma: "Conviene que la procesión con el Santísimo Sacramento se celebre a continuación de la misa en la que se consagre la hostia que se ha de trasladar en procesión". No se trata de una mera rúbrica, sino de manifestar que la procesión es una prolongación de la misa y, por consiguiente, no debe considerarse separada. Viene a ser una acción de gracias más amplia. Toda devoción eucarística debe partir de la misa y conducir de nuevo a ella. Nos lo recuerda la instrucción de mayo de 1967 Adoración del misterio eucarístico, n 3 E: "La celebración de la eucaristía en el sacrificio de la misa es verdaderamente el origen y el fin de la adoración que se tributa a la eucaristía fuera de la misa".
La hostia que se lleva en procesión es el pan vivo y dador de vida. Con razón recibe culto público, y su finalidad principal es ser recibida como alimento espiritual para unirnos con Cristo y asociarnos a su sacrificio. La hostia llevada en triunfo con luces e incienso está destinada a ser consumida por uno de los fieles, tal vez por un niño...
Durante la procesión se pueden hacer estaciones o paradas donde se da la bendición eucarística. "Los cantos y oraciones que se tengan se ordenen a que todos manifiesten su fe en Cristo y se entreguen solamente al Señor" (104). "Al final se da la bendición con el santísimo Sacramento en la iglesia en que acaba la procesión, o en otro lugar oportuno; y se reserva el santísimo Sacramento" (108). VINCENT RYAN PASCUA. FIESTAS DEL SEÑOR Ediciones Paulinas. Madrid 1985, pág. 106-117
Constitución sobre liturgia, n 47, citando a san Agustín
Miles de personas abandonan cada año sus hogares para irse a servir a los más pobres en el nombre de Dios. La Inquisición juzgaba a sus reos en el nombre de Dios. Los hospitales fueron un invento de la Iglesia para curar a los enfermos en el nombre de Dios. Muchas guerras entre pueblos se hicieron en el nombre de Dios. Hay personas que no se casan, abandonan los bienes materiales, ayunan y se levantan de madrugada para orar en el nombre de Dios. Hay quien se mantiene en el poder y oprime al pueblo en el nombre de Dios. Algunos se consagran al servicio de las mujeres más desfavorecidas, para hacerlas descubrir su dignidad en el nombre de Dios. Otros no permiten estudiar a las mujeres y les practican la ablación del clítoris en el nombre de Dios. Una cosa está clara, todas estas cosas las hacen seres humanos influenciados por distintas maneras de entender a Dios.
Con motivo de los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York, así como de los acontecimientos posteriores, algunos periodistas escribieron en diarios de tirada nacional que las religiones son continuamente motivo de conflicto, que Dios es una proyección de los miedos y esperanzas del hombre primitivo, una excusa para defender los privilegios de unas clases o de unos pueblos sobre los demás y un impedimento para que los seres humanos se comprometan en la construcción de un mundo más racional. Se repetían los viejos tópicos que hicieron escribir a Martín Buber en 1961: «Dios es la palabra más vilipendiada de todas las palabras humanas. Ninguna otra está tan manchada... Las generaciones humanas han cargado el peso de su vida angustiada sobre esta palabra y la han dejado por los suelos; yace en el polvo y sostiene el peso de todas ellas. Las generaciones humanas con sus disensiones religiosas han dilacerado esa palabra; han matado y se han dejado matar por ella; esa palabra lleva sus huellas dactilares y su sangre... Los hombres dibujan un monigote y escriben debajo la palabra "Dios"; se asesinan unos a otros y dicen hacerlo en el nombre de Dios... Debemos respetar a aquellos que evitan este nombre, porque es un modo de rebelarse contra la injusticia y la corrupción, que suelen escudarse en la autoridad de Dios». Así pues, antes de pasar adelante hemos de clarificar a qué «Dios» nos referimos.
La Filosofía habla de Dios en el tratado de Teodicea, como de un ser omnipotente, omnisciente, impasible, inmutable, feliz en la contemplación de sus perfecciones, motor inmóvil, causa increada, principio sin principio... Santo Tomás, en las primeras páginas de la Suma Teológica, nos dice que Dios es el fundamento último de toda la realidad, que no necesita a su vez ningún otro fundamento, que todo lo sustenta y todo lo mueve; Dios es el bien supremo en el que participan todos los bienes infinitos y que es su base; Dios es el último fin que dirige y ordena todas las cosas. S. Anselmo de Canterbury definió a Dios como «aquello, mayor de lo cual nada puede pensarse», no en el sentido de que es lo más grande que podemos pensar, sino que es más grande de todo lo que podemos pensar, porque supera nuestras capacidades.
Las distintas religiones también hablan de Dios, de los dioses o de lo divino, como aquel ser o aquellos seres que gobiernan el Universo, las estaciones, la vida sobre la tierra, que justifican o mantienen el orden establecido o que remedian las necesidades de los hombres. A lo largo de los siglos se han escrito páginas sublimes sobre Dios y sobre el culto que debemos ofrecerle y otras verdaderamente deplorables. Al fin y al cabo, son cosas que los hombres –normalmente con buena voluntad- han dicho o escrito sobre Dios. Pero no podemos olvidar que «a Dios nadie le ha visto nunca» (Jn 1, 18). S. Juan de la Cruz nos explica que «así como nuestros ojos pueden ver los objetos iluminados por la luz, pero no pueden mirar directamente al sol, porque el exceso de luz los quemaría, así nuestro entendimiento puede comprender las obras de Dios, pero no a Dios mismo, porque supera nuestras capacidades».
La Sagrada Escritura nos dice que Dios ha tenido una paciencia infinita con los hombres, porque nos ama como un padre a sus hijos. Ya antiguamente se manifestó de formas muy variadas a aquellas personas de buena voluntad que buscaron sinceramente su rostro y, de manera parcial, se fue revelando. Esto era una preparación para su manifestación definitiva. Finalmente, en Cristo se nos ha dado del todo, de manera directa, sin intermediarios: «Muchas veces y de muchas maneras habló Dios a nuestros padres en el pasado, por medio de los profetas. Ahora, en estos tiempos finales nos ha hablado por medio del Hijo» (Heb 1, 1-2). La pretensión cristiana es que «al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su propio Hijo, nacido de una mujer» (Gal 4, 4). En su infinita misericordia, Dios nos ha hablado; y no por medio de mensajeros iluminados, sino haciéndose uno de nosotros, usando nuestro propio lenguaje para que podamos entenderle. Ha entrado en nuestra historia y se ha dirigido a nosotros para explicarnos quién es Él, qué espera de los hombres y quiénes somos nosotros mismos.
Compadeciéndose de nuestro extravío, en Jesucristo nos ha revelado el camino de la verdad y de la sabiduría: «¿Desprecias acaso la inmensa bondad de Dios, su paciencia y su generosidad, ignorando que es la bondad de Dios la que te invita al arrepentimiento?... Ahora se ha manifestado la fuerza salvadora de Dios que, por medio de la fe en Jesucristo, alcanzará a todos los que crean» (Rom 2, 4; 3, 21). Si en Cristo es Dios mismo el que nos habla, no podemos quedarnos indiferentes, porque Él espera una respuesta de nosotros. Ante nosotros se presentan la luz y las tinieblas, la vida y la muerte, la felicidad y la insatisfacción. Es necesario hacer opciones: «Quien tiene al Hijo, tiene la vida; quien no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida» (1Jn 5, 12). Así de sencillo y de contundente: Jesús no es un añadido, una opción entre otras, sino la presencia de Dios-con-nosotros. Si lo acogemos, tenemos la Vida eterna y la Verdad de Dios, si lo rechazamos nos quedamos con nuestra pequeña vida mortal y con nuestras verdades a medias.«Tanto amó Dios al mundo que entregó a su propio Hijo, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo por medio de Él. El que cree en Él no será condenado; por el contrario, el que no cree en Él ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios. El motivo de esta condenación está en que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz» (Jn 3, 16ss).
San Juan de la Cruz, en dos de los capítulos más densos de sus obras (Subida al Monte Carmelo, libro 2, cap. 21 y 22) nos explica cómo, para quienes no conocen a Cristo o para quienes vivieron antes de la Encarnación, son lícitas cosas que no lo son para los cristianos. Dios ha usado con nosotros de una pedagogía exquisita y ha permitido muchas cosas que no eran buenas en nuestro proceso de crecimiento. Él sabe que buscábamos a tientas, guiados sólo de nuestros buenos deseos. Pero ahora ha salido a nuestro encuentro para revelarnos lo que nunca habríamos podido descubrir con nuestras fuerzas. Por eso se ha terminado el tiempo de la búsqueda. Ahora sólo nos queda acoger a Aquél que es la Verdad y profundizar en su mensaje: «Lo cual se entenderá mejor por esta comparación: Tiene un padre de familia en su mesa muchos y diferentes manjares y unos mejores que otros. Está un niño pidiéndole de un plato, no del mejor, sino del primero que encuentra; y pide de aquél porque él sabe comer mejor de aquél que de otro. Y, como el padre ve que aunque le dé del mejor manjar no lo ha de tomar, sino de aquel que pide, y que no tiene gusto sino en aquél, porque no se quede sin su comida y desconsolado, dale de aquél con tristeza... A la misma manera condesciende Dios con las almas, concediéndoles lo que no les está mejor, porque ellas no quieren o no saben ir sino por allí... En el Antiguo Testamento eran lícitas las preguntas que se hacían a Dios, porque aún entonces no estaba bien fundamentada la fe ni establecida la ley evangélica... Y todo lo que respondía, y hablaba, y obraba, y revelaba eran misterios de nuestra fe y cosas enderezadas a ella... Pero al darnos a su Hijo, que es su Palabra, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una sola vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar... Míralo tú bien, que ahí hallarás todo lo que buscas y deseas, y mucho más».
Podemos decir que las religiones representan el movimiento ascendente de la humanidad hacia Dios. Desde el principio de su historia, los seres humanos sienten la necesidad de Dios en lo más profundo de su ser y hacen lo posible por conocerle y agradarle, escribiendo tratados y buscando definiciones que descifren su misterio. Esfuerzo que surge de una necesidad interior escrita en nuestro corazón por Dios mismo, ya que fuimos creados para la comunión con Él. Pero esfuerzo estéril, al fin y al cabo, porque Dios siempre supera todo lo que podemos pensar o comprender. Todas nuestras torres de Babel están condenadas al fracaso, porque el cielo queda siempre más allá de nuestras capacidades. El Cristianismo, sin embargo, representa un movimiento descendente de Dios hacia los hombres. En el primer caso, nos encontramos ante los discursos o intuiciones de hombres piadosos o iluminados, en el segundo ante la misma Palabra de Dios que se dirige a nosotros. Las religiones son buenas y valiosas como revelaciones parciales de Dios, mientras no se conoce la Revelación definitiva del Dios Vivo. En Jesucristo ha terminado la búsqueda de la humanidad, porque es Dios mismo el que nos ha buscado a nosotros: «A Dios nadie lo ha visto nunca. El Hijo Único de Dios, que es Dios y está en el seno del Padre, nos lo ha dado a conocer» (Jn 1, 18). Por lo tanto, como nos recuerda la Dominus Iesus, las creencias de las religiones son las experiencias y pensamientos que los hombres, en la búsqueda de la verdad, han ideado y creado en su referencia a lo Divino y Absoluto. A través de ellas, muchas personas han llegado a una experiencia religiosa con Dios, que no deja de hacerse presente de muchos modos en personas y pueblos para ofrecer su salvación, aunque las religiones contengan lagunas, insuficiencias y errores. Pero la revelación de Jesucristo tiene un carácter definitivo y completo. Con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, señales y milagros, con su muerte y resurrección, y con el envío del Espíritu Santo, lleva a plenitud toda revelación. El verdadero rostro de Dios sólo lo podemos conocer mirando a Jesucristo: «Llevo tanto tiempo contigo, ¿y aún no me conoces? Quien me ve a mí, ve al Padre» (Jn 14, 9).
Lo que hemos descubierto en Jesucristo es un misterio que sobrepasa todas nuestras esperanzas e imaginaciones: Dios no es un ser solitario, que vive aburrido en su lejano cielo, sino que es Trinidad, Comunión, Acogida, Donación, Encuentro, Familia, desde toda la eternidad. Un Padre que da su Vida, su Ser y su Amor a su Hijo. Un Hijo que es igual que su Padre y le devuelve todo lo que de él recibe: su Vida, su Ser, su Amor. Un Espíritu Santo que es el Ser, la Vida y el Amor del Padre hacia el Hijo y del Hijo hacia el Padre. Toda familia y toda comunidad deberían tener por modelo a Dios mismo. En Él la entrega, el amor, el vivir el uno para el otro es lo único importante.
1."Os he llamado amigos, porque os he manifestado todo lo que he oído a mi Padre. No me habéis elegido vosotros a mí, soy yo quien os he elegido y os he destinado a que os pongáis en camino y deis fruto, y un fruto que dure" (Jn 15,15).
Jesús entrega su amistad y pide la nuestra. Ha dejado de ser el Maestro para convertirse en amigo. Escuchad como dice: Vosotros sois mis amigos... No os llamo siervos, os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer…En aras de esa amistad, que es entrañable, que es verdadera y ardorosa, desea atajar a los que aún pudieran no hacerle caso. "No sois vosotros -les dice- los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido".
Es un compañero deseoso de salvar, de alegrar y de llenar de paz a sus amigos. "Os he hablado para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud". El Maestro está con los brazos abiertos de la amistad tendidos hacia nosotros. Y con la alegría como promesa y como ofrenda. Nunca se ha visto un Dios igual. Camina ahora mismo y por cualquier calle. Por la acera de tu casa, seguro. Y está diciendo que es amigo tuyo, que te quiere igual que a su Padre y que desea llenarte de alegría. Lo va repitiendo al paso, según se acerca a tu puerta (ARL BREMEN).
2. Por lo mismo que Dios ama, creó el mundo: ¡Cuánta maravilla, cuánta belleza!:
"¡Oh montes y espesuras, plantados por la mano del Amado!, ¡oh, prado de verduras de flores esmaltado!, decid si por vosotros ha pasado" (San Juan de la Cruz)
Creó los hombres. Los hombres desobedecieron y pecaron. (Gén 3,9). El pecado es un desequilibrio, un desorden, como un ojo monstruoso fuera de su órbita, como un hueso fuera de su sitio, buscando el placer, la satisfacción del egoismo, de la soberbia. Como un sol que se sale del camino buscando su independencia. Frustraron el camino y la meta de la felicidad. De ahí nace la necesidad de la expiación, del sufrimiento, del dolor, por amor, para restablecer el equilibrio y el orden. Dios envía una Persona divina, su Hijo, a "aplastar la cabeza de la serpiente", haciéndose hombre para que ame como Dios, hasta la muerte de cruz, con el Corazón abierto.
3. Ese Hombre Dios, el Siervo de Yavé, que, "desfigurado no parecía hombre, como raiz en tierra árida, si figura, sin belleza, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, considerado leproso, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes, como cordero llevado al matadero" Isaías 52,13, inicia la redención de los hombres, sus hermanos. El es la Cabeza, a la cual quiere unir a todos los hombres, que convertidos en sacerdotes, darán gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu, e incorporados a la Cabeza, serán corredentores con El de toda la humanidad. El Padre, cuya voluntad ha venido a cumplir, lo ha constituído Pontífice de la Alianza Nueva y eterna por la unción del Espíritu Santo, y determinando, en su designio salvífico, perpetuar en la Iglesia su único sacerdocio. Para eso, antes de morir, elige a unos hombres para que, en virtud del sacerdocio ministerial, bauticen, proclamen su palabra, perdonen los pecados y renueven su propio sacrificio, en beneficio y servicio de sus hermanos. "Él no sólo ha conferido el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino también, con amor de hermano, ha elegido a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión. Ellos renuevan en su nombre el sacrificio de la redención, y preparan a sus hijos el banquete pascual, donde el pueblo santo se reúne en su amor, se alimenta con su palabra y se fortalece con sus sacramentos. Sus sacerdotes, al entregar su vida por él y por la salvación de los hermanos, van configurándose a Cristo, y así dan testimonio constante de fidelidad y amor" (Prefacio).