sábado, 14 de abril de 2018

¿Predijo la Biblia los ataques en Siria?




Un profecía de Isaías está causando mucha controversia en estos días, a la luz de los últimos eventos en Siria. El p. Sam se tomó el tiempo de explicarnos dicho texto.

sábado, 7 de abril de 2018

La suave voz del Espíritu Santo ¿cómo escucharlo?

Cómo filtrar las muchas voces que nos hablan, para escuchar lo que nos tiene que decir el Santo Espíritu de Dios.


Por: n/a | Fuente: La-palabra.com




"Se lava la carne para que se purifique el alma; se unge la carne para consagrar el alma; se signa la carne para fortalecer el alma; se imponen las manos sobre la carne para que el alma sea iluminada por el Espíritu; se nutre la carne con el Cuerpo y la Sangre de Cristo para que el alma se sacie de Dios" (Tertuliano, en De Resurrectione, 8).


Esta cita de uno de los Padres de la Iglesia nos permite ver algo de cómo los primeros cristianos entendían el Bautismo y la Confirmación, vale decir, que mientras el Bautismo "nos lava" del pecado original, es a través del don del Espíritu Santo que somos ungidos, sellados e iluminados.


Como sucede con los demás sacramentos, si queremos experimentar completamente las bendiciones de la Confirmación, a nosotros nos toca hacer algo también: creer que el Espíritu Santo vive en nosotros y que quiere hablarnos y actuar en nuestra vida. Tenemos, además, que aprender a escuchar su voz y seguir su guía. Así pues, en los párrafos siguientes, veremos cómo se pueden experimentar con mayor profundidad las bendiciones recibidas en la Confirmación.



Una multitud de voces. 


Sí, es cierto que el Espíritu Santo nos quiere hablar, pero a veces nos cuesta escucharle. Esto sucede porque hay muchas otras voces que constantemente nos llegan de todos lados pidiendo atención. Todas quieren penetrar en nuestros razonamientos e influir en las decisiones que tomamos.

Pensemos en todas las voces, unas útiles, otras inútiles, que escuchamos durante el día: voces de familiares, amigos, compañeros de trabajo y vecinos. Está además toda la inmensidad de anuncios y propaganda comercial que nos urge a comprar diversos productos o servicios que supuestamente van a comunicarnos felicidad o satisfacción en la vida. Además están los medios de difusión (periódicos, televisión, radio, internet) que tratan de informarnos y condicionarnos para pensar de una u otra forma. También está la presencia de Satanás, el maligno "que engaña a todo el mundo" (Apocalipsis 12, 9). Y, naturalmente, está nuestro Padre celestial que quiere concedernos su sabiduría y guiarnos hacia el camino de la salvación.


Con todas estas voces que llegan al oído y a la mente, uno tiene que preguntarse: ¿Cómo puedo discernir lo correcto y lo erróneo en todas estas voces? La respuesta radica, en gran parte, en los dones espirituales que recibimos en nuestra Confirmación.



Declarar culpable y convencer. 


Cuando fuimos confirmados, fuimos sellados con el Espíritu Santo, recibimos los dones espirituales y fuimos santificados como seguidores del Señor. Recibimos la gracia y el poder que nos permiten centrar la mente en las cosas de Dios y participar en la construcción del Reino en la tierra.


Pero, ¿cómo nos ayuda esta gracia día tras día? En su Evangelio, San Juan nos dice que el Espíritu Santo quiere hacernos reconocer nuestros pecados y convencernos de la santidad y la justicia de Jesús (v. Juan 16, 8-10). Esta doble obra de declararnos culpables y convencernos es parte de la esencia del Sacramento de la Confirmación.

En cuanto a reconocernos culpables de los pecados cometidos, el Espíritu Santo nos habla a la conciencia. Todos hemos pasado por situaciones en las que hemos ocultado o torcido la verdad, manipulado a alguien o desviado la atención de las consecuencias morales de alguna decisión que hayamos tomado.


Es muy importante que nosotros sepamos que el Espíritu Santo nos declara culpables de los pecados que hayamos cometido, pero es más importante aún que estemos dispuestos a reconocer la realidad de Cristo Jesús, porque quiere enseñarnos que el Señor es el fiel Servidor de Dios, que nos ha salvado de nuestros pecados; quiere revelarnos que Cristo es quien nos prodiga su divina misericordia cuando lo buscamos, que nos ama profundamente y que nunca se cansará de nosotros.



Estar conscientes de Dios. 


El Señor nos ama a todos por igual. Nos creó a todos con la misma capacidad espiritual, de modo que nadie debe sentirse en desventaja al tratar de escuchar la voz del Espíritu Santo o reconocer la obra de Dios en su vida. La Escritura contiene magníficos relatos acerca de personas como San Pedro, la Virgen María y San Felipe, que percibieron la guía del Espíritu Santo aun cuando esa guía parecía extraña al principio. Por ejemplo, Pedro estuvo dispuesto a dejar de lado la tradición judía que le prohibía entrar en la casa de un gentil, pero haciéndolo dio lugar a la expansión del Evangelio más allá del judaísmo (Hechos 10, 1-49). A su vez, el Espíritu Santo inspiró a la Virgen María, por medio de un ángel, a renunciar a sus propios planes para ser la Madre de Dios (Lucas 1, 26-38), y Felipe fue conducido por el Espíritu para dirigirse hacia el desierto sin saber exactamente por qué, pero su obediencia dio lugar a la conversión de un alto oficial del gobierno etíope (Hechos 8, 26-39).


Del mismo modo, el Espíritu Santo también quiere hablarnos a nosotros. Tal vez no sea de la manera tan dramática que leemos en estos relatos, pero él quiere infundir nuevos pensamientos en nuestra mente. Por ejemplo, tal vez al caminar hacia la Iglesia para ir a misa tú te puedes sentir movido a hablarle a un desconocido y quién sabe si eso te daría la oportunidad de compartir tu fe en Jesucristo. O bien, tal vez estés mirando la televisión cuando sientas el deseo de orar por tu familia o pedirle a Dios perdón por alguna antigua situación de pecado. Estas son ocasiones en que el Espíritu quiere inspirarte tal como inspiró a Pedro, la Virgen María y Felipe para hacer algo inesperado. Estos son ejemplos de lo que hace el Espíritu Santo para que tú seas un instrumento apto para compartir el Evangelio y edificar la Iglesia de Cristo. Y todo esto fluye del Sacramento de la Confirmación.


Sí, es cierto que es necesario asegurarnos de que estos impulsos provengan del Espíritu Santo, pero sucede muy a menudo que descartamos estas inspiraciones como cosas pasajeras sin consecuencia alguna. Naturalmente, también es posible que algunas ideas como éstas provengan sólo de nuestra propia imaginación, pero no es imposible que vengan del Espíritu Santo. Pensemos en lo que sucedió con San Pedro. Un día le dijo a Jesús "Tú eres el Mesías" (Mateo 16, 16), tal vez pensando que era algo que a él solo se le había ocurrido, pero Jesús le corrigió: "Esto no lo conociste por medios humanos, sino porque te lo reveló mi Padre que está en el cielo" (Mateo 16, 17).



¿Por qué Pedro pronunció estas palabras? 

Porque amaba a Jesús, pasaba horas en su compañía y quería llegar a ser como él. Es claro que la devoción de Pedro lo había cambiado, y al parecer, él ni siquiera se había dado cuenta. Lo mismo puede sucedernos a nosotros. Si pasamos tiempo con Jesús cada día, el amor que le tenemos crecerá y se hará más fuerte, desearemos complacerlo y comenzaremos a escuchar la voz del Espíritu Santo en el corazón. Ya sea que lo reconozcamos o no, nuestra vida comenzará a cambiar y así nos iremos asemejando un poco más al Señor.



Practicar la escucha. 


Reconozcamos que el Espíritu Santo quiere hablarnos a todos, hasta ser la voz dominante en nuestra mente, y mientras mejor dispuestos estemos a aceptar la obra del Espíritu de hacernos ver nuestros pecados, convencernos de amar al Señor y edificar la Iglesia, más nos acercaremos a Cristo y avanzaremos por el camino de la santidad. Igualmente, encontraremos que la gracia de la Confirmación tiene una influencia cada vez más poderosa en nuestra vida personal y espiritual.


Creamos pues que podemos estar conscientes de la presencia de Dios; creamos que el Espíritu Santo realmente nos habla y tratemos de percibir lo que nos trata de decir cada día, para que estemos más atentos a sus inspiraciones.


Al mismo tiempo, comprometámonos a poner en práctica al menos una buena acción que nos parezca percibir en la mente cada día de este mes. Cuando estés haciendo oración o justo después de recibir la Sagrada Eucaristía, pídele al Espíritu Santo que te hable y te conceda los dones que quiera darte. Luego, pon atención a los pensamientos que lleguen a tu mente, escribe lo que te parezca que te dice el Espíritu Santo y busca la manera de ponerlo en práctica. Después de unos días, reflexiona y ve qué tipo de resultados han surgido de lo que te pareció escuchar o de lo que hiciste

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Publicado originalmente en: La-palabra.com

domingo, 1 de abril de 2018

Mensaje y Bendición “Urbi et Orbi” 2018-04-01





Balcón central de la Basílica de San Pedro - Mensaje y Bendición "Urbi et Orbi" de Papa Francisco

DOMINGO de RESURRECCIÓN 2018




Domingo de Resurrección El Domingo de Resurrección o Vigilia Pascual es el día en que incluso la Iglesia más pobre se reviste de sus mejores ornamentos, es la cima del año litúrgico. Es el aniversario del triunfo de Cristo. Es la feliz conclusión del drama de la Pasión y la alegría inmensa que sigue al dolor. Y un dolor y gozo que se funden pues se refieren en la historia al acontecimiento más importante de la humanidad: la redención y liberación del pecado de la humanidad por el Hijo de Dios. Nos dice San Pablo: "Aquel que ha resucitado a Jesucristo devolverá asimismo la vida a nuestros cuerpos mortales". No se puede comprender ni explicar la grandeza de las Pascuas cristianas sin evocar la Pascua Judía, que Israel festejaba, y que los judíos festejan todavía, como lo festejaron los hebreos hace tres mil años, la víspera de su partida de Egipto, por orden de Moisés. El mismo Jesús celebró la Pascua todos los años durante su vida terrena, según el ritual en vigor entre el pueblo de Dios, hasta el último año de su vida, en cuya Pascua tuvo efecto la cena y la institución de la Eucaristía. Cristo, al celebrar la Pascua en la Cena, dio a la conmemoración tradicional de la liberación del pueblo judío un sentido nuevo y mucho más amplio. No es a un pueblo, una nación aislada a quien Él libera sino al mundo entero, al que prepara para el Reino de los Cielos. Las pascuas cristianas -llenas de profundas simbologías- celebran la protección que Cristo no ha cesado ni cesará de dispensar a la Iglesia hasta que Él abra las puertas de la Jerusalén celestial. La fiesta de Pascua es, ante todo la representación del acontecimiento clave de la humanidad, la Resurrección de Jesús después de su muerte consentida por Él para el rescate y la rehabilitación del hombre caído. Este acontecimiento es un hecho histórico innegable. Además de que todos los evangelistas lo han referido, San Pablo lo confirma como el historiador que se apoya, no solamente en pruebas, sino en testimonios. Pascua es victoria, es el hombre llamado a su dignidad más grande. ¿Cómo no alegrarse por la victoria de Aquel que tan injustamente fue condenado a la pasión más terrible y a la muerte en la cruz?, ¿por la victoria de Aquel que anteriormente fue flagelado, abofeteado, ensuciado con salivazos, con tanta inhumana crueldad? Este es el día de la esperanza universal, el día en que en torno al resucitado, se unen y se asocian todos los sufrimientos humanos, las desilusiones, las humillaciones, las cruces, la dignidad humana violada, la vida humana no respetada. La Resurrección nos descubre nuestra vocación cristiana y nuestra misión: acercarla a todos los hombres. El hombre no puede perder jamás la esperanza en la victoria del bien sobre el mal. ¿Creo en la Resurrección?, ¿la proclamo?; ¿creo en mi vocación y misión cristiana?, ¿la vivo?; ¿creo en la resurrección futura?, ¿me alienta en esta vida?, son preguntas que cabe preguntarse. El mensaje redentor de la Pascua no es otra cosa que la purificación total del hombre, la liberación de sus egoísmos, de su sensualidad, de sus complejos; purificación que, aunque implica una fase de limpieza y saneamiento interior, sin embargo se realiza de manera positiva con dones de plenitud, como es la iluminación del Espíritu , la vitalización del ser por una vida nueva, que desborda gozo y paz -suma de todos los bienes mesiánicos-, en una palabra, la presencia del Señor resucitado. San Pablo lo expresó con incontenible emoción en este texto : "Si habéis resucitado con Cristo vuestra vida, entonces os manifestaréis gloriosos con Él" (Col. 3 1-4).

PREGÓN PASCUAL 2018




Pregón Pascual Exulten por fin los coros de los ángeles, exulten las jerarquías del cielo, y por la victoria de Rey tan poderoso que las trompetas anuncien la salvación. Goce también la tierra, inundada de tanta claridad, y que, radiante con el fulgor del Rey eterno, se sienta libre de la tiniebla que cubría el orbe entero. Alégrese también nuestra madre la Iglesia, revestida de luz tan brillante; resuene este templo con las aclamaciones del pueblo. En verdad es justo y necesario aclamar con nuestras voces y con todo el afecto del corazón a Dios invisible, el Padre todopoderoso, y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Porque él ha pagado por nosotros al eterno Padre la deuda de Adán y, derramando su sangre, canceló el recibo del antiguo pecado. Porque éstas son las fiestas de Pascua, en las que se inmola el verdadero Cordero, cuya sangre consagra las puertas de los fieles. Ésta es la noche en que sacaste de Egipto a los israelitas, nuestros padres, y los hiciste pasar a pie el mar Rojo. Ésta es la noche en que la columna de fuego esclareció las tinieblas del pecado. Ésta es la noche en que, por toda la tierra, los que confiesan su fe en Cristo son arrancados de los vicios del mundo y de la oscuridad del pecado, son restituidos a la gracia y son agregados a los santos. Ésta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo. ¿De qué nos serviría haber nacido si no hubiéramos sido rescatados? ¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad! ¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo! Necesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado por la muerte de Cristo. ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor! ¡Qué noche tan dichosa! Sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos. Ésta es la noche de la que estaba escrito: «Será la noche clara como el día, la noche iluminada por mí gozo.» Y así, esta noche santa ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos. En esta noche de gracia, acepta, Padre santo, este sacrificio vespertino de alabanza que la santa Iglesia te ofrece por rnedio de sus ministros en la solemne ofrenda de este cirio, hecho con cera de abejas. Sabernos ya lo que anuncia esta columna de fuego, ardiendo en llama viva para gloria de Dios. Y aunque distribuye su luz, no mengua al repartirla, porque se alimenta de esta cera fundida, que elaboró la abeja fecunda para hacer esta lámpara preciosa. ¡Que noche tan dichosa en que se une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino! Te rogarnos, Señor, que este cirio, consagrado a tu nombre, arda sin apagarse para destruir la oscuridad de esta noche, y, como ofrenda agradable, se asocie a las lumbreras del cielo. Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo, ese lucero que no conoce ocaso y es Cristo, tu Hijo resucitado, que, al salir del sepulcro, brilla sereno para el linaje humano, y vive y reina glorioso por los siglos de los siglos. Amén.

sábado, 24 de marzo de 2018

DOMINGO de RAMOS 2018





Día 25 Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

Nos ofrece la Iglesia en el Domingo de Ramos, para que los recordemos y meditemos una vez más, los acontecimientos de la vida de Nuestro Señor que culminan su obra redentora en la tierra. Y convendrá que, no sólo hoy, sino también los próximos días de la Semana Santa, meditemos pausadamente en esas escenas de la Pasión que, de un modo tan claro, nos muestran el amor de Dios por el hombre y la maldad del pecado. Pero hoy, siguiendo los pasos a de Jesús y acompañados de los apóstoles y de tantos que le vitorearon aquel día, recordamos contentos la aclamación que recibió Jesús. Nos interesa mucho evocar aquella circunstancia, relativamente frecuente en su vida, aunque no faltaran también a menudo los momentos en que sufrió la incomprensión, la crítica inconsiderada y hasta la violencia de la gente. Las más de las veces, en todo caso, el pueblo sencillo reunido reconoce la bondad de Jesús, se muestran agradecidos y, de un modo natural, expresan sus sentimientos aclamándole. ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!, dice con toda razón la gente. Viene en el nombre de Dios y está ahí. Está por ellos, para ellos, a favor de ellos, como está ahora junto a nosotros aunque no le vean nuestros ojos. Aquellas gentes son para nosotros un permanente ejemplo, un recordatorio de que, teniendo a nuestro Dios tan cerca, es de justicia que nos sintamos felices. La cercanía del Señor reclama de sus hijos que demos testimonio de alegría, de optimismo, de seguridad, de paz. Es necesario que los demás nos noten sin temores a pesar del dolor y las contrariedades, a pesar de las dificultades habituales o incluso extraordinarias de nuestra vida. El estado de ánimo de un cristiano, por ser hijo de Dios, contrastará necesariamente con el de los hombres que no tienen fe o no la practican. Por tanto, si alguna vez nos sentimos tristes, reaccionaremos con prontitud: un pensamiento sobrenatural, y ¡arriba ese corazón! Jamás tenemos derecho a estar tristes. Nunca llevamos razón: por muchos aspectos negativos que nos sintamos forzados a contemplar, por grande que sea el sufrimiento, siempre será más cierto y más objetivo, que Dios nuestro Señor nos contempla con cariño paternal, aunque no sepamos reconocerlo. Tal vez –cuando por alguna circunstancia especial nos pese más la tristeza– sea entonces el momento de reaccionar y, estimulados quizá por ese sinsabor, abriremos los ojos del alma, hasta reconocer que el Señor pasa triunfante ante nosotros y para nosotros como siempre. De continuo es una buena ocasión para la alegría. Aunque en nuestra vida haya penas, no deben ser jamás tan profundas como para introducirnos en una absoluta tristeza. Seríamos injustos por no darle importancia a que Dios está junto a nosotros de continuo: siempre junto a nosotros y a nuestro favor. El Domingo de Ramos, día de alegría también en la liturgia, puede y debe ser, en este sentido, una jornada de siempre, habitual para cada uno: vivir es un permanente Domingo de Ramos. Pero, antes de las alabanzas, nos cuenta San Marcos un suceso muy interesante porque de algún modo hizo posible la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Jesús encomienda a dos de sus discípulos una pequeña tarea. Deben realizar un misterioso encargo, consistente en traerle un borrico joven –en el que nadie había montado todavía– para que, a la usanza de los grandes personajes de Israel, pudiera recibir adecuadamente la aclamación del pueblo.



sábado, 17 de marzo de 2018

¿Cómo hacer una buena confesión?

El P. José Luis nos regala una guía que nos ayudará muchísimo

Por: P. José Luis González S. | Fuente: padrejoseluisgs.com




Cuando nos damos cuenta de que tenemos pecados que no podemos vencer o que cometemos muy seguido, nos desanimamos y pensamos que es inútil confesarnos. Lo que sucede es que muchas veces no hacemos un buen examen de conciencia. Te comparto esta guía, basada en los 10 mandamientos y los 7 pecados capitales, que te ayudarán a preparar una buena confesión. No tengas miedo, Dios te espera con los brazos abiertos para regalarte su perdón.


A.- Los Diez Mandamientos
Examina tu conciencia. Se recuerdan los pecados preguntándose sin prisa lo que se ha hecho en contra de los mandamientos de la Ley de Dios y de la Iglesia, con plena advertencia y pleno consentimiento.


Primer Mandamiento Amarás a Dios sobre todas las cosas 
  • ¿He admitido en serio alguna duda contra las verdades de la fe? ¿He llegado a negar la fe o algunas de sus verdades, en mi pensamiento o delante de los demás?
  • ¿He desesperado de mi salvación o he abusado de la confianza en Dios, presumiendo que no me abandonaría, para pecar con mayor tranquilidad?
  • ¿He murmurado interna o externamente contra el Señor cuando me ha acaecido alguna desgracia?
  • ¿He abandonado los medios que son por sí mismos absolutamente necesarios para la salvación? ¿He procurado alcanzar la debida formación religiosa?
  • ¿He hablado sin reverencia de las cosas santas, de los sacramentos, de la Iglesia, de sus ministros?
  • ¿He abandonado el trato con Dios en la oración o en los sacramentos?
  • ¿He practicado la superstición o el espiritismo? ¿Pertenezco a alguna sociedad o movimiento ideológico contrario a la religión?
  • ¿Me he acercado indignamente a recibir algún sacramento?
  • ¿He leído o retenido libros, revistas o periódicos que van contra la fe o la moral? ¿Los di a leer a otros?
  • ¿Trato de aumentar mi fe y amor a Dios?
  • ¿Pongo los medios para adquirir una cultura religiosa que me capacite para ser testimonio de Cristo con el ejemplo y la palabra?
  • ¿He hecho con desgana las cosas que se refieren a Dios?
Segundo Mandamiento – No jurarás el nombre de Dios en vano
 
  • ¿He blasfemado? ¿Lo he hecho delante de otros?
  • ¿He hecho algún voto, juramento o promesa y he dejado de cumplirlo por mi culpa?
  • ¿He honrado el santo nombre de Dios? ¿He pronunciado el nombre de Dios sin respeto, con enojo, burla o de alguna manera poco reverente?
  • ¿He hecho un acto de desagravio, al menos interno, al oír alguna blasfemia o al ver que se ofende a Dios?
  • ¿He jurado sin verdad? ¿Lo he hecho sin necesidad, sin prudencia o por cosa de poca importancia?
  • ¿He jurado hacer algún mal? ¿He reparado el daño que haya podido seguirse de mi acción?
Tercer Mandamiento – Santificarás las fiestas
  • ¿Creo todo lo que enseña la Iglesia Católica? ¿Discuto sus mandatos olvidando que son mandatos de Cristo?
  • ¿He faltado a Misa los domingos o fiestas de guardar? ¿Ha sido culpa mía? ¿Me he distraído voluntariamente o he llegado tan tarde que no he cumplido con el precepto?
  • ¿He impedido que oigan la Santa Misa los que dependen de mí?
  • ¿He guardado el ayuno una hora antes del momento de comulgar?
  • ¿He trabajado corporalmente o he hecho trabajar sin necesidad urgente un día de precepto, por un tiempo considerable, por ejemplo, más de dos horas?
  • ¿He observado la abstinencia durante los viernes de Cuaresma?
  • ¿He rezado alguna oración o realizado algún acto de penitencia los demás viernes del año en los que no he guardado la abstinencia? ¿He ayunado y guardado abstinencia el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo?
  • ¿Cumplí la penitencia que me impuso el sacerdote en la última confesión? ¿He hecho penitencia por mis pecados? ¿Me he confesado al menos una vez al año?
  • ¿Me he acercado a recibir la Comunión en el tiempo establecido para cumplir con el precepto pascual? ¿Me he confesado para hacerlo en estado de gracia?
  • ¿Excuso o justifico mis pecados?
  • ¿He callado en la confesión, por vergüenza, algún pecado grave? ¿He comulgado después alguna vez?
Cuarto Mandamiento – Honrarás a tu padre y a tu madre
(Hijos)
  • ¿He desobedecido a mis padres o superiores en cosas importantes?
  • ¿Tengo un desordenado afán de independencia que me lleva a recibir mal las indicaciones de mis padres simplemente porque me lo mandan? ¿Me doy cuenta de que esta reacción está ocasionada por la soberbia?
  • ¿Les he entristecido con mi conducta?
  • ¿Les he amenazado o maltratado de palabra o de obra, o les he deseado algún mal grave o leve?
  • ¿Me he sentido responsable ante mis padres por el esfuerzo que hacen para que yo me forme, estudiando con intensidad?
  • ¿He dejado de ayudarles en sus necesidades espirituales o materiales?
  • ¿Me dejo llevar del mal genio y me enfado con frecuencia y sin motivo justificado?
  • ¿Soy egoísta con las cosas que tengo, y me duele dejarlas a los demás hermanos?
  • ¿He reñido con mis hermanos?
  • ¿He dejado de hablarme con ellos y no he puesto los medios necesarios para la reconciliación?
  • ¿Soy envidioso y me duele que otros destaquen más que yo en algún aspecto?
  • ¿He dado mal ejemplo a mis hermanos?
(Padres)
  • ¿Desobedezco a mis superiores en cosas importantes?
  • ¿Permanezco indiferente ante las necesidades, problemas y sufrimientos de la gente que me rodea, singularmente de los que están cerca de mí por razones de convivencia o trabajo?
  • ¿Soy causa de tristeza para mis compañeros de trabajo por negligencia, descortesía o mal carácter?
  • ¿He dado mal ejemplo a mis hijos no cumpliendo con mis deberes religiosos, familiares o profesionales? ¿Les he entristecido con mi conducta?
  • ¿Les he corregido con firmeza en sus defectos o se los he dejado pasar por comodidad? ¿Corrijo siempre a mis hijos con justicia y por amor a ellos, o me dejo llevar por motivos egoístas o de vanidad personal, porque me molestan, porque me dejan mal ante los demás o porque me interrumpen?
  • ¿Les he amenazado o maltratado de palabra o de obra, o les he deseado algún mal grave o leve?
  • ¿He descuidado mi obligación de ayudarles a cumplir sus deberes religiosos y de evitar las malas compañías?
  • ¿He abusado de mi autoridad y ascendiente forzándoles a recibir los sacramentos, sin pensar que por vergüenza o excusa humana, podrían hacerlo sin las debidas disposiciones?
  • ¿He impedido que mis hijos sigan la vocación con que Dios les llama a su servicio? ¿Les he puesto obstáculos o les he aconsejado mal?
  • Al orientarles en su formación profesional, ¿me he guiado por razones objetivas de capacidad y medios, o he seguido más bien los dictados de mi vanidad o egoísmo?
  • ¿Me preocupo de modo constante por su formación en el aspecto religioso?
  • ¿Me he preocupado también de la formación religiosa y moral de las otras personas que viven en mi casa o que dependen de mí?
  • ¿Me he opuesto a su matrimonio sin causa razonable?
  • ¿Permito que trabajen o estudien en lugares donde corre peligro su alma o su cuerpo? ¿He descuidado la natural vigilancia en las reuniones de chicos y chicas que se tengan en casa evitando dejarles solos? ¿Soy prudente a la hora de orientar sus diversiones?
  • ¿He tolerado escándalos o peligros morales o físicos entre las personas que viven en mi casa?
  • ¿Sacrifico mis gustos, caprichos y diversiones para cumplir con mi deber de dedicación a la familia?
  • ¿Procuro hacerme amigo de mis hijos? ¿He sabido crear un clima de familiaridad evitando la desconfianza y los modos que impiden la legítima libertad de los hijos?
  • ¿Doy a conocer a mis hijos el origen de la vida, de un modo gradual, acomodándome a su mentalidad y capacidad de comprender, anticipándome ligeramente a su natural curiosidad?
  • ¿Evito los conflictos con los hijos quitando importancia a pequeñeces que se superan con un poco de perspectiva y sentido del humor?
  • ¿Hago lo posible por vencer la rutina en el cariño a mi esposo(a)?
  • ¿Soy amable con los extraños y me falta esa amabilidad en la vida familiar?
  • ¿He reñido con mi consorte? ¿Ha habido malos tratos de palabra o de obra? ¿He fortalecido la autoridad de mi cónyuge, evitando reprenderle, contradecirle o discutirle delante de los hijos?
  • ¿Le he desobedecido o injuriado? ¿He dado con ello mal ejemplo?
  • ¿Me quejo delante de la familia de la carga que suponen las obligaciones domésticas?
  • ¿He dejado demasiado tiempo solo a mi consorte?
  • ¿He procurado avivar la fe en la Providencia y ganar lo suficiente para poder tener o educar a más hijos?
  • ¿Pudiendo hacerlo he dejado de ayudar a mis parientes en sus necesidades espirituales o materiales?
Quinto Mandamiento – No matarás
  • ¿Tengo enemistad, odio o rencor hacia alguien?
  • ¿He dejado de hablarme con alguien y me niego a la reconciliación o no hago lo posible por conseguirla?
  • ¿Evito que las diferencias políticas o profesionales degeneren en indisposición, malquerencia u odio hacia las personas?
  • ¿He deseado un mal grave al prójimo? ¿Me he alegrado de los males que le han ocurrido?
  • ¿Me he dejado dominar por la envidia?
  • ¿Me he dejado llevar por la ira? ¿He causado con ello disgusto a otras personas?
  • ¿He despreciado a mi prójimo? ¿Me he burlado de otros o les he criticado, molestado o ridiculizado?
  • ¿He maltratado de palabra o de obra a los demás? ¿Pido las cosas con malos modales, faltando a la caridad?
  • ¿He llegado a herir o quitar la vida al prójimo? ¿He sido imprudente en la conducción de vehículos?
  • ¿He practicado o colaborado en la realización de algún aborto? ¿He abortado o inducido a alguien a abortar, sabiendo que constituye un pecado gravísimo que lleva consigo la excomunión?
  • ¿He contribuido a adelantar la muerte a algún enfermo con pretextos de evitar sufrimientos o sacrificios, sabiendo que la eutanasia es un homicidio?
  • Con mi conversación, mi modo de vestir, mi invitación a presenciar algún espectáculo o con el préstamo de algún libro o revista, ¿he sido la causa de que otros pecasen? ¿He tratado de reparar el escándalo?
  • ¿He descuidado mi salud? ¿He atentado contra mi vida?
  • ¿Me he embriagado, bebido con exceso o tomado drogas?
  • ¿Me he dejado dominar por la gula, es decir, por el placer de comer y beber más allá de lo razonable?
  • ¿Me he deseado la muerte sin someterme a la Providencia de Dios?
  • ¿Me he preocupado del bien del prójimo, avisándole del peligro material o espiritual en que se encuentra o corrigiéndole como pide la caridad cristiana?
  • ¿He descuidado mi trabajo, faltando a la justicia en cosas importantes? ¿Estoy dispuesto a reparar el daño que se haya seguido de mi negligencia?
  • ¿Procuro acabar bien el trabajo pensando que a Dios no se le deben ofrecer cosas mal hechas? ¿Realizo el trabajo con la debida pericia y preparación?
  • ¿He abusado de la confianza de mis superiores? ¿He perjudicado a mis superiores o subordinados o a otras personas haciéndoles un daño grave?
  • ¿Facilito el trabajo o estudio de los demás, o lo entorpezco de algún modo, por ejemplo, con rencillas, derrotismos e interrupciones?
  • ¿He sido perezoso en el cumplimiento de mis deberes?
  • ¿Retraso con frecuencia el momento de ponerme a trabajar o estudiar?
  • ¿Tolero abusos o injusticias que tengo obligación de impedir?
  • ¿He dejado, por pereza, que se produzcan graves daños en mi trabajo? ¿He descuidado mi rendimiento en cosas importantes con perjuicio de aquellos para quienes trabajo? materiales?
Sexto y Noveno Mandamientos – No cometerás actos impuros (6) y No consentirás pensamientos ni deseos impuros (9)
  • ¿Me he entretenido con pensamientos o recuerdos deshonestos?
  • ¿He traído a mi memoria recuerdos o pensamientos impuros?
  • ¿Me he dejado llevar de malos deseos contra la virtud de la pureza, aunque no los haya puesto por obra? ¿Había alguna circunstancia que los agravase: parentesco, matrimonio o consagración a Dios en las personas a quienes se dirigían?
  • ¿He tenido conversaciones impuras? ¿Las he comenzado yo?
  • ¿He asistido a diversiones que me ponían en ocasión próxima de pecar? (ciertos bailes, cines o espectáculos inmorales, malas lecturas o compañías). ¿Me doy cuenta de que ponerme en esas ocasiones es ya un pecado?
  • ¿Guardo los detalles de modestia que son la salvaguardia de la pureza? ¿Considero esos detalles ñoñería?
  • Antes de asistir a un espectáculo, o leer un libro, ¿me entero de su calificación moral para no ponerme en ocasión próxima de pecado evitando así las deformaciones de conciencia que pueda producirme?
  • ¿Me he entretenido con miradas impuras?
  • ¿He rechazado las sensaciones impuras?
  • ¿He visto pornografía? ¿Me he masturbado?
  • ¿He hecho acciones impuras? ¿Solo o con otras personas? ¿Cuántas veces? ¿Del mismo o distinto sexo? ¿Había alguna circunstancia de parentesco o afinidad que le diera especial gravedad? ¿Tuvieron consecuencias esas relaciones? ¿Hice algo para impedirlas? ¿Después de haberse formado la nueva vida? ¿He cometido algún otro pecado contra la pureza?
  • ¿Tengo amistades que son ocasión habitual de pecado? ¿Estoy dispuesto a dejarlas?
  • En el noviazgo, ¿es el amor verdadero la razón fundamental de esas relaciones? ¿Vivo el constante y alegre sacrificio de no convertir el cariño en ocasión de pecado? ¿Degrado el amor humano confundiéndolo con el egoísmo y con el placer?
  • El noviazgo debe ser una ocasión de ahondar en el afecto y en el conocimiento mutuo; ¿mis relaciones están inspiradas no por afán de posesión, sino por el espíritu de entrega, de comprensión, de respeto, de delicadeza?
  • ¿Me acerco con más frecuencia al sacramento de la Penitencia durante el noviazgo para tener más gracia de Dios? ¿Me han alejado de Dios esas relaciones?
(Esposos)
  • ¿He usado indebidamente el matrimonio? ¿He negado su derecho al otro cónyuge? ¿He faltado a la fidelidad conyugal con deseos o de obra?
  • ¿Hago uso del matrimonio solamente en aquellos días en que no puede haber descendencia? ¿Sigo este modo de control de la natalidad sin razones graves?
  • ¿He usado preservativos o tomado fármacos para evitar los hijos? ¿He inducido a otras personas a que los tomen? ¿He influido de alguna manera —consejos, bromas o actitudes— en crear un ambiente antinatalista?
Séptimo y Décimo Mandamientos – No robarás (7) y No codiciarás los bienes ajenos (10)
  • ¿He robado algún objeto o alguna cantidad de dinero? ¿He reparado o restituido pudiendo hacerlo? ¿Estoy dispuesto a realizarlo? ¿He cooperado con otros en algún robo o hurto? ¿Había alguna circunstancia que lo agravase, por ejemplo, que se tratase de un objeto sagrado? ¿La cantidad o el valor de los apropiado era de importancia?
  • ¿Retengo lo ajeno contra la voluntad de su dueño?
  • ¿He perjudicado a los demás con engaños, trampas o coacciones en los contratos o relaciones comerciales?
  • ¿He hecho daño de otro modo a sus bienes? ¿He engañado cobrando más de lo debido? ¿He reparado el daño causado o tengo la intención de hacerlo?
  • ¿He gastado más de lo que me permite mi posición?
  • ¿He cumplido debidamente con mi trabajo, ganándome el sueldo que me corresponde?
  • ¿He dejado de dar lo conveniente para ayudar a la Iglesia?
  • ¿Hago limosna según mi posición económica?
  • ¿He llevado con sentido cristiano la carencia de cosas superfluas, o incluso necesarias?
  • ¿He defraudado a mi consorte en los bienes?
  • ¿Retengo o retraso indebidamente el pago de jornales o sueldos?
  • ¿Retribuyo con justicia el trabajo de los demás?
  • En el desempeño de cargos o funciones públicas, ¿me he dejado llevar del favoritismo, acepción de personas, faltando a la justicia?
  • ¿Cumplo con exactitud los deberes sociales, v. gr., pago de seguros sociales, con mis empleados? ¿He abusado de la ley, con perjuicio de tercero, para evitar el pago de los seguros sociales?
  • ¿He pagado los impuestos que son de justicia?
  • ¿He evitado o procurado evitar, pudiendo hacerlo desde el cargo que ocupo, las injusticias, los escándalos, hurtos, venganzas, fraudes y demás abusos que dañan la convivencia social?
  • ¿He prestado mi apoyo a programas inmorales y anticristianos de acción social y política?
Octavo Mandamiento No levantarás falsos testimonios ni mentirás
  • ¿He dicho mentiras? ¿He reparado el daño que haya podido seguirse? ¿Miento habitualmente porque es en cosas de poca importancia?
  • ¿He descubierto, sin justa causa, defectos graves de otra persona, aunque sean ciertos, pero no conocidos? ¿He reparado de alguna manera, v. gr., hablando de modo positivo de esa persona?
  • ¿He calumniado atribuyendo a los demás lo que no era verdadero? ¿He reparado el daño o estoy dispuesto a hacerlo?
  • ¿He dejado de defender al prójimo difamado o calumniado?
  • ¿He hecho juicios temerarios contra el prójimo? ¿Los he comunicado a otras personas? ¿He rectificado ese juicio inexacto?
  • ¿He revelado secretos importantes de otros, descubriéndolos sin justa causa? ¿He reparado el daño seguido?
  • ¿He hablado mal de otros por frivolidad, envidia, o por dejarme llevar del mal genio?
  • ¿He hablado mal de los demás —personas o instituciones— con el único fundamento de que “me contaron” o de que “se dice por ahí”? Es decir, ¿he cooperado de esta manera a la calumnia y a la murmuración?
  • ¿Tengo en cuenta que las discrepancias políticas, profesionales o ideológicas no deben ofuscarme hasta el extremo de juzgar o hablar mal del prójimo, y que esas diferencias no me autorizan a descubrir sus defectos morales a menos que lo exija el bien común?
  • ¿He revelado secretos sin justa causa? ¿He hecho uso en provecho personal de lo que sabía por silencio de oficio? ¿He reparado el daño que causé con mi actuación?
  • ¿He abierto o leído correspondencia u otros escritos que por su modo de estar conservados, se desprende que sus dueños no quieren darlos a conocer?
  • ¿He escuchado conversaciones contra la voluntad de los que las mantenían?
 B.- Los siete Pecados Capitales
1.- La Soberbia:
Opinión demasiado buena que tiene uno de sí mismo. Admiración excesiva del propio yo. El orgullo hace que uno sea su propia ley, su propio juez en cuestiones de moral y su propio Dios. El orgullo engendra la censura, la maledicencia, las frases hirientes y la difamación de la personalidad de otros, que infla más nuestro “EGO”. El orgullo hace que califique uno de imbéciles a quienes no están de acuerdo con uno. Preguntémonos:
  • ¿Asumo actitudes de jactancia o vanagloria?
  • ¿Me produce engreimiento que se hable de mi?
  • ¿Soy acaso hipócrita?
  • ¿Pretendo ser lo que no soy?
  • ¿Soy terco?
  • ¿Rehúso renunciar a mi voluntad o capricho?
  • ¿Nunca doy mi brazo a torcer?
  • ¿Soy voluntarioso/a? ¿Me causa resentimiento todo lo que contraría mi voluntad?
  • ¿Me peleo cada vez que mis deseos son amenazados?
  • ¿Soy desobediente? ¿Soy renuente a someterme a las decisiones de quienes legítimamente son mis superiores?
  • ¿Rehuso someterme a la Voluntad de Dios?
2.- La avaricia:
Apego desordenado a las riquezas. Perversión del derecho que Dios nos ha concedido de poseer cosas.
  • ¿Quiero tener dinero como una finalidad en sí
  • ¿Deseo tenerlo como un medio para lograr una finalidad, como satisfacer necesidades de mi espíritu y de mi organismo?
  • ¿Carezco de honradez? ¿Hasta qué grado y en qué forma?
  • ¿Correspondo con toda honradez, con mi trabajo al pago que por desempeñarlo se me da?
  • ¿Cómo empleo el dinero que gano?
  • ¿Soy tacaño (a) con mi familia?
  • ¿Siento apego al dinero en sí?
  • ¿Hasta qué grado llega mi amor al lujo?
  • ¿En qué forma ahorro dinero?
  • ¿Me valgo de trampas ó no me detiene el hecho de que un negocio no sea limpio con tal de hacer y ganar dinero?
  • ¿Trato de engañarme a mí mismo (a) y cierro los ojos en casos como estos?
  • ¿Le llamo ahorro a lo que sé que es tacañería?
  • Cuando se trata de negocios que pueden dejarme utilidades considerables, pero que obviamente son de mala fe, ¿trato de justificarme diciendo que “son negocios de gran envergadura”?
  • ¿Confundo lo que es un atesoramiento irrazonable, con lo que es asegurar el porvenir propio y de mi familia?
  • Si en la actualidad no tengo dinero, ni ningún bien económico, ¿qué me propongo hacer para llegar a tenerlo?
  • ¿Me valdría de medios poco limpios para lograrlo?
3.- La lujuria:
Afición desordenada a los placeres de la carne. Deseo excesivo de los placeres de la carne.
  • ¿Soy culpable de Lujuria en cualquiera de sus formas?
  • ¿Trato de justificarme cuando doy rienda suelta a mi apetito sexual, diciéndome que mis desmanes son “necesarios para la salud” o la expresión de mi individualidad?
  • ¿Tengo relaciones sexuales extra-maritales?
  • Si soy casado, ¿me conduzco como un hombre o como una bestia? ¿Realmente creo que la lujuria es amor?
  • ¿Sé en el fondo de mí mismo que la lujuria no es amor y que el amor no se reduce al sexo?
  • ¿Creo que la cuestión sexual no es mas que una parte del amor, una de las formas en que se manifiesta y que moralmente se limita al matrimonio?
  • ¿He cometido excesos de lujuria que hayan afectado a mi razón en alguna de las siguientes formas:
    a.- Pervirtiendo mi modo de ver y de entender, hasta hacer que no pueda discernir la verdad?
    b.- Menguando mi prudencia y por consiguiente dañando mi sentido de los valores, con el resultado de cometer desatinos?
    c.- Amando mi egoísmo y como consecuencia, falta de consideración de mi parte?
    d.- Debilitando mi voluntad hasta llegar a perder la facultad para tomar una decisión y convertirme en un ser voluble?
  • ¿Es posible que Dios, tal como lo concibo, le conceda lo que le pida a una persona relajada en sus costumbres sexuales, dentro o fuera del matrimonio?
  • ¿Aprobaría Dios mis hábitos sexuales?
4.- La envidia:
Disgusto ó pesar del bien ajeno.
  • ¿Me molesta que otros sean felices o tengan éxitos tal cómo si esa felicidad o ese éxito, fuese algo que me lo hubiesen quitado a mí?
  • ¿Me causan resentimiento aquellos que son más inteligentes que yo, porque envidio que lo sean?
  • ¿Censuro lo que hacen otros porque para mis adentros, quisiera haberlo hecho yo, por el honor o el prestigio que eso trae?
  • ¿Soy envidioso al grado de tratar de menguar la personalidad de alguien intrigando insidiosamente contra él?
  • ¿Propago chismes?
  • ¿Creo que son envidiosos aquellos que llaman hipócritas a quienes aunque sujetos a error como todo ser humano, tratan de cumplir con los preceptos de su religión? ¿ Soy culpable en ese sentido?
  • ¿Califico de presumidos a quienes son bien educados o instruidos, porque les envidio esas ventajas?
  • ¿Es real el aprecio que manifiesto por otros?
  • ¿Envidio a alguien por alguno de los motivos mencionados o por cualquier otro?
5.-La ira:
Cólera, enojo, apetito de venganza. Irritación, movimiento desordenado del alma ofendida. Molestia.
  • ¿Me dejo llevar por la ira?
  • ¿Tengo arranques de cólera?
  • ¿Siento deseos de venganza?
  • ¿Juro que: “esto me lo pagarán”?
  • ¿Recurro a la violencia?
  • ¿Soy susceptible, sensitivo o impaciente con exceso?
  • ¿Me molesto por cualquier cosa?
  • ¿Murmuro o refunfuño?
  • ¿Ignoro que la ira es un obstáculo para el equilibrio de la personalidad y para el desarrollo espiritual?
  • ¿Me doy cuenta de que la ira rompe el equilibrio mental y por consiguiente, impide juzgar acertadamente?
  • ¿Dejo que me maneje la ira, cuando sé que me ciega a los derechos de los demás?
  • ¿Como puedo justificarme ni el más insignificante berrinche, cuando sé que la ira rompe la concentración que necesito para poder cumplir con la voluntad de Dios?
  • ¿Me contagia la ira de otros que por su debilidad se molestan conmigo?
  • ¿Puedo esperar que la Serenidad de Dios llegue a mi alma, mientras ésta está sujeta a mis accesos de ira, motivados a veces por insignificancias?
6.- La gula:
Falta de moderación con la comida o en la bebida. Abuso del placer que Dios ha conferido de comer y beber lo que necesitamos para nuestra subsistencia.
  • ¿Me debilito moral o intelectualmente debido a mis excesos con la comida o con la bebida?
  • ¿Acostumbro a comer con exceso, esclavizándome así a los placeres de la mesa?
  • ¿Creo que el hecho de comer o beber con exceso no afecta a la moral en mi vida?
  • ¿He bebido o comido con tal exceso que haya vomitado, para luego seguir bebiendo o comiendo?
  • ¿Bebo con tal exceso que esto llega a afectarme?
7.- La pereza:
Vicio que nos aleja del trabajo, del esfuerzo. Enfermedad de la voluntad que nos hace descuidar nuestro deber.
 
  • ¿Soy perezoso (a)?
  • ¿Soy dado a la holganza o indiferente cuando se trata de cosas de orden material?
  • ¿Soy tibio o descuidado en mis oraciones?
  • ¿Desprecio la disciplina?
  • ¿Prefiero leer una novela que algo que requiera un esfuerzo mental?
  • ¿Soy pusilánime para llevar a cabo lo que moral o espiritualmente es difícil?
  • ¿Soy descuidado (a)?
  • ¿Siento aversión por lo que signifique esfuerzo?
  • ¿Me distraen fácilmente las cosas de orden temporal de las que son espirituales?
  • ¿Llega mi indolencia al grado de desempeñar descuidadamente mi trabajo?
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