sábado, 8 de junio de 2013

El grupo de montaña de la parroquia acercó a Álvaro a la fe... y a la vocación sacerdotal

Álvaro Campón nació y ha vivido siempre en Avila, fue a un colegio católico, ha ido a la universidad e, incluso, trabajaba en un laboratorio. Una vida normal y corriente hasta aquí, pero con un par de notas a tomar en cuenta: nació en una familia no practicante y hoy estudia para ser sacerdote en la Pontificia de Salamanca.

Biotecnología en el laboratorio

 
“Nací en Ávila en el año 1989, crecí y viví también en Ávila. Iba al colegio Asunción de Nuestra Señora, desde los dos años que entré en la guardería, hasta que salí en segundo de bachillerato”, explica Alvaro, después estudió Biotecnología y pasaba largas horas en un laboratorio. Una vida bien encaminada.

“Realmente nunca he vivido la fe dentro de mi casa", comenta Alvaro. Fui bautizado y tomé la comunión e incluso empecé la catequesis de confirmación sin creer en Dios. Era algo que tocaba, y ya está”.

Valores previos a la fe

 
Lo bueno de su familia es que sus padres siempre le educaron en unos valores firmes especialmente para que eligiera con libertad: “Cierto es que no he vivido la fe en mi casa ni en la comunidad parroquial hasta que no lo he elegido por mí mismo; pero si hay algo que me han inculcado mis padres es la capacidad de ser libre para elegir, de la honestidad con uno mismo y de la coherencia. Sin esta educación –explica Alvaro- dudo que hubiera tenido el valor para dar el paso que he dado. Sin saberlo han sido y siguen siendo instrumentos de Dios en mi vida”.

Sus dos grandes pasiones de adolescente, y todavía hoy, son la música y la montaña: “La providencia quiso que me encontrara de frente con una parroquia donde se vivía intensamente esto que a mí me apasionaba: clases de guitarra y campamentos de montaña. Entonces tenía 15 años”.

Dos monjas enamoradas de Cristo


En la parroquia se encontró con dos monjas muy especiales: “Me hicieron comprender con su vida que se sentían amadas por Dios, que eran felices porque sabían por quién vivir, que merecía la pena conocer a Cristo. Y al final –confiesa Alvaro- todo se pega, la alegría se contagia, y el Evangelio entra en nosotros con una fuerza que no podemos explicar ni entender”.

Y es que Dios cuando entra en la vida de una persona y está dispuesto a cambiarla, lo hace con todas las consecuencias: “Dios ha salido a mi vida, me he sentido mirado, me he sentido capacitado para lo que me pedía a través de la Iglesia, me he sentido amado y consolado, me he sentido escogido. No puedo contar en unas frases la experiencia de Cristo, es algo que me sobrepasa. Solo puedo decir que sólo con Él he sido capaz de salir de mí mismo, de descubrir la belleza, de sentirme pequeño (como un insignificante humano más en este paso fugaz por la vida), y a la vez enorme (amado por Él)”, explica.

He entregado mi vida a quien me ama


¿Y por fuera?: “He cambiado exteriormente. Ahora soy seminarista, vivo en una comunidad con 14 hermanos y dos formadores a los que quiero y con los que convivo a diario -revela. Ha cambiado radicalmente mi actividad, ahora estudio Teología en la Universidad Pontificia de Salamanca después de años estudiando una carrera de ciencias naturales”.

Más aún: “Me he enfrentado a mis miedos, a los prejuicios de los demás e incluso a Dios. Y he crecido. He crecido como persona y he crecido en la fe, y sigo haciéndolo cada día. He decidido ser Libre de Verdad, entregando mi vida a quien sé que me ama y ha dado la suya por mí”.

Mirando hacia atrás nos expone lo más profundo y humano de su decisión: “Lo más importante en esta vida no es hacer cosas, sino saber por qué las haces, y en mi caso por quién. Romper ha sido muy duro –estudios, trabajo, un futuro prometedor-, pero más duro sería vivir al margen de mi realidad, sin querer ver lo que estaba delante de mis ojos. Decía Nietzsche que quien tiene un qué y un porqué, puede soportar casi cualquier cómo. Pues yo en he encontrado mi ‘porqué”.

Dios nos capacita


En un mundo tan secularizado como en el que vivimos en donde Dios no tiene cabida, o si la tiene se le convoca como convidado de piedra para ocasiones especiales, Alvaro responde con autoridad y humildad a la vez cuando le preguntamos que por qué Dios le ha elegido a él: “Alguien dijo alguna vez que Dios no elige a los capacitados sino que capacita a los elegidos. Está todo en sus manos. Y realmente me he sentido como Teresita de Lisieux: ‘Yo pensé que había nacido para la gloria, y buscando la forma de alcanzarla, comprendí que el Amor lo es todo. ¡El Amor me ha escogido a mí, que soy tan poca cosa!”

Bueno, una vez encontrado el Quién y el Cómo e, incluso, de alguna forma especial el Por Qué, se atreve a lanzar un mensaje a los jóvenes de su edad: “Encontrad vuestro ‘porqué’. No todo merece la pena. Hay algo que da una alegría plena: saberte elegido para una misión. Estad atentos y no tengáis miedo a seguir el camino si esa es vuestra vida. No seamos indiferentes al mal, seamos valientes, no hay nada tan grande como vivir por, para y en el Amor. Y repitiendo las palabras de Benedicto XVI en la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid, ‘no os conforméis con menos que la Verdad y el Amor”.

Dios sigue invitando a los jóvenes a seguirle


En esta misma línea nos responde Ángel Pérez Pueyo, el Director del Secretariado de la Comisión Episcopal de Seminarios de la Conferencia Episcopal Española: “Me resisto a creer que algún día haya jóvenes que no piensen, que no sientan, que no se compadezcan de tantos hombres y mujeres ‘crucificados’, heridos, rotos, vacíos, deshabitados interiormente… que no escuchen la voz del Señor en ellos que les invita a ser su ‘cirineo’, a cargar con su cruz para que puedan sentirse verdaderamente sanados, perdonados, amados incondicionalmente por Dios”.

Y es que Dios sigue llamando, como a Álvaro Campón, capaz de dejar todo para seguir a Jesús: “Actualmente hay mucha gente desencantada que se sienteabandonada a su propia suerte y dirige su mirada confiada a Dios –explica don Angel Pérez-, como nos recuerda el Papa Benedicto XVI, conscientes de que el mundo sólo es redimido por el Crucificado, que les devuelve la dignidad de hijos de Dios”.

Ser sacerdote, una vida fascinante


Frente a quienes piensan desde fuera, ¡siempre desde fuera!, que la vida del sacerdote es algo triste y que supone algo penoso, este sacerdote nos explica desde su experiencia personal que “ser sacerdote sigue siendo fascinante para aquellos jóvenes que se sienten urgidos a propiciar y favorecer, entre unos y otros, la armonía, el equilibrio, el respeto, la libertad, la dignidad, el cariño, la reconciliación entre los hombres y Dios…”

¿Cómo son los sacerdotes del siglo XXI?


Los sacerdotes no caen del cielo, con los bolsillos repletos de estrellas, sino que nacen en el seno de una familia y crecen al calor de los diferentes grupos juveniles, comunidades cristianas, movimientos apostólicos…

Don Angel Pérez aclara: “Son jóvenes normales, hijos de su tiempo”. Y nos detalla lo siguiente: “Son jóvenes que se sienten interiormente cautivados por el Señor y su Evangelio; están dispuestos a vivir su seguimiento al Señor en condiciones de riesgo, radicalidad y total disponibilidad. La mediocridad no cautiva a nadie. Viven sin complejos, y les gusta vestir de negro como expresión de su identidad; se les nota centrados, identificados e ilusionados; aceptan su debilidad y vulnerabilidad, se saben criaturas, necesitados de la gracia”.

“De ordinario, la mayoría de la gente no se adhiere a la fe por un razonamiento brillante sino por un testimonio de vida. Hay personas que hacen creíble a Dios en el mundo. Este es hoy nuestro gran desafío: ‘Hacer creíble a Dios, hasta dar la vida si hiciera falta”, concluye don Ángel Pérez.


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