VATICANO, 16 Nov. 12 / 10:52 am (
ACI).-
Id y haced discípulos a todos los
pueblos (cf. Mt 28,19)
Queridos jóvenes:
Quiero haceros llegar a todos un saludo lleno de alegría y afecto. Estoy
seguro de que la mayoría de vosotros habéis regresado de la Jornada Mundial de
la Juventud de Madrid «arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe» (cf.
Col 2,7). En este año hemos celebrado en las diferentes diócesis la alegría de
ser cristianos, inspirados por el tema: «Alegraos siempre en el Señor» (Flp
4,4). Y ahora nos estamos preparando para la próxima Jornada Mundial, que se
celebrará en Río de Janeiro, en Brasil, en el mes de julio de 2013.
Quisiera renovaros ante todo mi invitación a que participéis en esta
importante cita. La célebre estatua del Cristo Redentor, que domina aquella
hermosa ciudad brasileña, será su símbolo elocuente. Sus brazos abiertos son el
signo de la acogida que el Señor regala a cuantos acuden a él, y su corazón
representa el inmenso amor que tiene por cada uno de vosotros. ¡Dejaos atraer
por él! ¡Vivid esta experiencia del encuentro con Cristo, junto a tantos otros
jóvenes que se reunirán en Río para el próximo encuentro mundial! Dejaos amar
por él y seréis los testigos que el mundo tanto necesita.
Os invito a que os preparéis a la Jornada Mundial de Río de Janeiro
meditando desde ahora sobre el tema del encuentro: Id y haced discípulos a
todos los pueblos (cf. Mt 28,19). Se trata de la gran exhortación misionera que
Cristo dejó a toda la
Iglesia
y que sigue siendo actual también hoy, dos mil años después. Esta llamada
misionera tiene que resonar ahora con fuerza en vuestros corazones. El año de
preparación para el encuentro de Río coincide con el Año de la Fe, al comienzo
del cual el Sínodo de los Obispos ha dedicado sus trabajos a «La nueva
evangelización para la transmisión de la fe cristiana». Por ello, queridos
jóvenes, me alegro que también vosotros os impliquéis en este impulso misionero
de toda la Iglesia: dar a conocer a Cristo, que es el don más precioso que
podéis dar a los demás.
1. Una llamada apremiante
La historia nos ha mostrado cuántos jóvenes, por medio del generoso don de
sí mismos y anunciando el Evangelio, han contribuido enormemente al Reino de
Dios y al desarrollo de este mundo. Con gran entusiasmo, han llevado la Buena
Nueva del Amor de Dios, que se ha manifestado en Cristo, con medios y posibilidades
muy inferiores con respecto a los que disponemos hoy. Pienso, por ejemplo, en
el beato José de Anchieta, joven jesuita español del siglo XVI, que partió a
las misiones en Brasil cuando tenía menos de veinte años y se convirtió en un
gran apóstol del Nuevo Mundo. Pero pienso también en los que os dedicáis
generosamente a la misión de la Iglesia. De ello obtuve un sorprendente
testimonio en la Jornada Mundial de Madrid, sobre todo en el encuentro con los
voluntarios.
Hay muchos jóvenes hoy que dudan profundamente de que la
vida sea un don y no ven con claridad
su camino. Ante las dificultades del mundo contemporáneo, muchos se preguntan
con frecuencia: ¿Qué puedo hacer? La luz de la fe ilumina esta oscuridad, nos
hace comprender que cada existencia tiene un valor inestimable, porque es fruto
del amor de Dios. Él ama también a quien se ha alejado de él; tiene paciencia y
espera, es más, él ha entregado a su Hijo, muerto y resucitado, para que nos
libere radicalmente del mal. Y Cristo ha enviado a sus discípulos para que
lleven a todos los pueblos este gozoso anuncio de salvación y de vida nueva.
En su misión de evangelización, la Iglesia cuenta con vosotros. Queridos
jóvenes: Vosotros sois los primeros misioneros entre los jóvenes. Al final del
Concilio Vaticano II,
cuyo 50º aniversario estamos celebrando en este año, el siervo de Dios Pablo VI
entregó a los jóvenes del mundo un Mensaje que empezaba con estas palabras: «A
vosotros, los jóvenes de uno y otro sexo del mundo entero, el Concilio quiere
dirigir su último mensaje. Pues sois vosotros los que vais a recoger la
antorcha de manos de vuestros mayores y a vivir en el mundo en el momento de las
más gigantescas transformaciones de su historia. Sois vosotros quienes,
recogiendo lo mejor del ejemplo y las enseñanzas de vuestros padres y maestros,
vais a formar la sociedad de mañana; os salvaréis o pereceréis con ella».
Concluía con una llamada: «¡Construid con entusiasmo un mundo mejor que el de
vuestros mayores!» (Mensaje a los Jóvenes, 8 de diciembre de 1965).
Queridos jóvenes, esta invitación es de gran actualidad. Estamos atravesando
un período histórico muy particular. El progreso técnico nos ha ofrecido
posibilidades inauditas de interacción entre los hombres y la población, mas la
globalización de estas relaciones sólo será positiva y hará crecer el mundo en
humanidad si se basa no en el materialismo sino en el amor, que es la única
realidad capaz de colmar el corazón de cada uno y de unir a las personas. Dios
es amor. El hombre que se olvida de Dios se queda sin esperanza y es incapaz de
amar a su semejante. Por ello, es urgente testimoniar la presencia de Dios,
para que cada uno la pueda experimentar. La salvación de la humanidad y la
salvación de cada uno de nosotros están en juego. Quien comprenda esta
necesidad, sólo podrá exclamar con Pablo: «¡Ay de mí si no anuncio el
Evangelio!» (1Co 9,16).
2. Sed discípulos de Cristo
Esta llamada misionera se os dirige también por otra razón: Es necesaria
para vuestro camino de fe personal. El beato
Juan Pablo II escribió: «La fe
se refuerza dándola» (Enc. Redemptoris Missio, 2). Al anunciar el Evangelio
vosotros mismos crecéis arraigándoos cada vez más profundamente en Cristo, os
convertís en cristianos maduros. El compromiso misionero es una dimensión
esencial de la fe; no se puede ser un verdadero creyente si no se evangeliza.
El anuncio del Evangelio no puede ser más que la consecuencia de la alegría de
haber encontrado en Cristo la roca sobre la que construir la propia existencia.
Esforzándoos en servir a los demás y en anunciarles el Evangelio, vuestra vida,
a menudo dispersa en diversas actividades, encontrará su unidad en el Señor, os
construiréis también vosotros mismos, creceréis y maduraréis en humanidad.
¿Qué significa ser misioneros? Significa ante todo ser discípulos de Cristo,
escuchar una y otra vez la invitación a seguirle, la invitación a mirarle:
«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). Un discípulo
es, de hecho, una persona que se pone a la escucha de la palabra de Jesús (cf.
Lc 10,39), al que se reconoce como el buen Maestro que nos ha amado hasta dar
la vida. Por ello, se trata de que cada uno de vosotros se deje plasmar cada
día por la Palabra de Dios; ésta os hará amigos del Señor Jesucristo, capaces
de incorporar a otros jóvenes en esta amistad con él.
Os aconsejo que hagáis memoria de los dones recibidos de Dios para
transmitirlos a su vez. Aprended a leer vuestra historia personal, tomad
también conciencia de la maravillosa herencia de las generaciones que os han
precedido: Numerosos creyentes nos han transmitido la fe con valentía,
enfrentándose a pruebas e incomprensiones. No olvidemos nunca que formamos
parte de una enorme cadena de hombres y mujeres que nos han transmitido la
verdad de la fe y que cuentan con nosotros para que otros la reciban.
El ser misioneros presupone el conocimiento de este patrimonio recibido, que
es la fe de la Iglesia. Es necesario conocer aquello en lo que se cree, para
poder anunciarlo. Como escribí en la introducción de YouCat, el
catecismo para jóvenes
que os regalé en el Encuentro Mundial de Madrid, «tenéis que conocer vuestra fe
de forma tan precisa como un especialista en informática conoce el sistema
operativo de su ordenador, como un buen músico conoce su pieza musical. Sí,
tenéis que estar más profundamente enraizados en la fe que la generación de
vuestros padres, para poder enfrentaros a los retos y tentaciones de este
tiempo con fuerza y decisión» (Prólogo).
3. Id
Jesús envió a sus discípulos en misión con este encargo: «Id al mundo entero
y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se
salvará» (Mc 16,15-16). Evangelizar significa llevar a los demás la Buena Nueva
de la salvación y esta Buena Nueva es una persona: Jesucristo. Cuando le
encuentro, cuando descubro hasta qué punto soy amado por Dios y salvado por él,
nace en mí no sólo el deseo, sino la necesidad de darlo a conocer a otros. Al
principio del Evangelio de Juan vemos a Andrés que, después de haber encontrado
a Jesús, se da prisa para llevarle a su hermano Simón (cf. Jn 1,40-42).
La evangelización parte siempre del encuentro con Cristo, el Señor. Quien se
ha acercado a él y ha hecho la experiencia de su amor, quiere compartir en
seguida la belleza de este encuentro que nace de esta amistad. Cuanto más
conocemos a Cristo, más deseamos anunciarlo. Cuanto más hablamos con él, más
deseamos hablar de él. Cuanto más nos hemos dejado conquistar, más deseamos
llevar a otros hacia él.
Por medio del bautismo, que nos hace nacer a una vida nueva, el Espíritu
Santo se establece en nosotros e inflama nuestra mente y nuestro corazón. Es él
quien nos guía a conocer a Dios y a entablar una amistad cada vez más profunda
con Cristo; es el Espíritu quien nos impulsa a hacer el bien, a servir a los
demás, a entregarnos. Mediante la confirmación somos fortalecidos por sus dones
para testimoniar el Evangelio con más madurez cada vez. El alma de la misión es
el Espíritu de amor, que nos empuja a salir de nosotros mismos, para «ir» y
evangelizar. Queridos jóvenes, dejaos conducir por la fuerza del amor de Dios,
dejad que este amor venza la tendencia a encerrarse en el propio mundo, en los
propios problemas, en las propias costumbres. Tened el valor de «salir» de
vosotros mismos hacia los demás y guiarlos hasta el encuentro con Dios.
4. Llegad a todos los pueblos
Cristo resucitado envió a sus discípulos a testimoniar su presencia
salvadora a todos los pueblos, porque Dios, en su amor sobreabundante, quiere
que todos se salven y que nadie se pierda. Con el sacrificio de amor de la
Cruz, Jesús abrió el
camino para que cada hombre y cada mujer puedan conocer a Dios y entrar en
comunión de amor con él. Él constituyó una comunidad de discípulos para llevar
el anuncio de salvación del Evangelio hasta los confines de la tierra, para
llegar a los hombres y mujeres de cada lugar y de todo tiempo.¡Hagamos nuestro
este deseo de Jesús!
Queridos amigos, abrid los ojos y mirad en torno a vosotros. Hay muchos
jóvenes que han perdido el sentido de su existencia. ¡Id! Cristo también os
necesita. Dejaos llevar por su amor, sed instrumentos de este amor inmenso,
para que llegue a todos, especialmente a los que están «lejos». Algunos están
lejos geográficamente, mientras que otros están lejos porque su cultura no deja
espacio a Dios; algunos aún no han acogido personalmente el Evangelio, otros,
en cambio, a pesar de haberlo recibido, viven como si Dios no existiese.
Abramos a todos las puertas de nuestro corazón; intentemos entrar en diálogo
con ellos, con sencillez y respeto mutuo. Este diálogo, si es vivido con
verdadera amistad, dará fruto. Los «pueblos» a los que hemos sido enviados no
son sólo los demás países del mundo, sino también los diferentes ámbitos de la
vida: las familias, los barrios, los ambientes de estudio o trabajo, los grupos
de amigos y los lugares de ocio. El anuncio gozoso del Evangelio está destinado
a todos los ambientes de nuestra vida, sin exclusión.
Quisiera subrayar dos campos en los que debéis vivir con especial atención
vuestro compromiso misionero. El primero es el de las comunicaciones sociales,
en particular el mundo de Internet. Queridos jóvenes, como ya os dije en otra
ocasión, «sentíos comprometidos a sembrar en la cultura de este nuevo ambiente
comunicativo e informativo los valores sobre los que se apoya vuestra vida. […]
A vosotros, jóvenes, que casi espontáneamente os sentís en sintonía con estos
nuevos medios de comunicación, os corresponde de manera particular la tarea de
evangelizar este "continente digital"» (Mensaje para la XLIII Jornada
Mundial de las Comunicaciones Sociales, 24 mayo 2009).
Por ello, sabed usar con sabiduría este medio, considerando también las
insidias que contiene, en particular el riesgo de la dependencia, de confundir
el mundo real con el virtual, de sustituir el encuentro y el diálogo directo
con las personas con los contactos en la red.
El segundo ámbito es el de la movilidad. Hoy son cada vez más numerosos los
jóvenes que viajan, tanto por motivos de estudio, trabajo o diversión. Pero
pienso también en todos los movimientos migratorios, con los que millones de
personas, a menudo jóvenes, se trasladan y cambian de región o país por motivos
económicos o sociales. También estos fenómenos pueden convertirse en ocasiones
providenciales para la difusión del Evangelio. Queridos jóvenes, no tengáis
miedo en testimoniar vuestra fe también en estos contextos; comunicar la
alegría del encuentro con Cristo es un don precioso para aquellos con los que
os encontráis.
5. Haced discípulos
Pienso que a menudo habéis experimentado la dificultad de que vuestros
coetáneos participen en la experiencia de la fe. A menudo habréis constatado
cómo en muchos jóvenes, especialmente en ciertas fases del camino de la vida,
está el deseo de conocer a Cristo y vivir los valores del Evangelio, pero no se
sienten idóneos y capaces. ¿Qué se puede hacer? Sobre todo, con vuestra
cercanía y vuestro sencillo testimonio abrís una brecha a través de la cual
Dios puede tocar sus corazones. El anuncio de Cristo no consiste sólo en
palabras, sino que debe implicar toda la vida y traducirse en gestos de amor.
Es el amor que Cristo ha infundido en nosotros el que nos hace evangelizadores;
nuestro amor debe conformarse cada vez más con el suyo.
Como el buen samaritano, debemos tratar con atención a los que encontramos,
debemos saber escuchar, comprender y ayudar, para poder guiar a quien busca la
verdad y el sentido de la vida hacia la casa de Dios, que es la Iglesia, donde
se encuentra la esperanza y la salvación (cf. Lc 10,29-37). Queridos amigos, nunca
olvidéis que el primer acto de amor que podéis hacer hacia el prójimo es el de
compartir la fuente de nuestra esperanza: Quien no da a Dios, da muy poco.
Jesús ordena a sus
apóstoles:
«Haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he
mandado» (Mt 28,19-20).
Los medios que tenemos para «hacer discípulos» son principalmente el bautismo
y la
catequesis.
Esto significa que debemos conducir a las personas que estamos evangelizando
para que encuentren a Cristo vivo, en modo particular en su Palabra y en los
sacramentos. De este
modo podrán creer en él, conocerán a Dios y vivirán de su gracia. Quisiera que
cada uno se preguntase: ¿He tenido alguna vez el valor de proponer el bautismo
a los jóvenes que aún no lo han recibido? ¿He invitado a alguien a seguir un
camino para descubrir la fe cristiana? Queridos amigos, no tengáis miedo de
proponer a vuestros coetáneos el encuentro con Cristo. Invocad al Espíritu
Santo: Él os guiará para poder entrar cada vez más en el conocimiento y el amor
de Cristo y os hará creativos para transmitir el Evangelio.
6. Firmes en la fe
Ante las dificultades de la misión de evangelizar, a veces tendréis la
tentación de decir como el profeta Jeremías: «¡Ay, Señor, Dios mío! Mira que no
sé hablar, que sólo soy un niño». Pero Dios también os contesta: «No digas que
eres niño, pues irás adonde yo te envíe y dirás lo que yo te ordene» (Jr
1,6-7). Cuando os sintáis ineptos, incapaces y débiles para anunciar y
testimoniar la fe, no temáis. La evangelización no es una iniciativa nuestra
que dependa sobre todo de nuestros talentos, sino que es una respuesta confiada
y obediente a la llamada de Dios, y por ello no se basa en nuestra fuerza, sino
en la suya. Esto lo experimentó el apóstol Pablo: «Llevamos este tesoro en
vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios
y no proviene de nosotros» (2Co 4,7).
Por ello os invito a que os arraiguéis en la
oración y en los sacramentos. La
evangelización auténtica nace siempre de la oración y está sostenida por ella.
Primero tenemos que hablar con Dios para poder hablar de Dios. En la oración le
encomendamos al Señor las personas a las que hemos sido enviados y le
suplicamos que les toque el corazón; pedimos al Espíritu Santo que nos haga sus
instrumentos para la salvación de ellos; pedimos a Cristo que ponga las
palabras en nuestros labios y nos haga ser signos de su amor. En modo más
general, pedimos por la misión de toda la Iglesia, según la petición explícita
de Jesús: «Rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies»
(Mt 9,38).
Sabed encontrar en la
eucaristía la fuente
de vuestra vida de fe y de vuestro testimonio cristiano, participando con
fidelidad en la
misa
dominical y cada vez que podáis durante la semana. Acudid frecuentemente al
sacramento de la
reconciliación,
que es un encuentro precioso con la misericordia de Dios que nos acoge, nos
perdona y renueva nuestros corazones en la caridad. No dudéis en recibir el
sacramento de la confirmación, si aún no lo habéis recibido, preparándoos con
esmero y solicitud. Es, junto con la eucaristía, el sacramento de la misión por
excelencia, que nos da la fuerza y el amor del Espíritu Santo para profesar la
fe sin miedo. Os aliento también a que hagáis adoración eucarística; detenerse
en la escucha y el diálogo con Jesús presente en el sacramento es el punto de
partida de un nuevo impulso misionero.
Si seguís por este camino, Cristo mismo os dará la capacidad de ser
plenamente fieles a su Palabra y de testimoniarlo con lealtad y valor. A veces
seréis llamados a demostrar vuestra perseverancia, en particular cuando la
Palabra de Dios suscite oposición o cerrazón. En ciertas regiones del mundo,
por la falta de libertad religiosa, algunos de vosotros sufrís por no poder dar
testimonio de la propia fe en Cristo. Hay quien ya ha pagado con la vida el
precio de su pertenencia a la Iglesia. Os animo a que permanezcáis firmes en la
fe, seguros de que Cristo está a vuestro lado en esta prueba. Él os repite:
«Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de
cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa
será grande en el cielo» (Mt 5,11-12).
7. Con toda la Iglesia
Queridos jóvenes, para permanecer firmes en la confesión de la fe cristiana
allí donde habéis sido enviados, necesitáis a la Iglesia. Nadie puede ser
testigo del Evangelio en solitario. Jesús envió a sus discípulos a la misión en
grupos: «Haced discípulos» está puesto en plural. Por tanto, nosotros siempre
damos testimonio en cuanto miembros de la comunidad cristiana; nuestra misión
es fecundada por la comunión que vivimos en la Iglesia, y gracias a esa unidad
y ese amor recíproco nos reconocerán como discípulos de Cristo (cf. Jn 13,35).
Doy gracias a Dios por la preciosa obra de evangelización que realizan nuestras
comunidades cristianas, nuestras parroquias y nuestros movimientos eclesiales.
Los frutos de esta evangelización pertenecen a toda la Iglesia: «Uno siembra y
otro siega» (Jn 4,37).
En este sentido, quiero dar gracias por el gran don de los misioneros, que
dedican toda su vida a anunciar el Evangelio hasta los confines de la tierra.
Asimismo, doy gracias al Señor por los sacerdotes y consagrados, que se
entregan totalmente para que Jesucristo sea anunciado y amado. Deseo alentar
aquí a los jóvenes que son llamados por Dios, a que se comprometan con
entusiasmo en estas vocaciones: «Hay más dicha en dar que en recibir» (Hch
20,35). A los que dejan todo para seguirlo, Jesús ha prometido el ciento por
uno y la vida eterna (cf. Mt 19,29).
También doy gracias por todos los fieles laicos que allí donde se
encuentran, en
familia
o en el trabajo, se esmeran en vivir su vida cotidiana como una misión, para
que Cristo sea amado y servido y para que crezca el Reino de Dios. Pienso, en
particular, en todos los que trabajan en el campo de la educación, la sanidad,
la empresa, la política y la economía y en tantos ambientes del apostolado
seglar. Cristo necesita vuestro compromiso y vuestro testimonio. Que nada – ni
las dificultades, ni las incomprensiones – os hagan renunciar a llevar el
Evangelio de Cristo a los lugares donde os encontréis; cada uno de vosotros es
valioso en el gran mosaico de la evangelización.
8. «Aquí estoy, Señor»
Queridos jóvenes, al concluir quisiera invitaros a que escuchéis en lo
profundo de vosotros mismos la llamada de Jesús a anunciar su Evangelio. Como
muestra la gran estatua de Cristo Redentor en Río de Janeiro, su corazón está
abierto para amar a todos, sin distinción, y sus brazos están extendidos para
abrazar a todos. Sed vosotros el corazón y los brazos de Jesús. Id a dar
testimonio de su amor, sed los nuevos misioneros animados por el amor y la
acogida. Seguid el ejemplo de los grandes misioneros de la Iglesia, como san
Francisco Javier y tantos otros.
Al final de la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid, bendije a algunos
jóvenes de diversos continentes que partían en misión. Ellos representaban a
tantos jóvenes que, siguiendo al profeta Isaías, dicen al Señor: «Aquí estoy,
mándame» (Is 6,8). La Iglesia confía en vosotros y os agradece sinceramente el
dinamismo que le dais. Usad vuestros talentos con generosidad al servicio del
anuncio del Evangelio. Sabemos que el Espíritu Santo se regala a los que, en
pobreza de corazón, se ponen a disposición de tal anuncio. No tengáis miedo.
Jesús, Salvador del mundo, está con nosotros todos los días, hasta el fin del
mundo (cf. Mt 28,20).
Esta llamada, que dirijo a los jóvenes de todo el mundo, asume una
particular relevancia para vosotros, queridos jóvenes de América Latina. En la
V Conferencia General del
Episcopado Latinoamericano, que tuvo lugar en
Aparecida en 2007, los obispos
lanzaron una «misión continental». Los jóvenes, que en aquel continente
constituyen la mayoría de la población, representan un potencial importante y
valioso para la Iglesia y la sociedad. Sed vosotros los primeros misioneros.
Ahora que la Jornada Mundial de la Juventud regresa a América Latina, exhorto a
todos los jóvenes del continente: Transmitid a vuestros coetáneos del mundo
entero el entusiasmo de vuestra fe.
Que la
Virgen María,
Estrella de la Nueva Evangelización, invocada también con las advocaciones de
Nuestra Señora de Aparecida y Nuestra Señora de Guadalupe, os acompañe en
vuestra misión de testigos del amor de Dios. A todos imparto, con particular
afecto, mi Bendición Apostólica.
Vaticano, 18 de octubre de 2012
BENEDICTUS PP. XVI