sábado, 30 de agosto de 2014

Hablar con un agnóstico (I)

Parece querer decir "como yo no he notado a Dios en mi vida, en mi búsqueda o en mis circunstancias, pues ha de ser que no exista". Este argumento no tiene nada de filosófico

Si algo podemos compartir creyentes y agnósticos es, sin duda, la dificultad para acercarnos al misterio de Dios. Tal es su grandeza, su inmensidad, su inabarcabilidad, que hablar de dificultad puede, quizá, sonar hasta blasfemo a un creyente convencido; sin embargo, los años nos tienen que ayudar a ser comedidos con la realidad. Lo que para unos es motivo de alejamiento de Dios, para otros, en cambio, no es sino motivo de alabanza. Podría ayudarnos en este contexto la experiencia de San Pablo, o quizá la de San Agustín, por citar algunos casos tipo. ¿Quién se atrevería a sugerir siquiera que el acceso a Dios de almas tan inquietas como las citadas fue fácil? Sí, una vez hallado, bien pudieron decir “Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva (…) te buscaba fuera de mí, cuando en realidad Tú estabas ahí, en lo más hondo de mi ser” (Libro de las Confesiones, I.).

El que pretende circunscribir a Dios en su fe, o en sus reflexiones no sólo yerra, sino que además se aleja de los verdaderos teólogos cristianos, a cuya cabeza hemos de poner a Santo Tomás de Aquino. Éste, como tantos otros anteriores y posteriores, han intentado mostrar, viabilizar el acceso del hombre a Dios. Si cabe, algo más importante aún: mostrar un camino de preparación del propio hombre para dejarse encontrar por Dios. Quizá aquí se encuentra una de las dificultades más importantes de la comunicación entre filosofía y fe.

Mientras que la primera estudia y medita la apertura del hombre al misterio de la realidad, en cuya cima está Dios, la segunda, en cambio, es la humildad del corazón que sabe acoger y escuchar la Palabra y la acción de Dios en nuestra historia. Quizá una línea interesante de estudio estaría en descubrir cómo la razón humana, abierta-hecha a lo real, recibe con la gracia de la fe el totum de aquella cima que ella sola no puede escalar. Además, no sólo eso, es que sin la fe, la razón encuentra una coherencia parcial, pues ya quedó atrás el famoso problema dialéctico “natural-sobrenatural”. El acto creador es producido por la misma Inteligencia amorosa que, al darnos la existencia, pensó amarnos infinitamente hasta convertir, este amor eterno, en un cielo. Dicho de otro modo. El acto creador y la voluntad salvífica de Dios son partes de una unidad conservada en la misma Voluntad divina.

Así, pues, por mucho que esté bien que pensemos a Dios con nuestra razón, hay que matizar; y esto lo digo –reconozco- con la boca pequeña, porque no sé si yo mismo me creo lo que estoy diciendo, pero en conjunto el panorama parece ser así. Antes que nada hay que dejar a Dios manifestarse, inclusive la razón. El error quizá ha estado en sectorializar más de lo debido y hacer pésimas separaciones. Nos hemos acostumbrado a poner en marcha la razón haciendo como con un zumo de naranja: exprimir al máximo hasta que dé todo el jugo que pueda.

Pero olvidamos que la esa misma razón humana es ya criatura de Dios y, por tanto, si bien autónoma sólo en Su Creador tiene sentido. Es posible que en este momento estemos pasando como un tractor por encima de la arena. Un agnóstico leerá con dificultad estas líneas. Pero es que no es justo hablar de una razón humana cuya verdad consista en una consistencia ontológica totalmente sí misma e independiente. Y ello porque no sería verdad. La única razón que empieza bien a pensar es la que lo hace mirándose al espejo y viendo su propia verdad. Y esta verdad es que es criatura que requiere de un acto personal de alguien para que exista tal y como ella es. Hacer de la razón humana, por más perfecta que nos parezca, el último grado de la escala del ser, no sólo es falso sino que además contraproducente, porque la pierde y confunde. Y si esto es así, ¿qué sentido tiene que pensemos y hagamos ejercicio racional “jugando” a que ella es absolutamente sí misma, ontológicamente independiente?

Una vez que la razón se ha dejado encontrar por Quien le dio el ser, entonces ella, en actitud humilde, está en condiciones de expansionarse a su gusto. Entones será el tiempo de que ella empiece a interrogarse y evaluar todas las pistas que la realidad, el mundo, todo lo existente le proporciona para descifrar el misterio del “qué hago aquí, qué debo hacer y por dónde tengo que andar”. Y en relación con la fe, desde este momento la razón entra a tomar parte en esa fiesta gozosa que supone la alegría de “oír la Palabra cual es en verdad, como Palabra de Dios que opera en los creyentes” (cf. 1 Te 2, 13), esto es, la razón estudia cómo el misterio del Dios revelado entra dentro del entramado de la realidad con tal éxito que bien merece poder decirse que “la fe y la razón son como las dos alas de un avión” (cf. FR 1, 1) en cuanto que ambas se necesitan e interactúan.

En esta perspectiva podemos encuadrar las reflexiones de Santo Tomás y tantos otros que citábamos anteriormente. En el diálogo fraterno y sincero –decíamos al principio- entre el creyente y el agnóstico, encontramos, pues, esta común dificultad, esa misma que para unos es motivo de alejamiento, y para otros de alabanza. La inconmensurabilidad de Dios es signo de Su grandeza y de nuestra pequeñez. Es para Él Su gloria y para nosotros la prueba de que se trata de Él y no de un ídolo nuestro.

Dicho todo esto a modo de introducción, comencemos el diálogo.

1. Si Dios existiera, se notaría
Comencemos, alegremente, con algo en común: la existencia para nosotros velada de Dios es una importante dificultad que compartimos creyentes y agnósticos. Por eso, la primera condición sine qua non para acercarse al misterio de Dios es transcender, en la medida de lo posible, el “yo y sus circunstancias” de Ortega. Sí, yo soy yo y mis circunstancias, pero la realidad no consiente transigir en este capítulo. Aunque es arduo hacerlo, no es imposible. Yo lo entiendo como la verdadera madurez, en otro sentido respecto de la mayoría de edad kantiana. Madura quien observando la realidad cae en la cuenta de que él y sus circunstancias no es/son la medida de todas las cosas. Esto es alcanzar la madurez. Y, por mucho que lo discutamos, no es fácil en absoluto pensarse y pensar la realidad transcendiéndonos.

Digo esto porque “si Dios existiera, se notaría” suena un poco así. Parece querer decir “como yo no he notado a Dios en mi vida, en mi búsqueda o en mis circunstancias, pues ha de ser que no exista”. Este argumento no tiene nada de filosófico, dicho con todo el respeto que merece algo dicho por alguien infinitamente más sabio que el pobre ignorante que escribe. Pero así me parece el quid de la cuestión. Donde hay que situar la investigación es en la realidad, en el misterio del ser –como se apuntaba en la introducción-. En cualquier caso, esta es la primera “pega” que se pone encima del tapete. Se desarrolla en toda esta frase: “Lo entiendo menos, desde la visión cristiana de un Dios Padre que ama a sus hijos. El Padre que ama no se oculta, sino que se muestra, y siendo omnipoderoso ya encontrará la manera de hacerlo.

Llegados a este punto nos toca a nosotros responder a esta demanda tan crucial. ¿Hay o no hay huellas de Dios que muestran su existencia? Vamos a examinar la realidad. Lo veremos en la siguiente publicación.
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 ¹ Estas reflexiones serán hechas a partir de un diálogo que mantuvieron, por carta, el jesuita José Ignacio González Fáus y el filósofo Ignacio Sotelo. Nuestro interés está en intentar dialogar con las reflexiones que aporta el filósofo Ignacio Sotelo, quien reflexiona en torno a Dios en una perspectiva agnóstica, aunque razonablemente abierta a Éste. El libro es: ¿Sin Dios o con Dios? José Ignacio González Fáus e Ignacio Sotelo, Ed. HOAC


http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=37356 

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